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Full text of "La mujer moderna"

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-11*.- ■ 



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ESTRELLA 



OBRAS COMPLETAS 




ESTRELLA 



OBRAS COMPLETAS 



\ 



COPYSIGHT BY 
GRRGORIO MAKTfNBS SIERRA, 1920 



CONCESIONARIO EXCLUSIVO PARALAVBNTA. 

EDITORIAL «SATURNINO CALLEJA», S. A. 
CALLE DE VALENCIA, 28^**-MADRID 












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ES PROPIEDAD 






Cebñ 



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COPYRIGHT BY G. MARTÍNEZ SIERRA, ItaO 



CONCfiSIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA: 
EDITORIAL «SATURNINO CALLEJA», S. A, 
CALLE DE VALENCIA, 28. — MADRID 



nc 



PRÓLOGO 



^, 



eñoras mias, mujeres de España: Estamos en 
Abril de 1920, Oficialmente, hace mus de año y 
medio que terminó la guerra; pero, efectiva- 
mente, sigue la humanidad en lucha. Aquella gran 
pelea de naciones, provocada por egoísmos, incons- 
ciencias j imperialismos desesperados y desafora- 
dos militarism^os, ha hecho de tal modo añicos to- 
das las normas embusteras de una civilización ar- 
tificial, que en este instante la humanidad no tiene, 
en realidad, sostén formal a que acogerse. Destro- 
zada la ley por la misma codicia de sus defensores, 
se ha visto cómo en la mayoría de los casos no era 
sino una justificación oficial de la injusticia, ¡y 
está el m.undo tan harto de sufrir, que sólo por el 
' reino de la justicia clamaJ,,. Pero, como el mendi- 
go del drama de Ghrki, aunque ha oído hablar de 



742694 



PROLOGO 

«2a tierra justa* y por ella suspira, aún ignora el 
camino que a ella conduce, y por eso va en agita- 
ción, aZ parecer insensata, dándose de cabeza por 
las paredes, buscando la salida y el •camino real*. 
Digo coZ parecer insensata* porque esta agitación 
delirante es al cabo la mayor sensatez. Cuando se 
nos han cerrado sistemáticamente las buenas sali-- 
das, es preciso buscarlas •legamente, con violen- 
cia, fiados del instinto, guiados del deseo... Asi el 
mundo, y en especial Europa, donde él ^tdolor de 
la civilización» hoMa llegado a ser más intolera-- 
ble, busca, tantea, se hiere el rostro, las manos, 
el corazón...: ¡pero haUaráJ, porque — es palabra 
divina — €¡todo el que busca, haüal^ 

T en esta agitación del mundo entero las mujeres 
ponen el fermento apasionado y firme de su pie- 
dad. Su voz de m^adres de la raza está empezando a 
dictar los capítulos de la Nueva Ley. Hasta España 
ha Uegado más que un eco del grito universal feme- 
nino. Un intento, fracasado, pero no estéril, ha de- 
rramado la buena semilla. Se ha tratado de cele- 
brar en Madrid él VIII Congreso de la Alianza 
Internacional para el Sufragio femenino. Falta de 
preparación y sobra de prejuicios no han permitido 
que él proyecto sea realidad; pero ustedes, mujeres 
de España, unas cuantas, por primera vez, han en- 

8 



P R o L o G o 

trado (McHvamente en el movimiento mundial, ¡^ 
parecen ustedes decididas a integrar su apasiona- 
miento de españolas en la corriente universal. ¡Ade- 
lante! ¡Stlquennos ustedes de España al mundof 
¡Hagan ustedes cesar este aislamiento peninsular en 
que los hombres hemos aherrojado a nuestra pa- 
tria triste! ¡Sean ustedes las conservadoras^ las 
derechistas de nacimiento, las que acaben con el 
ape^rtamiento suicida en que han sumido a esta 
tierra infeliz sus Oobiemos, tantas veces liberales! 
¡Adelante^ señoras! 

Con esta ocasión, y para dar a ustedes un poco 
de ánimo, si acaso le fian menester, me ha pareci- 
do interesante reunir en volumen unas cuantas 
opiniones, resultado de una •encuesta» o inves- 
tigcudón que hice hace ya tres añosj en Abril de 
1917. Apuntaban entonces las gloriosas victorias del 
feminismo militante; empezaban los pueblos a reco^ 
nacer el valor eficaz del factor •mujer» para la go- 
bemacián de los Estados y el arreglo total de la 
vida; yo, pensando que la corriente de progreso no 
podia míenos de llegar a España ^nás tarde o más 
temprano, pregunté a los intelectuales españoles: 
¿Qué piensan ustedes acerca del problema feminis- 
tat Muchos se abstuvieron de responder, otros res^ 
pondieron vacilantes, pero bastantes dieron con 

9 



I 

PROLOGO 



toda lealtad eu parecer, Y como el problema, aun- 
que plenamente resuelto ya en otras naciones, si- 
{fue siendo el mismo en España, y como los que 
respondieron tampoco han cambiado, ofrezco hoy 
u ustedes sus respuestas como tema de meditación 
y motivo de aliento y esperanza, 

G, M. 8, 



-»'». 



I 



EL FEMINISMO Y LA ESPAÑA QUE PIENSA 



ABRIL, 1917, 

SEÑORAS mías: Si leen ustedes periódicos, 
habrán encontrado estos días, entre las noti- 
cias de la guerra, formando parte de ellas, dos in- 
teresantísimas y de honda significación para la 
causa feminista, a saber: 

Primera. En Inglaterra, dos hombres de Go- 
bierno, Lloyd George y Asquith, feminista el uno 
desde siempre, antiíeminista el otro hasta ahora 
mismo, se unen para proclamar que la mujer in- 
glesa, gracias a su heroísmo cívico, ha demostra- 
do con su esfuerzo y competencia, durante estos 
largos meses de prueba, que es tan útil como el 
hombre para la vida de la Patria, y que, por lo 
tanto, no hay derecho a negarle por más tiempo 
la participación absoluta en el Gobierno de la na- 
ción. En la próxima legislatura quedará, sin duda, 
consignada la igualdad en derechos políticos para 

11 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

,u^, ^ — . ^.^^ 

todo citidacianó inglés, sin distinción de sexos. 

Se^^jridá. El nuevo Gobierno mso, al derro- 
carlas viejas tiranías y afirmar la voluntad na- 
cional como única soberanía legitima para el Go- 
bierno de la nación, proclanla que no hace dife- 
rencia entre hombres y mujeres, y que, desde 
luego, establece igualdad absoluta en derechos y 
deberes civiles y políticos. Las mujeres rusas se- 
ráp electoras y podrán ser elegidas para desempe- 
ñar todos los cargos necesarios al buen gobierno 
de la nación, incluso el de ministro. Rusia ha re- 
conocido, como Inglaterra, que la igualdad en 
competencia y la equivalencia en heroísmo bo- 
rran toda diferencia de sexo en el derecho a go- 
bernar la Patria, por la cual unos y otros están 
igualmente dispuestos a sufrir y a morir. 

.España, en la contienda actual, no ha sido lla- 
mada a misión de heroísmo. Ya tiene derrochado 
harto a través de los siglos, y acaso es ley de 
vida que, en esta ocasión, calle y contemple. Por 
lo mismo, sus mujeres no sienten, en la hora pre- 
sente, el estímulo de un deber imperioso que las 
obligue a los grandes esfuerzos y a los heroicos 
sacrificios. Pero eso no quiere decir que su deber 
de patriotismo no sea igual al de los hombres es- 
pañoles. Hombres y mujeres españoles, en la 
hora actual, podremos no estar obligados a dar la 
vida por España; pero sí lo estamos a conseguir, 
mediante el estricto cumplimiento del deber pa- 
triótico, que en España se pueda vivir. La labor 
de urgencia para todo español no es por ahora de 

12 



LA MUJER MODERNA 

defensa, sino de construcción; y para esta labor, 
que ha de ser intensa e incesante, creo que no es- 
tará demás que se unan todas las fuerzas de que 
pueda disponerse. Creo también que España en- 
tera lo reconocerá así y no tardará de un modo o 
de otro en hacer xm llamamiento a la buena vo- 
luntad de sus mujeres, hoy por hoy alejadas, con 
notable perjuicio para la comunidad, de toda in- 
tervención en los asuntos de interés vital. 

El feminismo triunfa gloriosamente fuera de 
España, donde las mujeres lo han reclamado como 
derecho y los hombres lo van otorgando como 
justicia. En España no triunfará, sino que se im- 
pondrá como deber a las mujeres, sin que ellas se 
levanten a pedirlo, por llamamiento de los hom- 
bres, convencidos de que han menester su ayuda 
para salvar a España. Y como veo la inminencia 
de esta intervención femenina en la vida nacio- 
nal, he creído útil, casi necesario^ saber lo que 
acerca de su posibilidad y utilidad piensa la alta 
intelectualidad española. A este fin he dirigido a 
las personas que verdaderamente meditan y que 
por su situación y alta mentalidad me parecen 
obligadas a preocuparse del porvenir de España, 
el cuestionario siguiente: 

— ¿Cree usted que en realidad existe oposición 
esencial entre feminidad y feminismo, enten- 
diendo por feminismo la igualdad de la mujer 
y el hombre en derechos civiles y políticos, y, 
por lo tanto^ la facultad de intervenir efectiva 
y directamente en la vida de la nación? 

13 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

__ — — ■ — ^ ■— . . — — ■ ■ ■ ■ - - ■ ■ 

— ¿No piensa usted que^ puesto que la mujer 
está sujeta a la ley con tan estricta sujeción como 
el hombre, debe contribuir con él a jormarla? 

'^¿No cree usted que la administración muni- 
cipal es tarea esencialmente femenina? 

— ¿No cree usted que la intervención de la mu* 
jer en los negocios de Estado pondría en su fun- 
cionamiento un elemento de moralidad y un sen- 
tido práctico y constructivo de que en la actua- 
lidad carece ? 

— Ya que el triunfo del jeminismo en Euro- 
pa—se quiera o no se quiera — es inevitable^ 
¿cuáles piensa usted que sean en España Zas 
mejores medios de capacitar y preparar a la 
mujer española para la nueva tarea que bien 
pronto le -ha de incumbir, por ley ineludible del 
progreso? 

L<is respuestas han ido llegando, y desde aquí 
doy las gracias a cuantos se han servido atender 
a mi petición, un tanto indiscreta. Leyendo lo que 
muchas grandes inteligencias españolas opinan en 
esta cuestión, sabrán ustedes, señoras mías, a qué 
atenerse respecto de la esperanza que la Patria ^ 
tiene puesta en la ajnda que ustedes puedan pres- 
tarle; así despertarán a la evidencia de deberes 
nuevos; así podrán ustedes prepararse y ajustar 
sus fuerzas y su voluntad a la carga de desusadas 
y graves responsabilidades. 

¡Sutil y noble espíritu de la mujer de España, 
que has permanecido tanto tiempo silencioso, por- 
que el engaño de viejas rutinas te había hecho 

u 



LA MUJER MODERNA 

creer que los únicos deberes íemeninos son el ca- 
llar y el resignarse, aprende que hay una obliga- 
ción más fuerte que la paciencia: la eficiencia! 
Aprende que es mucho más grande hacer que pa- 
decer. El sufrimiento estéril es fuerza perdida, y 
el que no procura un bien, contribuye a que pros- 
pere un mal. Ha pasado el tiempo, mujeres, de la 
virtud pasiva. Hay que hacer algo para valer algo 
y para tener derecho a vivir. 

Esta predicación que yo os he hecho tantas ve- 
ces, os la harán ahora desde estas páginas no po- 
cos hombres, cuyas palabras estáis acostumbradas 
a escuchar con admiración y aun reverencia. Los 
que se muestran partidarios de vuestra causa os 
predican el esfuerzo, por la fe que tienen en vos- 
otras. Los enemigos os le predican también, y no 
menos elocuentemente, con la misma desconfianza 
que hacia vosotras sienten. Tanto os debe inipulsar 
a haceros dignas de intervenir en los destinos de la 
Patria el que los hombres os tengan por sus igua- 
les, como el que os consideren sus inferiores. A 
unos por agradecimiento, a otros por noble orgu- 
llo, estáis obligadas a demostrarles que sois su 
equivalente en cuanto fuerza nacional. ¡A traba- 
jar, pues, señoras mías, no tanto por conquistar 
la austera eminencia, como por merecerla, porque 
el merecerla es el mejor medio de lograrla! 



V 



II 



LA POLÍTICA, QUE, EN RESUMIDAS CUENTAS, 
ES EL BUEN GOBIERNO DE UNA CASA GRAN- 
DE, DEBE SER NEGOCIO EXCLUSIVAMENTE 

FEMENINO 



LBS sorprende a ustedes la afirmación rotunda 
que sirve de título al presente artículo? La po- 
lítica es negocio exclusivaptente femenino. La 
opinión no es mía, aunque estoy muy cerca de 
compartirla en absoluto. El pensador ilustre que 
la da, en respuesta a nuestro cuestionario, es uno 
de los novelistas favoritos de ustedes— y mío, por 
supuesto—: el autor de Marta y Maria^ de La 
alegria del capitán Ribot^ de La aldea perdida; 
Armando Palacio Valdés, en una palabra. 

Dice así: 

«Mi feminismo es ultra-radical. No sólo pienso 
que la mujer es apta para la política, sino que 
estoy persuadido de que es más apta que el hom- 
bre. Aún m^s: estoy seguro de que, tarde* o tem- 

17 

2 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

prano, todos los fines adjetivos de la vida social 
caerán en sus manos, 

» Ahora debo confesarle que en ninguna parte, 
y menos en España, la mujer está preparada 
para cumplir estos fines. Vivirán y desaparece- 
rán algunas generaciones antes que se borren del 
alma femenina las huellas de la esclavitud en que 
la hemos tenido. 

» Ya sé que se quiere cohonestar esta esclavi- 
tud con el famoso cliché de € Ángel del hogar». 
Esto no es más que dorarle la pildora. Si son án- 
geles, deben volar y no vivir encerradas como 
odaliscas. Son la mitad del género humano y de- 
ben contribuir por mitad a la realización de nues- 
tro destino, 

•¿Cuáles son los mejores medios de capacitar y 
preparar a la mujer española para el cumplimien- 
to de su tarea? 

»Por lo pronto, ennoblecerla, dándole con el 
voto participación en la vida política; que sean 
electoras ypuedan ser elegidas representantes de 
la nación; después, hacerles asequibles por oposi- 
ción las cátedras de las Universidades e Institutos; 
después, darles entrada en el Jurado para fallar de 
la responsabilidad criminal de los acusados; des- 
pués, crear Juntas de prisiones, compuesta's ex- 
clusivamente d^pmujeres, para la inspección y vi- 
gilancia de los establecimientos penales; por úl- 
timo, cuando haya un número suficiente de abo- 
gados entre ellas, dejarles abiertas también las 
carreras de la Judicatura y la Administración. 

18 



LA MUJER MODERNA 

ͻPero antes, mucho antes que todo esto, ense- 
ñar a los hombres a que tributen a la mujer el 
debido respeto, no ese respeto galante, sonriente, 
irónico con que hoy disfrazamos nuestro desdén, 
sino el leal y sincero con que debemos honrar a 
los seres sobre los cuales descansa la justicia y la 
moralidad en la sociedad. Mientras se dé el caso 
(único ya, por fortuna, en el mundo) de que nues- 
tras mujeres sean ultrajadas de palabra en las 
calles por chulos y señoritos chulos sin que la 
autoridad intervenga, no hay que pensar en que 
prosperen otras reformas trascendentales.» 



¿Han leído ustedes un libro interesantísimo de 
este mismo autor? Lleva por título Los papeles 
del doctor Angélico. Entre sus muy sabrosas pá- 
ginas hay unas cuantas que forman un ensayo: 
«El Gobierno de las mujeres». En él, a la manera 
de los diálogos platónicos, es decir, mezclando la 
doctrina en una leve acción, que dramatiza e in- 
tensifica el «tema», el autor ha expresado sus 
ideas sobre esta debatida cuestión. ¿Deben go- 
bernar el mundo los hombres o las mujeres, o las 
mujeres y los hombres? Y la respuesta, inespera- 
da por ultrafeminista, es ésta: Resueltamente, la 
mujer ha nacido para gobernar, que es oficio hu- 
milde, pero ajustado a sus capacidades. Intervie- 
nen en el saladísimo y substanciosísimo diálogo 
varios hombres y una mujer, y poco a poco, entre 
bromas, paradojas, donosas ocurrencias y algún 

19 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

que otro atisbo de emocionada seriedad, se va 
pasando revista a todos los argumentos antifemi- 
nistas y acabando con ellos airosamente^ La 
dama es escritora de oficio, y, sin embargo, no 
cree en la capacidad de la mujer para las bellas 
letras; tampoco piensa que las artes plásticas ni 
la música sean campo dispuesto para que ella lo- 
gre resonantes victorias; no reconoce la excelen- 
cia femenina en las labores llamadas domésticas; 
los grandes bordadores de los siglos pretéritos, 
hombres eran; los grandes modistos y cocineros, 
hombres son... En cambio, la política, el gobier- 
no, «el arte de relacionarse sin perjudicarse», el 
arte de encontrar las soluciones justas y de dis- 
cernir los motivos de las acciones, es decir, la 
magistratura, el arte de administrar fondos y or- 
denar gastos, femeninos son y a manos de mujer 
deben encomendarse. Sueñe el hombre, cree en 
las altas regiones de la ci^icia, de la investiga- 
ción, de la elevada inspiración, libre del tráfago 
molesto de defender lo justo y de atender al diario 
conflicto de la vida mezquina. Arregle la mujer 
el mundo para él como arregla el hogar. Para 
él, la creación de riqueza material y espiritual^ 
para ella, la administración de la riqueza por él 
creada, es decir, el gobierno. Y no porque ella 
sea más débil de inteligencia que el hombre, sino 
porque, poseyendo la misma fortaleza, es de ma- 
tiz distinto y habilitada para funciones dife*- 
rentes. 
Claro es que a los hombres que en él ensayo 

20 



LA MUJER MODERNA 

discuten con la dama les escandalizan sus teorías 
y las discuten acaloradamente. 

Transcribo para ustedes unas cuantas páginas 
del precioso ensayo. Como verán ustedes, su 
esencia es ésta: «El hombre es principalmente un 
ser intelectual; la mujer, un ser moral. Por tanto, 
la dirección de las costumbres y Ja política, a ella 
deben ser encomendadas.» 

Esto, que en un momento ha podido acaso pa- 
recer paradoja, a la luz de los actuajies aconteci- 
mientos se ve como verdad bastante clara. Lo 
que las mujeres de Europa han hecho durante los 
años de guerra; lo que las de Norte-América 
se disponen a hacer; los trabajos de organización 
que desde meses antes de declararse la guerra 
entre los Estados Unidos y Alemania ha reali- 
zado la Federación General de Club de mujeres, 
en previsión del acontecimiento; el valor con que 
se declaran dispuestas a tomar sobre sus hombros 
la inevitable carga del servicio nacional; la natu- 
ralidad con que han salido de la pequeña esfera 
del hogar y han afrontado las nuevas responsabi- 
lidades, y, sobre todo, la perfecta eficiencia que 
demuestran para libertar a los hombres de la 
preocupación material, mientras ellos luchan por 
intereses que les parecen más altos, todo ello ha- 
bla elocuentemente en favor de la capacidad go- 
bernadora, organizadora y administradora de la 
mujer. 



III 

EL GOBIERNO DE LAS MUJERES 

i FRAGMENTOS 

DE ARMANDO PALACIO VALDÉS 



EL Arte no ha sido, ni es, ni será jamás, patri- 
monio de la mujer. Se supone que, siendo la 
sensibilidad la propieded más desarrollada en el 
ser femenino, está llamada la mujer al cultivo del 
arte. Es un profundo error, desmentido por la 
historia del género humano. ¿Dónde está el Sha- 
kespeare, el Dante, el Cervantes 8 el Goethe 
íenaenino? ¿Dónde está el Miguel Ángel, el Rem- 
brandt, el Tiziano? Se citan algunas rarísimas 
excepciones: Safo, por ejemplo. Ignoramos el mé- 
rito de Safo. Hay que creer en él bajo la fe de las 
tradiciones, no siempre dignas descrédito. Los 
fragmentos que de ella se conservan no me pa- 
rece que tienen gran valor; son gritos eróticos 

23 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

más que sana e inspirada poesía. En cambio, co- 
nocemos perfectamente a las literatas de nuestros 
tiempos... 

—¿Y qué? Madame Stael. . . ' 

—Madáme Stael... Toda la obra literaria de 
madame Stael es de reflejo, y hoy la encontra- 
mos de una afectación insoportable. ¿Quién lee 
actualmente la Delfina y la Cqrina? Su talento 
era muy grande, pero de un orden distinto. 

—Y madame Sand. 

— Un buen estilista que no ha producido obras 
duraderas. Sus novelas son declamatorias, inve- 
rosímiles, sin caracteres y sin interés. Tampoco 
se leen actualmente. 

— ¡Qué dureza, doña Carmen! 

— Eso mismo exclamaba Camila Selden oyendo 
a Enrique Heine llamar a la autora de Indiana 
•bas bleui^, a lo cual replicó el gran poeta son- 
riendo: «Bueno, bas rouge^ si usted lo prefie- 
re». El talento de Jorge Sand era inmenso tam- 
bién; pero, lo mismo que el de madame Stael , 
era má$adecuado a otra cosa que a la literatu- 
ra... Pero, en fin, aun concediendo que lo fue. 
se, ¿cuántosnombres de artistas femeninos puede 
usted citarme? ¿Qué originalidad ha ofrecido su 
talento? 

—Observe usted que la mujer no ha tenido ja- 
más una educación adecuada para que sus facul- 
tades intelectuales y sus aptitudes artísticas se 
desenvolviesen. Se la ha obligado a vivir aparta- 
da de la alta cultura intelectual. 

24 



LA MUJER MODERNA 

— Sí, esees el razonamiento de Stuart Mili. 
Para mí tiene poco valor. Cierto que hasta ahora 
no se ha dado a la mujer ana educación literaria 
y artística; pero muchos de los grandes poetas 
que el mundo admira tampoco la han tenido. 
Cuando el alma está preparada para beber, con 
pocas gotas basta. Además, advierta usted que 
en la antigüedad, y también en la Edad Media, 
h^n existido mujeres muy instruidas, tanto en 
filosofía como en literatura. ¿Por qué, pues, si 
encontramos en todas las épocas mujeres sabias, 
no se cita entre ellas poetas inspirados o filósoíos 
originales?... Por lo demás, usted sabe perfecta- 
mente que, desde hace ya mucho tiempo, a la 
mujer se le da una educación intelectual seme- 
jante a la del hombre, y en cuanto a la artística, 
más esmerada aún. Apenas hay niña bien educa- 
da a quien no se enseñe la música, el dibujo, la 
pintura, y a algunas la escultura también. ¿Pien- 
sa usted que si naciese entre nosotras un Beetho- 
vén o un Rossini, se contentarían con teclear el 
piano o sacudir las cuerdas del arpa? Escribirían, 
como es justo, óperas y sinfonías. En todo el si- 
glo XIX a la mujer no le ha faltado pluma y pa- 
pel. Si nú ha escrito Las noches, de Musset, Las 
meditaciones, de Lamartine, ni las Leyendas, de 
Zorrilla, es porque no ha podido. 

— Quizás exista, doña Carmen, una razón meta- 
física para ello. Así como el conocimiento puede 
conocerlo todo, menos a sí mismo, de igual modo 
la actividad de la mujer se puede aplicar a cual- 

25 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

quier cosa, menos a la poesía, porque ella misma 
es la poesía. La mujer es la primera materia para 
el trabajo poético. ¿No parece absurdo que actúe 
de poeta? Es como si un paisaje se pusiese a hacer 
el boceto del pintor. 

—Bueno— replicó doña Carmen riendo—, esos 
piropos metafísicos no me los diga usted a mí. Dé- 
jelos para las jóvenes y hermosas. .. 
• f**>*.< ■••••••••*•••.«•*•••• ••••••••••••*••• 

— Acá en Europa las mujeres tenemos otras co- 
sas más serías que hacer. 

—Pero, en fin — apunté yo—; si la mujer no tie- 
ne capacidad para las artes bellas y la poesía... ^ 

—Puede usted darlo por seguro. La mujer es un 
ser esencialmente prosaico— internmipió dofLa 
Carmen. 

—¡Cómo! ¡Cómo! ... Eso que está usted diciendo 
es una abominable herejía— exclamó don Sini- 
baldo. 

—Es una verdad que todo el mundo puede com- 
probar. En el fondo, a la mujer le interesan poco o 
nada las bellezas de la Naturaleza o del Arte. 
Cuando se encuentra frente a un paisaje, o una 
estatua, o im cuadro, hace lo que puede por en- 
tusiasmarse; pero no lo consigue, y sus alabanzas 
suenan a falso. {Cuan diferente su actitud estu- 
diada y frivola de la profunda emoción que se 
advierte en los hombres! 

—Pues, querida amiga, yo he observado siem- 
pre que las mujeres se conmueven en el teatro 
más fuertemente que los hombres. 

26 



LA MUJER MODERNA 

— No es la belleza lo que las conmueve, sino el 
piíncipio moral, más o menos humillado o ame- 
nazado en el curso de la obra. De aquí que las 
mujeres lloren más con los melodramas que con 
los dramas, con las antiguas novelas sentimenta- 
les que con las realistas de ahora. Crean ustedes 
que las bellezas de una obra de arte, sus propor- 
ciones, su elegancia, su pureza de dicción, no le 
importan. Lo que le tiene con muchísimo cuidado 
son los eclipses pasajeros que la bondad y la jus- 
ticia experimentan en ella. 

— Acaso esté en lo cierto—dijo en tono concen- 
trado don Sinibaldo. 

— Eso es otra cosa. Yo no quiero discutir ahora 
la primacía de la bondad sobre la belleza: sólo 
hago constar un hecho. 

— Pero, en fin — dije yo, volviendo a la carga—, 
si la mujer no tiene capacidad para las artes be- 
llas, la tiene muy grande para las artes útiles . 
Esas labores tan necesarias en las casas, el arre- 
glo y la comodidad del nido, a ella está encomen- 
dado. ¿Qué sería de nosotros si las mujeres no se 
encargasen de coser, de planchar, de bordar 
nuestra ropa, de mantener en orden y dignidad 
nuestra vivienda? 

— ¿Qué sería de ustedes?... Pues lo pasarían a 
las mil maravillas, porque los hombres cosen, y 
planchan, y bordan, y guisan, y limpian, y lavan 
mejor que las mujeres. No hay oficio de los enco- 
mendados ordinariamente a la mujer que el hom- 
bre no llegue a poseer con mayor perfección. 

27 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

Hasta en la confección de los mismos trajes feme- 
ninos nos aventajan. Ya saben ustedes que las 
grandes modistas de París no son modistas, sino 
modistos. 

Pareja soltó una estridente y pedagógica car- 
cajada. 

—No cabe duda: nuestra insigne poetisa odia ^^ 
su propio sexo, y no le encomienda otro empleo 
que el de la perpetuidad de la especie. 

— Pues sí cabe duda, amigo Pareja— replicó 
doña Carmen un poco picada — . Su profunda in- 
tuición en este caso ha hecho quiebra. No sólo 
amo a mi sexo, sino que su suerte futura es mi 
constante preocupación desde que he renunciado 
a la literatura. 

— Pero si no sirve para nada, ¿qué quiere usted 
que hagan los hombres con ese sexo más que per- 
petuar la especie? 

— Yo ño he dicho que no sirviese para nada. 

—No tiene aptitud para las ciencias, para la 
literatura y las artes; no la tiene tampoco para la 
industria, ni aun para los menesteres de la casa. 
¿Qué clase de ta;rea quiere usted encomendar a la 
mujer? 

— Una sola, pero muy importante. 

—¿Cuál? 

—La política. No se asusten ustedes... ¿Qué es 
la política en el fondo? El arte de relacionarse los 
hombres unos con otros sin perjudicarse. Pues yo 
sostengo que este arte lo conoce la mujer por 
intuición mejor que el hombre. 

28 



LA MUJBR MODERNA 

— ¡Oh, Carmita!— -exclamídonSinibaldo— , Me 
es imposible suponer que habla usted en serio. La 
mujer, por su naturaleza, por la historia del gé- 
nero humano, por las palabras de las Santas Es- 
crituras, por la opinión de los Santos Padres y la 
de los grandes filósofos que la Humanidad res- 
peta, es un ser subordinado, se halla destinado a 
obedecer, y no a mandar. 

— Pues yo creo todo lo contrario: que es el 
hombre quien está destinado a obedecer... Y de 
hecho así sucede en cuanto ustedes dejan de ser 
bárbaros. Está ley natural convengo en que se ha 
contrariado hasta ahora casi sistemáticamente, 
pero es una ley; y asi que se apartan los obstácu- 
los que se oponen a su libre funcionamiento, se 
pone en marcha de nuevo. 

— No se ofendei'á usted, Carmitá, si le digo que 
San Juan Damasceno afirma que «la mujer es una 
muía traidora, una horrible tenia que busca su 
guarida en el corazón del hombre». 

— A mí no me ofenden las citas, me aburren. 

— Y de que San Juan Crisólogo la llame fuente 
del mal, autor del pecado, piedra del sepulcro, 
puerta del infierno..., y San Gregorio el Magno 
la niegue el sentido del bien. 

— Tampoco. 

—Platón, el divino Platón, tiene tan en poco el 
sexo femenino, que trueca en mujer en la otra 
vida al hombre que haya pecado en ésta. 

— Platón ha dicho cosas muy sublimes, pero ha 
dicho también enormes tonterías. 

29 



G. MARTÍNEZ SIEJ^RA 



—Hablemos de los Santos Padres, a quienes 
respeto más en estos asuntos de moral... Para mí 
es absolutamente seguro que los Santos Padres, 
al hablar en términos tan duros y despreciativos 
de la mujer, sólo se referían a las mujeres que la 
depravada sociedad griega y romana ofrecían a 
su vista. Si hablasen en un sentido general, si sus 
dardos acerados fuesen directamente al corazón 
del sexo femenino, a la mitad del género humano^ 
se pondrían en abierta contradicción con el pensa- 
miento y la doctrina del divino fundador del Cris- 
tianismo. En el Evangelio la mujer es perdonada, 
es respetada, es iniciada en los misterios de la 
religión, sigue a Jesús como los hombres en sus 
peregrinaciones, escucha sus palabras y las pro- 
paga. Muerto Jesús, ella es la que se encarga de 
revelar su gloriosa resurrección. Después..., des- 
pués..., cuando llega el momento de confesar su 
fe ante los verdugos, a pesar de su naturaleza 
frágil y sensible, sufre crueles martirios con idén- 
tico valor que los hombres, y sabe morir como 
ellos. ¿Es posible que los Santos Padres, teniendo 
en la memoria a las santas María Magdalena y 
Verónica, a Santa Olimpia, a Santa Paula, a 
Santa Mónica y a tantas otras sublimes mujeres, 
hablasen de nuestro sexo con tanta ira? La Iglesia 
católica no distingue entre santos y santas, y en 
sus oficios celebra con igual veneración el día de 
una humilde doncella que el de un sabio doctor. 
Y, por fin, mi querido amigo, no olvide usted que 

30 



LA MUJER MODERNA 

por encima de todos los santos la Iglesia ha co- 
locado una mujer. 

— I Sí, ya sabemos que el Catolicismo tiene una 
diosa! — exclamó Pareja en un tono burlón, que 
contrajo fuertemente el rostro de don Sinibaldp. 

— Una diosa, no — repuso doña Carmen—. Eso 
queda para la gentilidad. Dios es algo incompren- 
sible e inefable que se halla a infinita distancia de 
la separación de los sexos. Pero lo que la humana 
inteligencia puede concebir de más puro y de más 
excelente después de Dios, está encarnado en la 
Virgen María, esto es, en una mujer. 

— Considere usted, Carmita, que Dios ha hecho 
a la mujer más débil de cuerpo y también dé in- 
teligencia, indicándole con esto su papel subor- 
dinado. 

— Dios no la ha hecho más débil ni de cuerpo 
ni de alma: han sido ustedes. 

— ¡NosotrosI— exclamó don Sinibaldo, en el col- 
mo de la estupefacción. 

— I Sí, ustedes!... Dirija usted una mirada al 
mundo de la animalidad, del cual, según se afir- 
ma, proceden los seres humanos, cosa que yo no 
discuto ahora. Si la subordinación de la hembra 
al macho fuese una ley universal y esencial a la 
separación de los. sexos, en este mundo debiéra- 
mos encontrarla. Nada de eso acontece. En un 
gran número de especies animales la hembra es 
superior al macho por el tamaño y por la fuerza; 
en otras es igual, en otras inferior, pero en nin. 
guna el macho conádera a la hembra como su 

31 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

subordinada, sino que viven en un estado de per- 
fecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y 
maltratadas sistemáticamente; al contrarío, los 
machos las ayudan, las protegen cuando necesitan 
protección, las respetan, las miman y las seducen, 
no por la fuerza, sino por la estética. 

—Sin embargo, considere usted, mi buena ami- 
ga—manifestó el señor De la Puente — , que ape- 
nas aparece en la tierra la Humanidad, ^e inicia 
esta subordinación. 

^ —Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos 
prehistóricos, necesitamos atenernos a las conje- 
turas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo 
animal podemos conjeturar que en la Huma^iidad 
primitiva, tan próxima a él, debiera pasar algo 
semejante. La mujer primitiva, por la agUidad y 
por la fuerza, no debiera ceder mucho al hombre. 

—Y entonces, ¿cómo explica usted su inferiori- 
dad actual? 

—No es otra cosa que una consecuencia de la 
guerra. Mientras los hombres vivieron en paz... 

— Pero ¿cree usted, señora, que los li^ombres 
vívierdn alguna vez en paz? — pregtmté yo. 

-—Sí que lo creo. Para mí ha existido en la his- 
toria del género humano un largo período de ino- 
cencia y de paz. Las tradiciones de todos los pue- 
blos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras 
así nos lo aseguran. El hombre ha comenzado por 
ser fructívoro, y los animales fructívoros no se 
pelean. Además, si, como la ciencia antropológica 
afirma, la ontogenia no es otra cosa que un resu- 

32 



LA MUJER MODERNA 



men de la philogenia, el género humano debió de 
haber atravesado un largo período de infancia. 

— iBravoI, ibravo! —gritó Pareja batiendo las 
palmas— . Me siento inimdado de gozo al ver que 
nuestra ilustre amiga, a la par que a las musas, 
rinde culto a la ciencia contemporánea. Permí- 
tame, sin embargo, hacerle observar que el pe- 
ríodo de infaacia es un período de iniciación, y, 
por tanto, deficiente e incompleto. 

—¡Quién sabe!, quién sabe!— murmuró la poeti- 
sa con melancolía — . Por lo pronto, fisiológica- 
mente, el niño está más alejado del animal que el 
hombre. 

—De todos modos, mi querida amiga, es un 
hecho demostrado que en los clans más rudimen- 
tarios, aquellos que se han hallado en la Australia 
y en la Papuasia, los cuales lindan estrechamente 
con la animalidad, y que por su posición aislada 
no han debido ser alterados por otras influencias, 
la condición de la mujer es subordinada, y aun 
puede decirse horriblemeate subordinada. 

— ¡Los dans de la Australia y de la Papuasia! 
Y ¿quién es capaz de demostrar que ése es el co- 
mienzo del género humano? Como usted sabe me- 
jor que yo, todo en este mundo evoluciona o cam- 
bia, para bien o para mal, espontáneamente, por 
virtud de una fuerza interior y automotora. Esos 
clans pueden muy bien no ser los tipos primitivos 
de la sociedad humana; pueden haber degenerado 
y ser más bien residuos o excrecencias, tipos re- 
zagados y no primitivos. Si la teoría de usted 

33 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

fuese exacta, como quiera que en la mayor parte 
de las islas del Pacífico hemos hallado la antropo- 
fagia, debemos deducir lógicamente que el hom- 
bre ha empezado siempre por ser antropófago, lo 
cual es una monstruosidad que a nadie se le ocu- 
rre sostener. 

—Tiene usted razón, señora— manifesté yo— ; 
la Geografía y la Historia proporcionan armas 
para todas las causas. Los negros del África me- 
ridional maltratan a las mujeres, las convierten 
en bestias de carga. La condición de la mujer allí 
es horrible. Los negros del África septentrional, 
los etiópicos, muy superiores ^a ellos como raza, 
respetan y consideran de tal modo a la mujer, se 
le otorga allí tales privilegios, que a las más ar- 
dientes de nuestras feministas les parecerían exce- 
sivos. No sólo disponen de su persona y de sus 
bienes libremente, sino que no están obligadas a 
contribuir al sostenimiento de la famila en el ma- 
trimonio. Son, por tanto, más ricas que los hom- 
bres. En tiempo de guerra son intangibles, circu- 
lan por el campo de batalla y por los pueblos ene- 
migos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas. 
En Madagascar, una isla también como esas que 
cita el amigo Pareja, los franceses, al conquistar- 
la, hallaron que en el Código malgache el adulte- 
rio del hombre se castigaba con ocho meses de 
prisión; el de la mujer, con cuatro. 

—Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Ji- 
ménez—observó doña Carmen— ,. que no hace 
muchos días leía yo que los exploradores que des- 

34 



LA MUJER MODERNA 

cubrieron en el siglo pasado los archipiélagos de 
la Polinesia, se ^encontraron allí con seres huma- 
nos que vivían todavía en la edad de la piedra 
pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudi* 
mentarías la mujer era igual al hombre. Existía 
allí un feudalismo grosero, pero la mujer ejercía 
el poder lo^msmo que el hombre. Según los rela- 
tos de los viajeros, cuando una de estas señoras 
se presentaba, los hombres se ponían en cuatro 
patas... Lo mismo que hacen ustedes ahora cuan. 
do ven al ministro de Fomento. 

— ¡Señora, yo no one pongo en cuatro patas 
cuando veo al ministro de Fomento! 

—¿Qué?... ¿No se pone usted así? Pues adelan- 
tará poco en su carrera. 

— ^Dejemos estos asuntos, porqué me interesa 
saber c6mo doña Carmen explica que los hombres 
hayamos hecho a la mujer más débil de cuerpo y 
de inteligencia... 

—Perdone usted, Jiménez; yo no he dicho que 
fuese más débil de inteligencia. La inteligencia 
de la mujer, aun actualmente, es distinta, pero 
no inferior a la del hombre. Su inferioridad física 
depende de que los hombres han vivido en perpe- 
tua guerra desde hace muchos miles de . años, 
mientms la mujer se mantuvo apartada de la lu- 
cha; no porque la mujer no fuese apta para ella... 

—-{Opina usted que la mujer es apta para la 
guerra? 

—Mucho más apta que el hombre; tanto, que 

35 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

SÍ las guerras no se suprimiesen, a ellas debieran 
encomendarse. Pero se suprimirán, porque la mu- 
jer quiere que se supriman, y no ejerceremos 
otro oficio militar que el de la seguridad y el or- 
den público. 

— ¡Oh, querida amigal Usted delira. 

—Hablo completamente en serio. Aun en la ac- 
tualidad, al cabo de miles de años de vida seden- 
taria, que ha producido nuestra evidente inferio- 
ridad física, si ustedes toman mil niñas de cuatro 
o cinco años; si las fortifican con una gimnasia 
adecuada; si las obligan a sufrir los rigores de la 
intemperie: el írio> el calor, el hambre, la sed, las 
marchas forzadas, a escalar las montañas y a 
atravesar los ríos a nado; si las adiestran ustedes 
en todos los ejercicios militares, cuando lleguen 
á los veinticinco años habrán ustedes obtenido un 
batallón tan fuerte y tan ligero como si estuviese 
formado de hombres, y desde luego, mucho más 
intrépido. 

— ¿La mujer es más valiente que el hombre? 

— ¡Muchísimo más! La mujer es valiente por 
nat.uraleza: ustedes lo son por vanidad. La mujer 
.es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo. 
Cuandojse trata de salvar su hogar, de defender 
a sus hijos, a sus ancianos padres; cuando corre 
peligro la independencia de la Patria, las mujeres 
luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en 
los labios, sin esperar condecoracicmes y galones 
ni sueltos en los periódicos. Ahí están las mujeres 
de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el 

N 36 



LA MUJER MODERNA 

día existen ejemplos notables de amazonismo. No 
ignorarán ustedes que en el Dahomey el nervio 
de su ejército lo componen dos cuerpos de amazo- 
nas. Cuantos viajeros y misioneros los han visto, 
aseguran que no es posible llevar más alto el es- 
píritu militar, esto es, la disciplina ciega, la fuer- 
za, la agilidad, el valor intrépido. No hay quien 
no les reconozca ventaja sobre el ejército masculi- 
no; y estas mujeres se hallan tan persuadidas de 
su superioridad, que si en medio del combate al- 
guna de ellas flaquea, las otras le gritan con des- 
precio: «I Quita allá, que no vales más que un 
hombre! » 

— ¡Carambita, cuan dulces esposas harán esas 
señorasl 

— lAhí está el toque de todo! — respondió dofla 
Carmen, dejando escapar un suspiro—. A esas 
mujeres les está prohibido el matrimonio mientras 
no queden inútiles para el servicio militar. La ma- 
ternidad es nuesti*a dicha y nuestro tormento, 
nuestra emancipación y nuestra cadena. La hem- 
bra del animal sólo por algunos días prodiga 
cuidados a sus hijuelos, que pronto se pueden va- 
ler por sí nusmos. La infancia del hombre se pro- 
longa bastantes años, y en esta prolongación de 
la infancia ven algunos filósofos el origen causal 
de la familia, y, por consecuencia, de toda socie- 
dad humana y de la civilización. Pero esta pro- 
longación ha ocasionado la subordinación física 
de la mujer, y después la subordinación moral. 
Para que el hombre existiese, fué necesario que 

37 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

la mujer abandonase la caza y la guerra y se hi- 
ciese sedentaria y casera. Perdió sus aptitudes 
guerreras, y cayó en la esclavitud. lOh, qué his- 
toria tan triste la historia de la mujerl ¡Cuánto 
dolor, cuánta lágrima, cuánta infame deprava- 
ción! Es un largo martirologio que ha durado mi* 
les de años y que aún no há concluido. Somos 
madres antes que nada, y los hombres se han 
aprovechado cobardememte de nuestro amor ma- 
ternal para hacemos descender a la categoría de 
animal doméstico. Pero esta monstruosa villanía 
no ha quedado sin castigo. Las mujeres han de- 
rramado muchas lágrimas, pero los hombres tam- 
bién las derraman por ellas. Los dolores más agu- 
dos de vuestra alma, la mujer es quien los causa; 
los dolores sin nombre, las noches de insoninio, 
la agonía que lleva a la sien el cañón de una pis* 
tola. El alma femenina, desconocida, ultrajada, se 
venga de vosotros. ¡Pagad, cobardes, pagad mies- 
tras lágrimas, pagad nuestra esclavitud!... 

La voz de doña Carmen vibraba con indigna- 
ción; sus pálidas mejillas se tiñeron de carmín. 

— No es constante, mi ilustre amiga, la esclavi- 
tud dé la mujer ---manifestó Pareja, sin duda para 
calmarla—. La noble raza berebere, la que prime- 
ro pobló las costas del Mediterráneo, hasta que no 
sufrió la influencia del Islamismo, se mostró siem- 
pre extremadamente respetuosa con la mujer. Y 
en el antiguo Egipto, la más grande civilización 
que conocemos, cuna de todas las otras mediterrá- 
neas, el predominio de la mujer ha sido evidente. 

38 



LA MUJER MODERNA 

— ¡Oh, noble pueblo, maestro de todos los otros! 
Sí, ya sé que durante miles de años la mujer fué 
venerada a las orillas del Nilo como el ser más 
próximo a la divinidad. Los hombres buscaban en 
ella la inspiración, el honor, la felicidad de su 
vida. Su alma era respetada desde la infancia, y 
nadie osaba tocar a su independencia. «Ama a tu 
mujer — repetian sin cesar los padres y los maes- 
tros—, aliméntala, adórnala^ perfúmala, hazla fe- 
liz durante toda tu vida: es un tesoro que debe 
seir digno de su poseedor.» ¡Cuan infieles han sido 
sus discípulos los griegos, y sobre todo los roma- 
nos, a éstas nobles enseñanzas! 

— Los romanos, mi buena amiga — manifiesto 
el señor De la Puente—, han sido los fundadores 
de todo el Derecho. Nadie hasta ahora ha supera- 
do, ni aun igualado, a sus juriconsultos... 

— ¿Sabe usted lo que le digo, amigo La Puente? 
— profirió con vehemencia la Salazar— . ¡Que no 
me hable usted de esos bandidos! Han sido el pue- 
blo más frío, más sistemáticamente brutal que se 
registra en la Historia. ¡Los detesto! Ellos son los 
que impusieron a la Europa ese negro fantasma 
que se llama pater /atnilias, ese odioso tirano que 
absorbe en si todos los poderes, que dispone de la 
suerte y de la vida de sus hijos, que mantiene a la 
mujer en degradante tutela. 

—Degradante, no, Carmita: necesaria, ¡abso- 
lutamente necesaria! La mujer salía de la manus 
del padre y entraba in manu de su marido, y gra- 
cias a ello, se hallaba constantemente protegida. 

39 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

«■^' ■■■ ■ ■■■■ ■ I ■■■■■■■ » ■ I I ■■! W^— — I »^B^^^ 1 I »■ «IBI ■^^^■^— ^» ^^—M — ^P^i— — — 

La mujer, por su naturaleza, no es apta, como el 
hombre, para dirigir las relaciones exteriores de 
la familia, para sostener sus derechos cuando son 
vulnerados. ¿Cómo quiere usted que una mujer 
desenrede la madeja de un pleito? ¿Cómo quiere 
usted que se presente sola ante los Tribunales? 

— I Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer 
sea quien únicamente se presente en los Tribuna- 
les, que éstos se hallen formados exclusivamente 
por mujeres, que sean mujeres los abogados y pro- 
curadores..., y quiero que, mientras tanto, se que- 
den ustedes en casa, sin meterse en cosas que no 
les incumben. 

—La insigne poetisa — manifestó Pareja— acaba 
de estremecemos con una de sus habituales e in- 
geniosas paradojas. Decía que los Tribunales de 
justicia debieran hallarse formados exclusiva- 
mente por mujeres. Escuchemos su explicación, 
que seguramente nos sorpréndela y nos encan- 
tará, como todo lo que sale de sus labios. 

— No trato de asustar ni sorprender a nadie, 
querido amigo. Estoy persuadida de que eso que 
usted caliñca de paradoja, en el transcurso del 
tiempo será un hecho, porque debe serlo. El espí- 
ritu de justicia le ha sido otorgado por el Cielo' 
a la mujer con mayor abundancia que al hombre; 
la práctica de la justicia en este mundo a ella debe 
ser encomendada. Un Jurado compuesto de muje- 
res sería siempre mes clarividente que si lo fuese 
de hombres, porque el alma femenina, inspirada 

40 



LA MUJER MODERNA 

por el soberano Espíritu de Sabiduría, sabe pene- 
trar más profundamente en los abismos de la con- 
ciencia, y distingue con mayor claridad en ella lo 
responsable de lo irresponsable. ¡Oh, si nosotras 
juzgásemos, cuántos hombres y mujeres que gi- 
men en las cárceles andarían sueltos por la callet 
¡Cuántos que andan sueltos por la calle gemirían 
en las cárceles! 

— Este verano, en la aldea de Asturias donde 
acostumbro a pasar los calores, una pobre mujer 
que yacía en la miseria, desesperada oyendo a sus 
hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una 
casa y, en la ausencia de sus dueños, hurta un pan 
y algunas viandas. Pues bien, acabo de saber que 
esta mujer ha sido condenada a tres años de pre- 
sidio. Este verano también se habrán ustedes en- 
terado de que un hombre tenía secuestrada a su 
mujer y a sus hijos desde hacía algunos años, que 
les obligaba a vivir en una atmósfera mefítica, y 
que, entregado al juego y a la crápula, descarga- 
ba el mal humor que le causaban sus reveses o 
sus hastíos sobre la infeliz esposa^ atormentán- 
dola refinadamente con las más extrañas y crue- 
les torturas, arrojando sobre ella cubos de agu^ 
fría en las noches de invierno, obligándola a dor- 
mir sobre los ladrillos del pavimento, priván4o- 
la de alimento durante días enteros, etc., etcé- 
tera. Pues bien, acabo de saber, igualmente, que 
este hombre ha sido condenado a urios meses de 
prisión. ¿Son éstas justicias de Dios? No: son 

41 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

justicias de los hombres; mejor dicho, son justicias 

del diablo. 

'•••••••••••*•••••••■•••••• ••••••••••••••• • 

— La suprema justicia es la suprema piedad. El 
mundo moral, como el mundo físico, se reduce a 
leyes simplicísimas: amor y odio, atracción y re- 
pulsión. El secreto del amor lo posee la mujer: a 
ella pertenece, pues, el mundo moral; ella es 
quien debe juzgar. El sentimiento de la piedad no 
se extingue jamás en el corazón de la mujer por 
degradada que se halle, por bárbaro y feroz que 
sea el medio en que viva. Entre los negros an- 
tropófagos de la Australia y del África, allí don- 
de la mujer no es más que una bestia de carga, 
que el hombre considera inferior al ganado; allí 
donde las golpean,las mutilan y las matan a ca- 
pricho; allí donde un viajero blanco añrma que 
en los muchos años que pasó en África jamás ha 
visto a un negro mostrar la menor ternura, hacer 
la más leve caricia a una mujer, allí, sin em- 
bargo, los viajeros han encontrado corazones 
femeninos tiernos y compasivos. La crueldad 
de que eran victimas desde largos siglos no ha- 
bía podido^ sofocar la llama del amor. ¿No es 
ésta una prueba irrecusable de que en la mujer 
es donde reside el principio moral? El hombre 
es, principalme^ite, un ser intelectual; la mu- 
jer, un ser moral. Por tanto, repito, la dirección 
de las costumbres y la política a ella debe ser en- 
comendada. 

—¡Usted lo ha dicho, ilustre amigal— exclamó. 

42 



LA MUJER MODERNA 

Pareja con sonrisa mefistofélica — . Desde el ponto 
de vista intelectual, la mujer es un ser inferior. 

— Yo no he negado la superioridad intelectual 
del hombre en muchos aspectos. La prueba es que 
no reconozco a la mujer grandes aptitudes para 
las artes, para la literatura y aun para la filosofía. 
Lo único que sostengo es que la mujer es más 
apta para la política, esto es, para todo lo que se 
relaciona con la moral y las costumbres. 

— Demos por sentada esa inferioridad. ¿Qué 
implica para el acto de juzgar de la bondad o de 
la maldad de las acciones? Cuando forman uste- 
des la lista de jurados, ¿escogen ustedes en una 
ciudad los hombres más sabios y más inteligentes? 
Los llaman uste4es a todos por igual, y puede 
acaecer, y de hecho acaece muchas veces, qtíe un 
tribimal se componga de hombres zafíos y maja- 
deros... Y quien dice un tribunal, dice también un 
parlamento. 

— ¿Cómo?, ¿cómo? Va usted demasiado lejos, 
Carmita. 

—No rebaso los límites de la verdad. ¿Por ven- 
tura eligen ustedes diputados a los hombres más 
cultos de la nación? Cuando voy a la tribuna del 
Congreso y echo una mirada a los escaños, no 
puedo menos de estremecerme. Yp estoy segura, 
absolutamente segura de que el día en que nos " 
otras nos encarguemos de la política, no elegire- 
mos representantes a las necias, a las disipadas, 
a las tramposas, a las perdidas... Nosotras guar- 

43 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

damos siempre en el fondo del alma respeto a lo 
que debe respetarse. La mujer no cae jamás por 
completo en la abyección como el hombre. Diría- 
se que permanece sobre ella suspendida, sin que 
sus manos ni sus pies la toquen. La mujer impura 
ama y venera en el fondo de su corazón la pureza. 
El ideal de bondad, de belleza y de justicia jamás 
se desvanece delante de sus ojos. Al contrario 
de lo que sucede con el hombre, aun sumida en la 
más profunda degradación, cree siempre en su 
propia alma. Quizá por eso las mujeres se absuel- 
ven tan pronto de sus pecados, porque saben que 
estos pecados no atentan al pudor inmaculado de 
su ser. 

— Esas últinjas palabras son una preciosa con- 
fesión, ilustre amiga— dijo Pareja-—. La mujer se 
absuelve pronto de sus pecados porque es un ser 
tornadizo en el cual las impresiones no arraigan. 
¿Me perdonará usted si le digo que tiene además 
un entendimiento superficial? Observe usted que 
las mujeres, salvo rarísimas excepciones, sólo 
aprecian el talento por el éxito que alcanza en el 
mundo... 

—¿Y los hombres no? 

— La mujer es inepta para los negocios delica- 
dos y para la política, porque carece, en general, 
de reflexión. Es un ser impulsivo, casi infantil... 

—Mejor que sea infantil. Ustedes no son ama- 
bles más que de niños. Jesucristo lo ha dicho: 
«O niños, o como niños». Me alegro de que aumen- 
te la inteligencia y de que aumente hasta lo infi- 

44 



LA MUJER MODERNA 

nito, que se apodere de todas las fuerzas de la 
Naturaleza y de todos los secretos del Universo; 
pero dejad que el corazón permanezca niño, que 
sea dulce, espontáneo, inocente y libre. Entonces 
la Humanidad habrá tocado a la meta del más 
alto progreso que se pueda realizar en esta vida, 
el reinado de Dios habrá bajado a este mundo, el 
cíelo y la tierra se habrán confundido. 

— Todo eso es fascinador y romántico. Pero la 
política, querida amiga..., la política es una cosa 
muy seria. 

—Precisamente por eso debe encomendarse a 
la mujer, que es e! ser serio por excelencia, el 
único que sabe poner toda el alma en su activi- 
dad, el único que cree en los resultados de ella... 
Una fila de señores con levita y sombrero de copa 
será un espectáculo muy serio en la apariencia; 
en realidad es bien cómico. 

— Encuentro esas observaciones exactas— hube 
yo de manifestar—; pero, al mismo tiempo, te- 
niendo en cuenta la atracción irresistible que so- 
bre la mujer ejerce el círculo de la familia, ¿no 
sería de temer que, dedicada a la política, traba- 
jase más 'por el bien de su hogar que por el pú- 
blico? 

—Y los hombres, ¿no hacen otro tanto, amigo 
Jiménez?... Efectivamente — añadió con sonrisa 
maliciosa y bajando la voz — , a veces no trabajan 
por su hogar, sino por el de sus queridas. 

— Pero, doña Carmen— repliqué yo — , ¡esas 
ideas trastornan y hacen cambiar radicalmente 

45 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

la dirección de la sociedad contemporánea!... 
Cuando todos los pensadores convienen en la ne- 
cesidad de vigorizar el organismo social, cuando 
no se escucha otro grito que el de: «¡Hay que vi- 
rilizar la razal»... 

—¿Virilizar la raza? ¿Para qué? Lo que hay que 
hacer es afeminarla. O lo que es igual, hay que 
volverla un poco menos brutal y ^egoísta; hay que 
infundirla las cualidades femeninas de la fe, de la 
piedad y del valor... 

—-¿Del valor?— exclamó el conde—. ¿No había- 
mos convenido en que la mujer es un ser tímido? 

— Doña Carmen no cree en la timidez de la 
mujer — respondió Pareja riendo. 

— Siempre he pensado lo mismo; pero no es esa 
la opinión general. La mujer es tímida por coque- 
tería. Que se trate de aparecer bella, y será ca* 
paz de arrojarse desde la Giralda de Sevilla. 

— ¿Quién tiene la culpa de esa coquetería? — 
profirió doña Carmen con viveza — . Desde hace 
largos siglos, ustedes no le han asignado otro pa- 
pel que el de agradar. O agradar al hombre, o 
vivir y morir despreciada: tal es su destino. El 
mundo, para la mujer, no es más que un vasto 
harén disfrazado. 

—Y ¿cuál destino más noble, señora, qiie el de 
amar y el de ser amada? Mientras los hombres, 
espoleados por la necesidad y la ambición, nos 
fatigamos ha'i^ta caer rendidos, luchamos hasta 
perder la vida, la mujer, en el recinto de su gabi- 
nete, sigue con mirada ansiosa nuestra carrera y 

46 



LA MUJER MODERNA 

se ofrece como pfemio a nuestros esfuerzos. La 
mujer es la estrella que nos guia en las lóbregas 
noches de nuestra existencia, es la flor perfuma- 
da que guardamos en el jardín de nuestra alma. 
¿Cómo quiere usted, señora, que la expongamos 
a los vendavales furiosos de la política? Sus bellas 
manos delicadas no están hechas para mezclarse 
en esos juegos, muchas veces sucios y casi siem- 
pre peligrosos. 

— Sea usted franco, conde; la mujer ha sido, es 
j debe ser siempre la eterna odalisca. 

— No la quiero odalisca, pero tampoco ía quiero 
transformaba en senador vitalicio. ¡Es demasiado 
prosaico!... Figúrese usted, señora, que una her- 
mosa mujer dijese a su marido: «Perdona, hijo; 
hoy no puedo er^tretenerme demasiado conti- 
go, porque necesito prepararme para una in- 
terpelación que tengo mañana en el Congre- 
so sobre la reforma del Arancel...» |Es ho- 
rrible! 

— ¿Por qué horrible? Encuentran ustedes ho- 
rriblemente prosaico que las mujeres discutan la 
cnestión de tarifas o la conversión de la Deuda. 
¿Es más poética cuando toma la cuenta a la coci- 
nera: tanto de arroz, tanto de chorizos? ¿O cuan- 
do llama a la lavandera y apunta la ropa sucia: 
tantas enaguas, tantos calzoncillos? En cuestión 
de estética, no veo gran diferencia. Por el con- 
trario, la administración del Tesoro público, por 
su magnitud y por su trascendencia, imagino que 
es una tarea más elevada. 

47 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

—¡Oh, cielos! El día en que sean ustedes dipu- 
tados y senadores, será un espectáculo bien di- 
vertido el presenciar cómo se arrancan los moños. 

— No lo será más que cuando ustedes alzan los 
puños en el Congreso y se dirigen injurias soeces 
acompañadas de frases de carretero... Pero no; 
las mujeres, si no respetamos los recintos, respe- 
tamos los sentimientos justos y los nobles pro- 
yectos. Recientemente se ha organizado una mag- 
na asamblea de señoras en Versalles. Pue^ bien, 
aquella asamblea celebró varias sesiones con la 
mayor mesura, discutió sus acuerdos y llegó a 
formular sus conclusiones con perfecta corrección. 
Sólo unos caballeros feministas allí admitidos 
desentonaron, y fueron llamados al orden por la 
presidenta... Y sin ir tan lejos, todos los días en 
Madrid se reúnen en asamblea muchas señoras 
con objetos benéficos, se organizan en comisiones, 
discuten, ponen en práctica sus decisiones, y todo 
pasa sin los lamentables incidentes que suelen 
ocurrir en las asambleas masculinas... 

-¿De dónde procede, entonces, que en tertu- 
lias, en bailes, en teatros y conciertos armen us- 
tedes insoportable algarabía? ¿Cuál es la causa 
de que ustedes se detesten tan cordialmente, y en 
los paseos se miren ustedes como se miraban los 
güelfos y gibelinos?— manifestó el conde. 

—Por la razón que antes he dicho: por el mise- 
rable papel que hasta ahora nos han obligado us- 
tedes a representar. La mujer viene de la esclavi- 
tud, y viene con todos los defectos que la esclavi- 

48 



LA MUJER MODERNA 

tud engendra: la timidez, la mentira, la hipocre- 
sía, la ligereza. Pero levantadla a otros destinos 
más altos, y su alma recobrará su celestial heren- 
cia, se abrirá al espíritu de justicia. La mujer es 
un ser nacido para la política, porque la política 
toca a las costumbres, y en todos aquellos pueblcüs 
que han alcanzado cierto grado de cultura es la 
reina de las costumbres. De hecho bien saben us- 
tedes que ha intervenido siempre de un modo 
capital en ella... 

— Ahí está la Historia para mostramos que no 
lo ha hecho bien— dijo Pareja. 

— Ni mejor ni peor que los hombres. ¿Desean 
ustedes saber por qué ha intervenido algunas ve- 
ces perniciosamente en los negocios públicos? 
Porque carecía de responsabilidad, porque la polí- 
tica ha sido hasta ahora para ella un juego. Le 
está vedado pensar en la trascendencia de sus 
actos, pero se le permite, como a los niños, satis- 
facer sus caprichos. La du Barry hacía saltar 
sotn-e la mesa, delante de Luis XV, unas na- 
ranjas, gritando y riendo: < {Salta, Choiseul!, 
¡salta, PraslinI» Y con estas travesuras hizo 
caer al primer ministro, su enemigo. Aquella 
pobre mujer era considerada como un animal 
hermoso destinado al recreo. Pero aquella mu- 
jer guardaba en el fondo del alma un tesoro de 
bondad admirable: era noble, generosa, inocente. 
Si en vez de degradarla se la hubiese elevado 
con una educación adecuada, si en vez de un 
ser irresponsable la hubieran hecho un ser res- 

49 



G MARTÍNEZ SIERRA 

ponsable, no haría saltar a Choíseul por capri- 
cho o por venganza..., aunque tal vez le hubiera 
destituido por traidor. 

—De todos modos, mi querida amiga, yo no 
puedo resignarme a ver la política y las leyes en 
manos de las mujeres. Son harto frágiles para co- 
sas tan pesadas— apuntó don Sinibaldo. 

—¿No se resigna usted? Pues parece usted bien 
resignado. Al fíente de la política y las leyes es- 
pañolas se encuentra hoy una mujer, y usted la 
obedece y la acata (1). Pues si usted no duda 
de que una mujer, no escogida, sino llevada 
por Ja casualidad del nacimiento a la dirección 
política de un país, es apta para gobernarlo, 
tiene di cernimiento bastante para decidir nada 
menos que de la paz y de la guerra, para po- 
ner su veto a las leyes que los representantes 
del país han votado, para «elegir a todos los fun- 
cionarios públicos, ¿por qué no quiere usted otor- 
gar a las mujeres elegidas entre las mejores del 
país aptitud suficiente para contribuir a la elaba- 
ración de las leyes y para decidir de lo justo y 
de lo injusto? 

— Pero, en suma, mi ilustre amiga— manifestó 
Pareja—: si es verdad que hasta ahora han repre- 
sentado ustedes un papel miserable, ¿cuál es el 
que usted quiere que representemos nosotros el 
día en que el Parlamento, los Tribunales de jus- 



(1) Este estudio está escrito durante la Regencia de 
D.* María Cristina. 

50 



LA M U J E R M O D E R N A 

I j I . I , , — _ 

ticia y la Hacienda pública se hallen en manos de 
ustedes? 

— I Ahí me duele, amigo Pareja, ahi me duele! 
— exclamó doña Carmen dejando escapar un sus- 
piro—. Quizá piense usted, como todos los hom- 
bres, que, al arrebaterles esas cosas, les priva- 
mos del mayor tesoro de la existencia. Vive usted 
engañado. La política no es un tesoro, sino una 
carga. El progreso la hará cada día más ligera; 
pero hoy es bien pesada. La política no es algo 
substancial, no pertenece al fondo y a la esencia 
de la vida, a ese fondo divino que la presta sen- 
tido y valor. Sólo es un medio para que la Huma- 
nidad pueda gozar de ese tesoro los breves días 
que el Cielo nos permite alentar sobre ía tierra. 
Al entregamos la política, ustedes son quienes 
nos arrebatan el fruto verdaderamente sabroso de 
la existencia, nos condenan irremisiblemente a 
un papel secundario. El culto a la Divinidad, el 
arte, la ciencia, la industria, eso es lo que enno- 
blece la vida: no la gestión de los presupuestos ni 
la policía de las calles... Observen ustedes la vida 
de un sabio o de un artista. Si Dios le ha concedi- 
do una esposa prudj^nte, a ella entrega la admi- 
nistración de sus intereses, y sus días se deslizan 
serenos y felices en la evocación de hermosas 
imágenes o en la investigación de las sublimes 
leyes de la Naturaleza... Pues eso que hacen mu- 
chos de ustedes dentro de su casa particular, con 
el tiempo lo hajrán todos dentro de la casa públi- 
ca. Entonces no seremos nosotras las esclavas 

51 



\ 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



que se arrastran temblando a los pies de su seüor, 
ni tampoco esos ídolos caprichosos a quienes en 
el Norte de América se rinde un culto que resulta 
irónico, esas máquinas imponentes de gastai: di- 
nero que necesitan los millonarios anglosajones 
para deslumhrar a la muchedumbre. Queremos 
solamente el papel que la providencia de Dios nos 
ha asignado en este mundo: la guarda de la casa 
y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los 
altos problemas de la metafísica, a sondear las 
profundidades de la teología, a escribir poemas 
inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos 
inmortales, a conquistar las fuerzas de la Natura- 
leza y hacerlas esclavas sumisas de nuestro bien- 
estar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacien 
da, a perseguir a los malvados, a recompensar a 
los buenos, a dar a cada uno lo que le pertenece, a 
limpiar de abrojos el camino del sabio, del explo- 
rador y del artista. Para vosotros, el goce inefable 
de la*conquista; para nosotras, el trabajo y el peli- 
gro sin la gloria. Una bella aurora luce en el hori- 
zonte. El eje del mundo, desviado de sus polos dia- 
mantinos, se endereza. La claridad desciende al 
cabo del cíelo, y una felicidad desconocida inunda 
a los mortales» Un nuevo imperio se descubre a 
nuestra vista: el imperio déla paz y la justicia. Lu- 
chemos hasta morir por conseguirlo; esperemos 
que el Espíritu de Infinita Paz nos lo conceda... 



IV 



ACERCA DEL FEMINISMO 



DE JULIO CBJADOR 



QUERIDO amigo, delicado poeta y generoso abo- 
. gado de las mujeres: Me pide la opinión que 
tengo sobre varios pimtos acerca de la doctrina 
feminista, hoy tan en vías de llegar a la práctica 
que el Gobierno inglés acaba de proponer la con- 
cesión del derecho electoral á las mujeres, en 
igualdad con los hombres, en reconocimiento de 
su eficacia como factores de la vida nacional y en 
premio al heroísmo cívico que han demostrado 
durante los tres años de guerra. 

Cabalmente, el día 7 del presente mes leímos 
en los periódicos un parte de Washington conce- 
bido en estos términos: 

«En la votación del estado de guerra votaron a 

53 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

favor 373 diputados, 48 en contra y ocho se abs- 
tuvieron. Al pronunciar el presidente, el nombre 
de miss Jeanette Rankin, representante del Esta- 
do de Montana, ésta contestó con voz débil, des- 
pués de largo titubeo: Estoy dispuesta a apoyar 
a mi país; pero no puedo votar por la guerra; y 
se sentó, llorando, en el escaño. » 

Tal decía el parte, el cual responde ya con he- 
chos a los puntos que usted me consulta, y sólo 
hace falta manifestar cómo responde a ellos, sa- 
cando del hecho las consecuencias. ¿Cómo se por- 
tarán las señoras diputadas en las Cámaras? Ahí 

10 tiene usted; pero repito que este hecho pide co- 
mentario. 

Ya se lo ha sacado Cavia en El Imparcial, 

11 de Abril, y yo voy a sacarle el mío. Dice 
Cavia: «No sé lo que a estas horas habrá preva- 
lecido en el ánimo de aquellos electores ante el 
«singular» extremo de su diputada: si el temple 
necesario para enviarla «a hacer calceta», o el 
sentimentalismo, «nada feminista», pero muy fe- 
menino, de que ha dado muestras dicha señorita 
en la memorable sesión del 2 de Abril». 

«Singular» llama Cavia a lo hecho por miss 
Rankin. ¿Por qué singular? Eso es lo que hace 
toda mujer, eso es lo común. «A hacer calceta» 
añade que sus electores tendrían gana de enviar- 
la, si tienen «el temple necesario». ¿Por qué habían 
de enviarla a hacer calceta, quitándole el acta de 
diputada, habiendo cumplido con su deber? Por lo 
menos, con su deber de mujer, con su corazón, 

54 



LA MUJER MODERNA 

— — iWi— — — i— — » ■ ■ ■ ■ — ■ ■ ' - ■■ 

que es el que dicta las más reces sus dictámenes 
a la cabeza. {Acaso la enviaron al Parlamento de- 
seando dejase su natural mujeril y tomase presta- 
do el de varón? No, señor; como mujer la envia- 
ron, y para que como mujer hablase. De otra ma- 
nera no habría problema feminista. Si las muje- 
res, al ser igualadas en todos los derechos al 
hombre, hubiesen de obrar como hombres, no 
habría feminismo: lo que habría sería una falsifi- 
cación social, que, como toda falsificación, daría 
pésimos frutos, porque no pudiendo la mujer imi- 
tar enteramente al hombre, al querer representar 
un papel varonil, lo exageraría y lo haría muy 
retemal. Tendríamos diputados hombres y diputa- 
dos hembras que trataban de ser hombres sin lo- 
grarlo, disparatando a cada paso y dando que 
reir. La mujer ha de ser mujer en todos esos de- 
rechos que se trata de concederle. Eso es el fe- 
minismo, y pretender que obren como los varo- 
nes, es negar el feminismo, es un disparate y una 
ridiculez. 

El sentimiento que la diputada mostró al no vo- 
tar por la guerra y al sentarse llorando, dice Ca- 
via que no es «nada feminista, pero muy femeni- 
no». Pues yo digo que fué femenino y feminista, 
según he discurrido. Y según discurre nada me- 
nos que el sentido común en la mollera de Sancho 
Panza. 

El cual dijo la última palabra acerca del femi- 
nismo, y a ella me atengo. Para que se me en- 
tienda claro, mi opinión, amigo Gregorio, es que 

55 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

la mujer debe de tener iguales derechos que el 
hombre, en todo y por todo^ porque al cabo y a la 
postre, es el hombre (hotno), y contribuye por 
la mitad a la vida de la sociedad, de la familia y 
del individuo. Pero ha de portarse en la práctica 
de esos derechos y de sus correspondientes debe- 
res como mujer, no como varón, que eso se que- 
da para los marimachos, entes híbridos, ridiculos, 
por consiguiente, casos monstruosos como los de 
los varones afeminados, que no cuentan sino como 
objetos de risa y escarnio. Miss Rankin hizo lo 
que debía, y mostróse tan feminista como femeni- 
na, y en vez de ser argumento práctico contra el 
feminismo, lo es en pro del feminismo. Esto es 
más claro que la luz para Sancho, para el sentido 
común y para mí. 

Oigamos a Sancho: «Si me he puesto en cuen- 
tas dé tanto más cuanto acerca de mi salario, ha 
sido por complacer a mi mujer, la cual^ cuando 
toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo 
que tanto apriete los aros de una cuba como ella 
aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efec- 
to, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mu- 
j^^f y pues yo soy hombre dondequiera, que no 
lo puedo negar, también lo quiero ser en mi casa, 
pese a quien pesare, y así no hay más que hacer 
sino que vuesa merced ordene su testamento con 
su codicilo...» Total: que a Sancho le había apre- 
tado su mujer para que trajese dinero a casa o 
algo que lo valiese, como salario de sus correrías 
escuderiles, cosa bien puesta en razón, y tanto, 

56 



LA MUJER MODERNA 

que Sancho quedó persuadido de que la tenía su 
mujer, la cual se mostró, al darle este consejo, 
mujer práctica y casera y tiró de las riendas a su 
marido para que no afanase y corretease de balde 
j sin su porqué. 

Mucho habría que alabar aquí a las mujeres 
por su talento práctico, que completa y redondea 
el teórico de los hombres, para venir a parar a 
que la mujer hace mucha falta en los consejos de 
la familia y de la sociedad, además de tener tanto 
derecho como d hombre para participar de ellos. 
Porque si en el hombre aventaja el discurso y la 
cabeza, aventaja en la mujer el corazón y los sen- 
timientos, y el humano ser no es cabeza tan sólo^ 
sino más todavía: corazón. He advertido cien ve- 
ces que en casos apurados en que a fuerza de de- 
vanarse los sesos el hombre se hallaba cada vez 
más enredado y perplejo, la mujer dio de repente 
el corte más discreto con una cixrazonada y con la 
mayor sencillez del mundo. La inteligencia sola 
no sirve a veces más que para embarullar las co- 
sas más llanas de la vida, y en ellas el tino instin- 
tivo de la mujer es maravilloso. 

Pero lo que más es de advertir en las palabras 
de Sanci|io, que quiere ser un hombre y no tener 
cuenta con su mujer, al mismo tiempo que toma 
su discreto y práctico aviso, es la frase aquella 
que encierra todo el- feminismo, con sonar a pe- 
rogrullada de patán: 

«El hombre ha de ser hombre, y la mujer, 
mujer.» 

57 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

«A los hombres les toca trabajar, y a las muje- 
res llorar», dicen que decían las antiguas purita- 
nas de América. Y Cavia afiade: «La señorita 
Rankín ha querido hacer entrambas cosas, y pre- 
ciso es reconocer que le ha salido mal la prueba. 
Peor le ha salido al feminismo su estreno parla- 
mentario en Yanquilandia. No ha podido resistir 
la prueba de la primera «hombrada» que le depa- 
raban los acontecimientos». 

Ahí esta el error: en creer que se trataba de 
una «hombrada». La Rankin ha hecho una «hem- 
brada», no una «hombrada»; y eso pide de la mu- 
jer el feminismo, para que las determinaciones 
sociales no sean sólo para los hombres, sino tam- 
bién para las mujeres; que sólo así serán determi- 
naciones «humanas». El feminismo que se propon- 
ga el que las mujeres se porten como hombres, no 
lleva camino, está en un error, quiere mudar la 
naturaleza de la mujer, cosa imposible y necia de 
pretender, o que la falsifique haciendo papel de 
hombre. Hombres nos sobran; lo que hace falta 
son mujeres en todos los cargos que el varón, in- 
justa y dañinamente, acaparó. Ese feminismo no 
es feminismo, sino marimachismo, cosa fea, mons- 
truosa y que de nada sirve. 

La mujer ha de ser mujer, y la señorita Ran- 
kin,, al hacer esa «hembrada» y no una monstruo- 
sa «hombrada» o «marimachada», ha hecho lo que 
dettía y lo que el buen feminismo pretende. La^ 
prueba de Yanquilandia ha residtado muy buena 
y en favor del feminismo, y no en su contra, como 

58 



LA MUJER MODERNA 



da a entender Cavia, que esta vez no está con 
Sancho ni con el sentido común. No se mostró 
más mujer que diputada, más femenil que femi- 
nista, «sino que se mostró verdadera «diputada» 
y no «diputado», como la condesa de Pardo Bazán 
es verdadera «catedrática» por obra y gracia de 
Burell, y no es «catedrático», como ella se llama. 
Y si fuera «catedrático» y no catedrática, en el 
hecho, quiero decir que si en su cátedra y libros 
hiciera de hombre y se olvidara de que es mujer, 
peor para ella, pues como a marimacho y a mons- 
truo híbrido y feo, se le reirían las gentes y no la 
tendrían por discreta, y 9atural, y excelente es- 
critora y doctora. 



II 



Quedamos en mi última, mi querido Gregorio, 
en que miss Rankin ^o se mostró en la Cámara 
«más mujer que diputada, más femenil que femi- 
nista», como cree Cavia. Por mostrarse mujer y 
femenfl, mostróse buena diputada y excelente fe- 
minista. Creo que el eje de la cuestión del femi- 
nismo está en deshacer esta equivocación. La mu- 
jer, al obtener todos Iqs derechos del hombre, no 
ha de mostrarse hombre, sino mujer: io que es. 
Este feminismo es el que yo aplaudo, no el otro, 

59 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

que califico de «marimachismo», payasada digna 
de rísa, y que ni en broma ha de proponerse como 
problema, si la mujer es digna de todo respeto. 
Eso sólo cabe entre los que la consideran como un 
muñeco para divertir al feo y, en este caso, as. 
queroso y acanallado sexo. Por ahí las veréis a 
las cuitadas, hechas muñecos por los modistos, 
siendo el hazmerreír de las gentes. Se empeñaron 
ellos o algunos de ellos en que han de vestir el 
pantalón como los hombres, y tras el fracaso no 
dan su brazo a torcer; hacia la falda pantalón, o 
«braguisaya», que yo llamé, tienden todas las mo- 
das tiempo ha. T eso antifeminismo es, pues tira 
a hacer de la mujer un marimacho en vestir, un 
muñeco para entretener a los hombres acana- 
llados. 

La mujer es más digna de respeto que el va- 
rón, cabalmente por ser más débil; tiene los mis- 
mos derechos que el hombre por su naturaleza 
humana. • 

Con esto he respondido a su primera pregunta, 
que dice: ¿Cree usted que en ^realidad» existe 
oposición esencial entre ^Jeminidad» y m/eminis- 
nio»y entendiendo porjeminismo la igualdad de 
la mujer y el hombre en derechos y deberes civi- 
les y políticos, y, por lo tanto, lajacultad de in- 
tervenir efectiva y directamente en la vida de la 
nación? 

No; no hay la menor oposición entre la «femi- 
nidad» o naturaleza mujeril y la igualdad de dere- 
chos respetables del hombre, porque entrambos 

60 



LA MUJER MODERNA. 

son seres humanos, y si en cuanto humano tuvo 
siempre el hombre esos derechos, £por qué no los 
ha de tener la mujer? Pero ha de ser con condi- 
ción de que la mujer siga siendo mujer, pues sólo 
asi es ser humano y digna de respeto, y tan seño- 
ra de su libre albedrío como el hombre. Cuando a 
hombre se meta, sólo será un payaso digno de 
risa, un muñeco con que se entretengan algunos 
hombres casquivanos y sin entrañas, un ente hí- 
brido y monstruoso merecedor de todo desprecio. 
«Feminismo» dice derechos de la «mujer», no de 
ese monstruo, muñeco y payaso, de ese ser híbri- 
brido, machihembruno. 

Las lágrimas de miss Rankin expresan la parte 
más admirable del Mensaje de Wilson, ese hondo 
sentir de los norteamericanos y del mundo ente- 
ro, esa noble manifestación de que se declara la 
guerra con el mayor pesar, con lágrimas del co- 
razón. Si bien se portaren, pues, los diputados al 
votar la guerra como varones, muy bien se portó 
la diputada, como mujer, regando ese voto bélico 
con sus lágrimas. Las lágrimas de miss Rankin 
son lágrimas de todos los norteamericanos, de los 
hombres todos del mundo, que lloran el triste sino 
de tener que irse a matar unos a otros, cuando 
sólo debieran irse a abrazar como hermanos e hi- 
jos de mujer. Dejad que llore miss Rankin, y ve- 
nerad su llanto, que también lloró María al pie de 
la Cruz, y no por eso iba contra la decisión de su 
Hijo de morir por todos. 

¿No piensa usted que, puesto que la mujer está 

61 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

sujeta a la ley con tan estricta sujeción como el 
hombre, debe contribuir con él a formarla? 

Las leyes sociales las dan los mismos que for- 
man la sociedad, acomodando al vivir en común 
las leyes naturales que su conciencia de seres ra- 
cionales les dicta. 

Ahora bien; ese imperativo categórico por el 
cual el hombre se dicta la ley a sí mismo en el foro 
de su conciencia, no es privilegio del varón, sino 
del ser humano; por consiguiente, no lo es menos 
de la mujer. Es, pues, una injusticia el juntarse 
solos hombres para legislar sobre hombres y mu- 
jeres, robando a éstas el privilegio que la Natura- 
leza les da lo mismo que a ellos. Además, que los 
varones podrán entender de lo varonil; de lo fe- 
menino hemos de suponer que mejor entienden las 
hembras. La ley, dada sólo por varones, es sólo 
media ley humana, puesto que falta la otra mi- 
tad, la que den las mujeres. 

¿No cree usted que la administración munici- 
pal es tarea esencialmente Jemenina? 

Yo entiendo que la ciudad o Municipio no es 
más que una casa grande, el conjunto de casas, y 
así la misma palabra «economía», que de suyo 
suena «gobierno de la casa», se aplica al gobierno 
del Municipio, que tal dice la «economía política», 
y al de toda la nación. «El gobierno casero» siem- 
pre se encomendó a las mujeres^ y, por consi- 
guiente, no creo, amigo Gregorio, que va usted 
descaminado al preguntar si el gobierno del Mu- 
nicipio no debía también encomendarse a ellas 

62 



LA MUJER MODERNA 

más bien que a los hombres. El hombre gana a la 
mujer, comúnmente hablando, en la fuerza abs- 
tractiva y razonadora de la inteligencia; pero gá* 
nale la mujer en la atención, cuidado y curiosidad 
con que trata y dispone las cosas particulares, las 
menudencias. Así, lo universal es del dominio del 
varón; lo particular, de la mujer. Préndese ella, 
según decimos, con cincuenta mil alfileres, mien- 
tras el hombre se atosiga con sólo prenderse un 
alfiler de corbata, y así acude a su esposa, las 
más veces, para que se lo prenda. No es el hom- 
bre para esas menudencias. Si él tuviera que co- 
rrer cqn la cuenta del panadero y carnicero, de la 
planchadora y lavandera, daríase a todos los dia- 
blos, y en casa andaría todo de manga por hom- 
bro. Pues bien; la administración municipal no es 
más que ese enredijo de cuentas con carniceros, 
panaderos, carboneros y demás sacadineros, en 
cuyas trabacuentas las Juntas de Subsistencias 
(«de abastos» se dice en castellano) se hacen un 
lío, acabando los más cumplidos varones, aunque 
sean unos Paraísos, por echarlo todo a rodar e 
irse, diciendo: |Ahí queda eso! 

Las mujeres, buenas mujeres de su casa, son las 
que a los sacadineros todos saben ponerles las pe- 
ras a cuarto. Muchos cargos municipales, en su- 
ma, pienso que los desempefiarían harto mejor las 
mujeres. Ellas tienen la casa hecha una tacita de 
plata y adornada con flores y cintas, y ellas ador- 
narían la ciudad con bonitos jardines y barrerían 
las calles, y las adoquinarían y las tendrían lim- 

63 



G. MARTINEZSIERRA 

pitas, mucho más limpitas que lo que están las de 
Madrid desde tiempo imnemoríal, esto es, desde 
que las cuidan, o mejor dicho, descuidan los hom- 
bres. No bastan para eso todos los gallegos del 
mundo. Una sola gallega haría más que todos 
ellos. Por buenos criados que haya en una casa, 
al punto se echa de ver la mano de la mujer o la 
falta de ella. 

Ello es tan sabido, que a muchos sólo les ocu- 
rrirá decir:— -Buenos oficios son esos para ellas; 
pero si se las ha de igualar a los hombres en de- 
rechos y deberes, no sé qué podrían hacer como 
soldados, o soldadas, en la guerra, y si no iban, 
adiós igualdad de deberes y derechos. En esto de 
la soldadesca, y en otras muchas cosas que pare- 
cen propias de solos hombres, Sancho dio cumpli- 
da solución al decir que el^hombre ha de ser hom- 
bre, y la mujer, mujer. En el campamento y en la 
ciudad, en paz y tn guerra, hay menesteres feme- 
ninos, como los hay masculinos. La igualdad no 
está en que todos sirvan para todo: esa es des- 
igualdad, como es injusticia la justicia no distri- 
butiva. A un letrado, corto de vista y flaco de es- 
tómago, no le darán en el campamento los mis- 
mos destinos que a un mozo de buena pupila y 
capaz de digerir piedras. ¿No hay cocinas, lava- 
deros, hospitales y demás, en el campamento, 
donde las mujeres se pintan solas y los hombres 
lo hacen peor que medianamente? Pues tome el 
otro mozangón el chopo y deje a Marta con sus 
pollos. 

64 



LA MUJER MODE R N A 



Acat)o hoy con este episodio, ya que seria alar- 
garme demasiado tocando a las últimas pregun- 
tas que quedan por contestar, para las cuales ma- 
ñana será otro día. 



III 



Siempre he creído, mi querido amigo Gregorio, 
que la inteligencia, por sí sola, no hace más que 
disparates, y así casi casi me acuesto al parecer 
de nuestro común amigo Schopenhauer, el cual es 
de parecer que la inteligencia es el mayor enemi- 
go del hombre, y como la flor y nata que la volun- 
tad del Universo ha brotado en su» cogoUito para 
ser verdugo de ella y causa del fenecimiento trá- 
gico del cosmos. El cual pagará así la pena de su 
soberbia, por haber engendrado una cosa tan su- 
blime como la inteligencia humana, cumpliéndose 
de esta suerte los famosos versos de Calderón, 
que el mismo Schopenhauer tomó como divisa de 
su filosofía: 

«Pues el delito mayor del hombre es haber nacido.» 

Sí; la inteligencia, por sí sola, no da más que 
especulación abstracta y teórica, faltando para el 
completo sentido común y discreto consejo en el 
vivir lo otro: la práctica, el sentido práctico. 

Lo bueno es que, si el abstracto teorizar de la 

65 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



inteligencia es gloria del varón, el sentido prácti- 
co lo es de la mujer. Juntas teoría y práctica, es- 
peculación y manejo, inteligencia e instinto, ha- 
cen una mezcla tan completa y excelente, como 
el mejor de los casorios. Ya lo dijo Dios en «El 
Génesis»: «No está bien el hombre solo; hagámos- 
le una compañera que sea igual a él.» Aquí tene- 
mos el feminismo proclamado desde el mismo Pa- 
raíso, con toda la igualdad de naturaleza, y, por 
consiguiente, de derechos y deberes, y también 
como una necesidad del vivir en familia y en so- 
ciedad para el hombre. 

«No está bien el hombre solo.» No está bien 
que los diputados norteamericanos declaren a sus 
solas la guerra; hace falta que alguna diputada 
muestre con la silenciosa elocuencia de las lágri- 
mas que la nación va a la guerra bien a su pesar. 
Esa declaración de la Cámara es cumplida, por- 
que está formada de todos los miembros que de- 
ben componerla, de varones y hembras. Si el 
primer Estado europeo que declaró la guerra pre- 
sente hubiera hablado por boca de mujeres junta- 
mente, y no tan sólo por boca de hombres, acaso 
la guerra no se hubiera declarado, o hubiera sido 
mejor razonada, más humana. 

¿No cree usted que la intervención de la mujer 
en los negocios del Estado pondría en su fun- 
cionamiento un elemento de moralidad y un 
sentido práctico y constructivo de que en la ac- 
tualidad carece? 

Bien ve usted que es así. Miss Rankin en la 

66 



LA MUJER MODERNA 

declaración norteamericana y la falta de otra míss 
Rankin en el primer Estado que declaró la guerra 
europea, séase el que se fuere, han contestado a 
su pregunta. El sentido práctico es más de la mu- 
jer que del hombre, y es indispensable para que 
las especulaciones teóricas de los hombres formen 
una liga duradera que haga fraguar sólidamente 
las instituciones sociales. 

Yo le recomiendo la lectura de tm libro de don 
Ramón Campos, titulado «De la desigualdad per- 
sonal en la sociedad civil», impreso en l^arís, 1823, 
postumo, por Rodríguez Buron, en el cuai su 
autor lleva en todo la contra a Rousseau, mos- 
trando la real desigualdad personal, particular- 
mente la de la ínujer y el hombre, y cómo se com- 
plementan entrambos, formando el verdadera- 
mente perfecto ser humano social. La mujer tiene 
una moralidad harto diferente de la del hombre, y 
con ella ha de tener cuenta la ley para que sea 
humana y no sólo hombruna. 

Su última pregunta perdóneme que la califique 
de «morrocotuda». Es tan dificultosa, espinosa y 
prolija de contestar, que casi será mejor dejarla 
para que la contesten varones más entendidos que 
yo, que demasiado he sacado los pies de las alfor- 
jas y metídome en esta camisa de once varas que 
usted ha tenido la mala ocurrencia de mandarme. 

Ya que el triunfo del feminismo en Europa — 
se quiera o no se quiera — es inevitable^ ¿cuáles 
piensa usted que sean en España los mejores 
medios de capacitar y preparar a la mujer es- 

67 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

pañola para la nueva tarea que bien pronto 
le ha de incumbir por ley ineludible del pro- 
greso? 

A esta pregunta, que digo y repito es tan mo- 
rrocotuda e indigesta, quiero decir de tan dificul- 
tosa digestión como los pimientos morrones, yo 
no sé más que taftajear en lugar de responder, 
abrir la boca y quedarme hecho un páparo. Y, sin 
embargo, a cualquiera se le ocurre por primera 
respuesta qué se eduque a la mujer para mujer, y 
no para niña perpetua, como en Espafia se la edu- 
ca. El caso es que también a los niños casi no se 
les educa más que para niños perpetuos, y no para 
hombres. Y luego nos asombramos de que una 
nación de niños y niñas no sea nación formal d:e 
hombres y mujeres, cuando lo asombroso es que 
todavía viva tal nacioncita de niños y niñas en 
esta Europa de naciones que la rodean, hechas de 
muy varones y muy hembras, con su salsa de pi- 
Uastrones y marienredos. 

Hombres fracasados, que hasta estudiantinos 
en risible motín echaron de los ministerios, vuel- 
ven tan orondos a gobernar a... niños. Políticos 
que se llaman liberales y se erigen en dictadores, 
legislando contra la ley y sin que las Cortes, a las 
que sólo legislar incumbe, abran la boca. ¿A qué 
quiere usted que comience el inacabable rosario 
de nuestras chiquilladas políticas, que comienza 
por el primer grano de la injusticia y compadraz- 
go y acaba en él último del compadrazgo y de la 
injusticia? Ahora bien: «La Justicia levanta a las 

68 



LA MUJER líODERNA 

naciones, y desgraciados hace a los pueblos el pe- 
cado, la injusticia» . 

Ñiflas para juguete de sus mamaitas, de sus no- 
ritos, de sus mariditos, para perpetuo juguete de 
todos, son las mujeres tal como las familias las 
crían, los hombres las tratan y las leyes las consi- 
deran. No hay mujeres en Espafla: el feminismo 
está de más, o será feminismo de colegio el nues- 
tro, como de colegio son nuestros políticos, perpe- 
tuos bedeles de incultura gruesa, de modales por- 
teriles, de decretos y reales órdenes a palo limpio, 
hasta sin preámbulo, como de galoneados, pero 
avillanados ordenanzas. 

Hay que educar mujeres y... hombres; pero 
esto es dificilillo, porque había que comenzar edu- 
cando a los bedeles hasta que tuvieran alguna 
traza de gobernantes, respetadores de la ética so- 
cial, del concepto de la ley, del principio de la jus- 
ticia. 

Dirá usted que esto no es contestar a la pre- 
gunta; pero yo no sé más; soy tan niño ignorante 
como los demás españoles, y harto habré hecho 
con entender que todo el meollo del feminismo 
está encerrado en las palabras de Sancho, con 
que comencé y acabo: 

«El hombre ha de ser hombre, y la mujer, 
mujer.» 

Sólo sí sé que mis intenciones son generosas, 
grandes mis aspiraciones y mucha la admiración 
y el cariño que hacia usted siento. 



COMO MUJER LA ENVIARON Y PARA QUE 

COMO MUJER HABLASE 

CAJETA ABIERTA A D. JULIO CRJADOR 

MI querido amigo: No es posible que deje yo 
pasar sin comentarios las tres admirables 
cartas con que ha respondido usted a mis pregun- 
tas sobre feminismo: porque en lo que usted dice 
en ellas está, a mi parecer, el fundamento de toda 
sana y recta doótrina feminista. Tiene usted 
razón: «El hombre debe ser hombre, y la mu- 
jer, mujer >, y eso es lo que yo vengo predican- 
do a las mujeres— aunque muóhas y muchos fin- 
jan creer lo contrario— desde que ando metido 
«n estas andanzas de adoctrinar a las españolas, 
para hacerles comprender que, precisamente «co- 
mo mujeres», tienen grandes deberes que cumplir 
con la Patria, y que, para cumplirlos libre y efi- 
cazmente, necesitan gozar, como los hombres, 
todos sus derechos de ser humano. 

71 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



Además de las respuestas solicitadas por mí 
especialmente, recibo a diario cartas más o me- 
nos anónimas, quiero decir que unas vienen sin 
firma y otras firmadas con caprichosos anagra- 
mas; las mujeres no suelen atreverse en esta 
tierra a confiar papeles firmados con su nombre 
a un caballero, lo cual prueba el menguado con- 
cepto que de nosotros tienen, y tal vez explica el 
horror que a algunas, en exceso timoratas, les 
causa la probabilidad de que el feminismo, si 
triunfa, les haga parecerse en algo a nosotros, 
los picaros hombres. Digo que recibo a diario 
bastantes opiniones femeninas en pro y eñ contra 
de esta campaña, y es el caso que ni las partida- 
rias ni las adversarias parecen acabar de com- 
pn-ender estas verdades sencillas que hoy subra- 
yo, para ver si quedan establecidas con mayor 
claridad: 

cEl feminismo no pretende hacer hombres de 
las mujeres. Pretende, eñ primer t^mino, educar 
lo más completamente posible a la mujer, para 
que alcance el pleno desarrollo^ la perfección de 
su naturaleza femenina. Quiere, después, liber- 
tarla de la tiranía con que la ley la sujeta al hom- 
bre, porque mientras, legalmente, siga siendo 
considerada y tratada como esclava y menor, no 
podrá ejercer influencia ninguna eficaz sobre el 
destino de la Humanidad; y es preciso que lo 
ejerza, porque la Humanidad está compuesta de 
hombres y mujeres — en mayor número de muje- 
res que de hombres — , más los niños, y es absur- 

72 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

do qne xin criterio absolutamente masculino rija 
la vida de una comunidad en que la minoría son 
los hombres precisamente. 

•Para asegurar ese criterio femenino, especial* 
mente femenino, esencialmente femenino, preci- 
samente archifemenino, es para lo que el feminis- 
mo reclama el voto de la mujer, la elegibilidad de 
la mujer para los cargos públicos, la intervención 
directa de la mujer eu el arreglo mimicipal y en 
la gobernación del Estado.» 

¿Está claro? Tiene usted razón, amigo Cejador; 
nos sobran hombres. Es preciso que el corazón 
de la mujer y su sentido práctico pongan una cen- 
tella de piedad y una chispa de sentido común en 
esta despiadada civilización masculina, que ha 
llevado al mundo a la locura trágica de la guerra 
actual. Aun cuando sólo se tratase de esto, aun 
cuando el feminismo no tuviese en su programa 
otro bien que el universal deseo femenino de 
acabar con la guerra, estaría justificada la inter- 
vención de las mujeres en el gobierno de los Es- 
tados. Ellas levantan, al pedir sus derechos, la 
blanca bandera de la paz universal. ¡Démosles 
ocasión a que puedan imponer su voluntad pacífi- 
ca! Y la impondrán, si pueden: no es un sueño: 
ahí está precisamente el caso de miss Rankin, la 
primera diputada yanqui, que usted toma, con 
magistral acierto, como base de su argumenta- 
ción, y que Mariano de Cavia ha juzgado con tan 
parcial criterio antifeminista. La señorita Ran- 
kin, primera representación del pueblo en el Par- 

73 



LA MUJER MODERNA 

lamento de Norteamérica, llegada la hora de en- 
viar a su pueblo a la guerra, en medio de una 
Cámara arrebatada por el tormentoso entusiasmo 
de un concepto patriótico masculino y, por lo 
tanto, agresivo, empujada por los viejos sofismas, 
qué un hombre no puede aún desamparar sin des- 
honor, ha tenido el valor de afirmar su criterio de 
mujer y de levantar la bandera feminista, y ha 
dicho, con las lágrimas en los ojos: «¡No voto la 
guerra, no puedo votarla, porque soy mujer! » 

Confieso que esta gran victoria feminista me 
ha llenado de júbilo, y confieso quQ esperaba con 
temor la decisión de esta mujer, primera en >su 
tierra. Con temor, porque bien hubiera podido 
suceder que la primera diputada careciese en la 
hora crítica de la fortaleza de ánityo bastante 
para substraerse a la tentación de hacer una 
«hombrada», de quedar como un hombre. Ha he- 
cho una «hembrada» — dice usted con justeza, 
amigo Cejador— , ha hecho una «hembrada», y 
con ella ha logrado afirmar y cuajar en realidad 
tma de las más nobles aspiraciones de su causa. 
/Si las mujeres tuviesen igua^ldad de votos 
con los hombres en un Parlamento, ese Parla- 
mento no seria capas de mandar su país a la 
guerra! 

Esto nos vienen prometiendo las mujeres como 
parte del programa de su candidatura, y en la 
primera ocasión, arrostrando la impopularidad 
y hasta el ridículo, demuestran que eátán vallen-^ 
temente Hecididas a cumplir lo que prometieron. 

74 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

I - ■ ■ I 1 -- - -Tr-ii 

¿Qué candidato triunfante, en nuestra tierra puede 
vanagloriarse de otro tanto? 

Criterio femenino en el pensamiento director de 
la vida humana. Limpieza de mujer en el arreglo 
material de los bienes comimes. Mano de mujer 
para llevar el hUo que marque la salida del labe- 
rinto. Corazón de mujer que ahorre carne y sangre, 
destruyendo la guerra y combatiendo el vicio. Eso 
es lo que, ^a la hora actual, falta en el gobierno 
del mundo . Y el exigir— no el otorgar— a las mu- 
jeres que den su parte de femenino -esfuerzo es 
todo lo que el feminismo pretende conseguir. 

Algunas remilgadas me aseguran que temen 
manchar su. femenil pureza interviniendo, en 
comunidad con los hombres, en los negocios de 
Estado... Es extraño, verdaderamente, que asus- 
te a las «señoras» votar a medias con los hom- 
bres, y que no alarme sus pudores bailar con ellos 
el tango T) el/ojcíroí. . 

• El flirt y señoras mías, que me escriben ustedes 
tan alarmadas, desmoraliza bastante más que re- 
cogerse im poquito la falda y entrar en un mer- 
cado o en un hospital o en una inclusa para velar 
por la buena administración de los fondos provin- 
ciales o municipales. Ustedes, las recatadísimas, 
que se asustan de echar una papeleta en la urna 
electoral, no se creen rebajadas en su exquisitez 
femenil por poner un billete de Banco en los «ca- 
ballitos» de un casino elegante, y papel por papel 
y mesa por mesa, decidan ustedes cuáles ofenden 
más a la tan decantada delicadeza femenina... 



VI 



OPINIÓN DE UN GRAN NOVELISTA QUE ES AL 
MISMO TIEMPO FERVIENTE CATÓUCO 



SEÑORAS mias: Lean ustedes atenta y agradeci- 
damente los elocuentes párrafos que siguen: 
están escritos en defensa de ustedes por uno de 
sus autores favoritos: el novelista ilustre, el casti- 
zo estilista, español en el alma y en la lengua 
como muy pocos: el insigne autor de Casta de 
hidalgos; Ricardo León, en una palabra. 

La respuesta del que tan decidido paladín se 
muestra de la causa de la mujer española, es la 
primera que ha llegado a mis manos, y lo tengo 
por buen agüero, porque además de ser en abso- 
luto favorable a mi intención, funda sus opiniones 
sobre el cimiento esencial de la justicia absoluta, 
sin tener en cuenta circunstancias accidentales de 
ninguna clase. La mujer — dice — es igual en de- 
rechos y en deberes al hombre, porque es, como 
él, hechura de Dios y está redimida por la sangre 

77 



LA MUJER MODERNA 

de Cristo. Hablando con ustedes, en otras ocasio- 
nes» les he dicho: El problema esencial está fun- 
dado en esto: ¿Es la mujer un ser humano, tan ser 
humano como el hombre? Esta es la raíz de la 
cuestión y la única base en que puede asentarse 
firmemente el derecho. Y el derecho es lo esen- 
cial. Pueden caber en la aplicación modificacio- 
nes, retrasos, restricciones impuestas por necesi- 
dades, incapacidades o imposibilidades de momen- 
to; pero lo único realmente importante es que el 
derecho exista y se reconozca, porque, un poco 
más tarde o un poco más temprano, lo que es «en 
esencia» no tiene más remedio que manifestarse 
«en accidente». 

Dice así D. Ricardo León en recuesta a nues- 
tro cuestionario: 

«Soy feminista^ amigo mío; radicalmente femi- 
nista. Y lo soy por ser caballero, por ser español, 
y sobre todo, por ser cristiano. En el Cristianis- 
mo están las raices del feminismo, como lo están 
de toda liberación. La ley cristiana es ley que no 
admite componendas ni subterfugios: se dio para 
arrancar de cuajo toda suerte de esclavitudes, y 
muy singularmente, la esclavitud de la mujer. No 
es condición del Cristianismo redimir a siedias, 
pues hasta la última gota de su sangre derramó 
Cristo por los hombres... y por las mujeres. El 
alma ante Dios no tiene sexo, e igual corona ciñen 
Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús. Y si en lo 
fundamental, en los derechos divinos, en la salva- 
ra 



I 
LA MUJER KÍODERNA 

■ I mi - ■ - • 

ción del alma, todos somos iguales, ¿por qué no 
hemos de serlo-en las leyes y negocios humanos? 
Tan radical soy en este punto^ que casi estoy por 
afirmar, y no sería paradoja, que más derechos le 
corresponden a la mujer que al varón, por lo mis- 
mo que ella tiene mayores y más delicadas obli- 
gaciones. 

Pero, contrayéndome a las preguntas que usted 
me hace, respondo: La mujer ha de ser igual al 
hombre en la vida política y civil (¿por qué un 
jayán ha de tener más derechos que una mujer de 
superior espíritu?); que ha de intervenir con harta 
más rectitud y seriedad que nosotros en todas las 
ítmciones de la ciudadanía, quieran o no los paca- 
tos de la derecha y de la izquierda, de los cuales 
son los últimos los más feroces esclavistas. Preci- 
samente en contra de lo que muchos creen, los 
vencedores, probablemente los únicos de la gue- 
rra universal, van a ser el feminismo y el socia- 
lismo. (No el socialismo de por acá, gracias a 
Dios.) ^ 

Y ese feminismo, esa igualdad política y civil, 
que es de derecho natural, de justicia social y de 
conciencia' religiosa, no ha de oponerse de ínodo 
alguno a la virtud, a los encantos y dulzuras de 
la más exquisita feminidad. La mayor injuria que 
se puede inferir a la mujer es imaginar lo contra- 
rio: que ha de dejar de ser mujer en cuanto deje 
de ser sierva. ¿Es que la libertad afemina a los 
hombres? Más viril es el hombre cuanto más li- 
bre. La mujer redimida será, ¿quién lo duda?, más 

79 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

mujer. El tipo de marimacho sólo se concibe allí 
donde las mujeres tienen que dejar de serlo para 
lograr un poco de independencia. La libertad no 
sofoca, antes bien, estimula y realza las virtudes 
naturales. 

Todas las razones del aütifeminismo son de una 
simplicidad y de una cursilería estupendas . La 
debilidad del sexo, el buen orden del hogar, la 
crianza de los hijos, la misión sagrada de la mu- 
jer, cuando no el grosero recurso de la calceta y 
el fogón; he aquí los argumentos habituales. 

{Débil la muier! Claro que en fuerza agresiva 
no suele igualar al hombre (aunque hogaño, lo 
mismo que antaño, las hay que son Cides); pero 
en cambio, le excede en fuerza de resistencia, en 
energía moral, en perseverancia, en sufrimiento 
para el dolor... ¡El hogar! ¡Buenos están la mayor 
parte de los hogares! Esto lo saben los confeso- 
res... jLa crianza de los niños! ¿Cuántas son las 
que crían a sus hijos y no los dan, desde el punto 
de nacer, a manos mercenarias? ¡La misión de la 
mujer 1 Pero ¿es que no tiene otra misión que la 
doméstica y familiar? Así lo creían, sin duda, los 
que llamaban a la santa de Ávila fémifia inquie • 
ta y andariega, ¿No tiene la mujer obligaciones 
morales* deberes de la inteligencia, imperativos 
del espíritu, altas funciones que cumplir en la hu- 
manidad y en la Patria? ^lay tiempo para todo, 
'Como dice el Eclesiastés^ y hasta las cosas más 
vulgares y pequeñas hace mejor quien está hecho 
a las altafe y superiores. 

80 



LA MUJER MODERNA 

En ñn: ¿cómo en la tierra del Tanto monta^ en 
la patria de las santas, de las reinas, de las Te- 
resas e IsabeleSi de las Marías y las Blancas; aquí, 
donde las hembras, con aceros y bríos invenci- 
bles, acertaron siempre a enmendar yerros y fla- 
quezas de varones, podría ser novedad el femi- 
nismo? 

Capacitada está la mujer española, siglos ha, 
para el ejercicio de todos sus derechos y deberes. 
No hay sino otorgárselos, y nunca mejor que 
ahora, ya que España no quiso nunca, mientras 
fué grande, aguardar que otros le diesen leccio- 
nes de libertad...» 



Vean ustedes, señoras mías: el ilustre académi- 
co, no sólo reconoce a ustedes todos sus dí«cuti- 
dos derechos, sino que cree que están ustedes ya 
capacitadas para cumplir todos los deberes que los 
tales derechos imponen. Sobre esto último habría 
un poquillo que discutir. Claro es que hay hom- 
bres ignorantes como la más ignorante mujer, 
que no solo votan, sino ejercen autoridad dentro 
del Municipio y del Estado; pero el. ideal del fe- 
minismo es traer a la gobernación del país un ele- 
mento nuevo, selecto, consciente, del cual pueda 
exigirse mucho y esperar más. Hagan ustedes 
examen de conciencia, y, después, el propósito 
firme de aprender todo lo que no saben, y de ad- 
quirir pronta y sólidamente las virtudes cívicas que 
puedan faltarles para responder leal y satisfacto- 

81 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

riamente a la confianza entusiasta que demues- 
tran tener en ustedes hombres de tan alta menta- 
lidad, voluntad tan recta y corazón tan noble 
como el autor de ^ amor de los amores. 



VII 



HÁGASE LO JUSTO, PORQUE ES JUSTO. SIJES O 
NO ES CONVENIENTE, SE VERÁ DESPUÉS 



HABLA hoy en nuestro pleito, señoras mías, la 
condesa de Pardo Bazán. Testigo es de ma- 
yor excepción la muy ilustre dama, porque es mu- 
jer, porque siéndolo ha alcanzado en su labor un 
grado de eminencia que le peAnite mirar de igual 
a igual a todos los hombres sus contemporáneos, 
que, al mismo tiempo que ella, han trabajado en su 
mismo oficio. Porque, con su trabajo, ha logrado 
abundante fruto de honra, de caudal, de persona- 
lidad independiente, y porque, con todo esto, 
como ella misma dice, ha sido madre y ha criado a 
sus hijos, dando así un soberano mentís a cuantos 
ridiculamente ponen el espantajo de la maternidad 
como justificación de la esclavitud femenina. 

Dice así la insigne autora de La madre Natu- 
raleza: 

83 ^ 



LA MUJERMODERNA 

«Ante todo, perdóneme el retraso en contestar 
a su interrogatorio sobre la cuestión feminista . 

Otros lo han hecho ya con extraordinario em- 
puje, demostrando ser cierto que cuanto se inten- 
te aquí en favor de nuestro sexo ha de ser princi- 
palmente iniciativa y obra del otro, resaltando 
una vez más la verdad histórica de que a los es- 
clavos siempre los redimen los libres. 

Contestar^ a su interrogotorio, ajm cuando mi 
respuesta pudiera adivinarse, por lo que frecuen- 
temente he propalado, por escrito y de palabra i 
oportuna e inoportunamente, según el consejo del 
Apóstol. 

Me pregunta usted si creo que existe oposición 
entre feminidad y feminismo, Y respondo: ¿Qué 
es feminidad? ¿Se entiende por feminidad el con- 
junto de funciones relacionadas con la reproduc- 
ción de la especie? ¿Merecen respuesta siquiera los 
que fingen — les concedo el honor de que es fic- 
ción y no otra cosa que no nombraré — creer que 
si llega un día en el cual sean otorgados a la mu- 
jer los mismos derechos políticos, civiles, etc. que 
al hombre, ese conjunto de funciones sufrirá una 
crisis y hasta cesará en su ejercicio? 

Hay que desdeñar semejantes objeciones, si 
son sinceras, por la mentalidad que descubren, y 
si falsas, por la insidia. Argumentar suponiendo 
la supresión de ninguna de las grandes funciones 
fisiológicas es de una miseria tal, que aflige el áni- 
mo pensando que aún hay espíritus sencillos que 
se alarman y ven un mundo que se extingue por 

84 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



falta de mamas y de niños. ¡No tengan miedo! 
Tan necesario es para la humanidad reproducirse 
como respirar y nutrirse, con la diferencia de qwt 
parte de la humanidad femenina, de tiempo atrás, 
evita las funciones reproductoras y sus conse- 
cuencias, unas veces de buen grado, y general- 
mente de mal talante. El instinto natural vigila. 

Así, tratándose de: la mujer, no pocas, y más 
cada día, no por feminismo, sino por circunstan- 
cias económicas o de otra naturaleza social, ni se 
casan, ni son madres. Y, en cambio, bastantes 
que se han dedicado al estudio, al arte, a la cien- 
cia, cumplieron los deberes de la maternidad, sin 
hallar la más mínima oposición entre sus diversas 
aptitudes. Bien pudiera citarme a mi misma como 
ejemplo, pues he criado a mis hijos, y ni un mo- 
mento se enzarzaron en pelea mi feminismo y mi 
feminidad. 

Sólo con risa y pulla se pueden rebatir esas 
afirmaciones de que la mujer, al igualarse en de- 
recho al varón, dejará de ser mujer o lo será me- 
nos. ¿Menos, en qué? ¿Menos, cómo? Se me agol- 
pan las preguntas sardónicas, y no quisiera echar 
a broma algo tan serio y grave: el mejoramiento 
de la condición de la mujer, cosa que interesa vi- 
talmente a mucho más de la mitad del género hu- 
mano. Aquí no hay conflicto de aspiraciones de 
clases, de obreros ni de patronos; aquí no hay lu- 
cha de raza ni de pueblos. Esta reforma incruen- 
ta afecta igualmente a todas las hembras, en to- 
dos los clinías y latitudes. Las naciones más ade- 

85 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

lantadas tienen que preparar el terreno para que 
la acepten las que se hayan rezagado en el cami- 
no. Para que en Marruecos no unzan el arado a 
la mujer, es preciso que en Europa se la lleve al 
Parlamento. ^ 

Sí por feminidad sé entiende no tan absurda 
hipótesis como la de que un sexo desaparezca, 
sino la ya más admisible de que el modo de ser de 
ese sexo, en conjunto, sé modifique, tal conjetura 
no tiene nada de alarmante. Poco se perdería con 
que la mujer no viviese tan esclava del moño y 
del trapo, y con que pusiese un dique prudente a 
la frivolidad y al derroche. Si la feminidad es esto, 
ignoro por qué interesaría la conservación de la 
feminidad. Más vale votar concejales y senadores 
que encargar diez y siete vestidos y doce sombre- 
ros por estación. Reconozco, al mismo tiempo, 
que este aspecto de la feminidad es restringido. 
En las clases populares y en la mesocracia, en las 
densas capas sociales, ese género de feminidad no 
hace estragos, o los hace en escasa importancia. 
Esa feminidad del coqueteo, el adorno, el vértigo 
de diversiones, nace de la ociosidad, como dijo ya 
Cervantes por boca de Don Quijote. Y por exten- 
sos derechos que sé le concedan, la mujer no re- 
nunciará a querer agradar. 

Los adversarios del feminismo han visto sin 
protestar a la mujer en la mina de carbón, como 
la ven descargando fardos en los muelles. Esto no 
les alarma. Verla en los comicios es lo que sub- 
vierte el orden social. Mucho se habla de demo 

86 



LA MUJER MODERNA 

■ lili » ' ■ . 

cracia, mucho de igualdad, mucho de justicia. No 
creáis a nadie que tales palabras pronuncie si es 
partidario de la esclavitud femenina. En este sig- 
no conoceréis a los efectivos demócratas y tam- 
bién a los cristianos sin hipocresía, a los que no 
gastan las anchas filacterias del fariseo. Y este 
aspecto de la respuesta de Ricardo León no es el 
menos digno de alabanza, en documento tan ejem- 
plar. 

¿Quién duda que la mujer debe tomar parte en 
la formación de las leyes qae ha de acatar y cum- 
plir? Tampoco se comprende cómo ha sido nece- 
sario que el mundo entero,, el masculino, se arro- 
jase a destrozarse entre sí para que semejante 
cuestión se plantease. Esto ha tenido de bueno la 
guerra, que se ha podido calcular matemática- 
mente la capacidad de la mujer para lo antes ex- 
clifeivizado por el hombre. La demostración ha 
sido concluyente. Dedúzcanse de ella consecuen- 
cias. Yo espero que se deducirán hasta en Fran- 
cia, donde Á feminismo había adelantado muy 
poco, y me refiero a Francia, porque de ella sue- 
len venir a España las corrientes. 

Se ha visto que la mujer está perfectamente en 
sazón para que puedan otorgársele derechos. Su 
conciencia se ha afirmado en la ruda tarea que la 
guerra le hizo desempeñar cumplidamente. 

No quisiera extenderme demasiado (es el peli- 
gro de hablar de lo que interesa); pero no dejaré 
sin respuesta concisa dos preguntas. No pretendo 
que la Administración municipal sea exclusiva- 

87 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

mente íemenina. Mi tendencia, en este particular 
y en todos, ha sido no separar lo que conviene que 
esté unido; y nada he creído tan contraproducen- 
te como las publicaciones, empresas, estableci' 
mientos, centros y círculos unisexuales. Además, 
si a la mujer se le concede la Administración mu- 
nicipal con exclusiva, es de temer que, por cien 
años, sigan cerrándosele las puertas del Senado y 
del Congreso. El ideal es suprimir estas distincio- 
nes, y no prejuzgar aptitudes que el tiempo y la 
experiencia se encargarán de aquilatar. ¿Sirve o 
no la mujer para esto o aquello? Quítesele la traba 
que la tenía sujeta y se verá. Yo no afirmo que 
sirva. Afirmo que sería inicuo que sirviese y no se 
le permitiese probarlo. 

Tampoco me anticipo a decir que la interven- 
ción de la mujer en los negocios del Estado ponga 
en su funcionamiento elementos de moralidad. Ni 
atribuyo excesiva importancia al resultado prác- 
tico y' utilitario de una justa concesión. Hay que 
proceder según es debido, sin pueril temor ni ilu- 
sión férvida. No son perfectos los elementos mas- 
culinos que rigen, gobiernan y manejan todo. La 
mujer realmente es más moral que el hombre, 
pues da a la criminalidad y a la delincuencia, a la 
embriaguez y al vicio, menor contingente. Este 
es punto delicado y afecta a la sociología, ence- 
rrando uno de los aspectos más dignos de consi- 
deración en la tradicional esclavitud del sexo. 

«Animo, pues; que los gobernantes y legislado- 
res no vean cocos y endriagos donde no hay sino 

88 



LA MUJER MODERNA 



la más sencilla de las reparaciones, el reconoci. 
miento de una verdad enterrada, ultrajada, pero 
esplendorosa: que no hay mujeres ni hombres ante 
la ley, sino Humanidad tan solo.» 

Invito a ustedes a considerar muy especialmen- 
te uno de los argumentos de esta brillantísima de- 
fensa feminista. Dice: No atribuyo excesiva im- 
portancia al resultado práctico y utilitario de 
una justa concesión. Hay que proceder según es 
debido. . . Y tiene razón: precisamente el mal más 
grave de que ahora sufre el mundo es el de un 
excesivo utilitarismo. Hasta el entusiasmo con que 
se defienden las causas más nobles parece aver- 
gonzarse de sí mismo y se disfraza y envuelve en 
cobardes velos de «utilidad». Ciencia, arte, reli- 
gión, política, todas las actividades humanas se 
esfuerzan por demostrar que son útiles, y hacia la 
utilidad encaminan casi exclusivamente su esfuer- 
zo; y esto, que inmediatamente puede ser prove- 
choso, honda y esencialmente es desmoralizante 
y corruptor. Ya Paul Bert, el ilustre fisiólogo 
francés, muerto en 1886, se dolía en el prólogo de 
uno de sus libros elementales de ciencia de la ten- 
dencia bajamente utilitaria que se advierte en las 
escuelas modernas, en las cuales se intenta el es- 
tudio de la Naturaleza mirando únicamente a su 
aplicación práctica. Los defensores del feminismo 
estamos expuestos a caer en este lamentable 
error; para que no se tachen de suefio vano nues- 
tras aspiraciones, nos inclinamos a exaltar, en 

89 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

primer término, la utilidad que al mundo reporta- 
ría la reivindicacián que deseamos. Y acaso hace- 
mos mal. Una valiente mujer española nos da una 
alta lección moral. La justicia hay que defenderla 
por la justicia. Hágase lo que es justo, porque se 
deber hacer. Y esa es la suprema razón. 



VIH 

EL PELIGRO DE. LA INCULTURA Y DE LA 
VOLUNTAD INEDUCADA 



9 

SEÑORAS mías: Mediten ustedes valerosamente 
sobre la opinión que hoy se les ofrece. Habla el 
cultísimo escritor Sr, Gómez de Baquero, a quien 
algunas de ustedes acaso conozcan más por su bri- 
llantemente acreditado seudónimo de Andrenio. 
La característica de toda la labor literaria y crítica 
de este pensador es la serena imparcialidad. Bien 
pocas veces se apasiona con entusiasmos inclina- 
dos a parcialidades, y el más culto sentido común 
parece ser la norma de sus especulaciones. Fiel 
a su ngble modalidad de espíritu, hoy mira cara a 
'cara la cuestión que traemos entre manos, y tie- 
ne el valor— -siendo partidario, por justicia, de la 
causa feminista— de decirles a ustedes una amar- 
ga verdad. «Sí, seftoras mías— les dice—: tienen 
ustedes derecho por ley de naturaleza, que es tan- 
to como por ley de Dios, a ayudarnos en igualdad 

91 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

perfecta, a dictar, aplicar y hacer cumplir las le- 
yes...; pero si ahora mismo pusiéramos en manos 
de ustedes el arma del sufragio, tal vez fuese po- 
ner una espada en manos de un niño, porque son 
ustedes un poco demasiado ignorantes, y porque 
no saben ustedes tener voluntad». 

El Sr . Gómez de Baquefo teme— tal vez no sin 
razón — que el voto, que debieran ustedes emplear 
libremente, le vendieran ustedes, ya que no por 
dinero, por imposiciones de amor o de flaqueza, al 
hombre ante quien están ustedes acostumbradas 
a doblegar la voluntad: al marido, al hijo, al 
amante, al confesor. Y que así, el muchas veces 
injusto criterio masculino, en vez de encontrar sa- 
ludable oposición y razonable contrapeso en la 
opinión femenina, lograse, por el contrario, armas 
dobladas, en la ayuda que ustedes pudieran darle. 
Este es el peligro de la flaqueza y de la falta de 
educación. El que no sabe no puede querer, por- 
que el arma primera de la voluntad es el conoci- 
miento. La objeción es fundada, y el golpe, certe- 
ro. Lean ustedes, y mientras leen, vayan hacien- 
do examen de conciencia. 

El Sr. Gómez de Baquero dice así: 

«Primero. Creo que no hay oposición esencial 
entre feminidad y feminismo, ni siquiera acciden- 
tal, a menos que el feminismo se convierta en una 
ocupación absorbente. No hay razón alguna para 
que la mujer emancipada pierda el encanto y el 
carácter del sexo. 

92 



LA MUJER MODERNA 

Segundo. El que la mujer esté sujeta a la ley 
como el hombre, no es razón suficiente para que 
participe en la elaboración de la ley. Hay clases 
de personas sujetas a la ley que no la forman, 
cpmo los menores y los que están privados tempo- 
ralmente del ejercicio del sufragio: mendigos, 
condenados, etc . La elaboración de la ley no es 
cuestión de reciprocidad de derechos y deberes, 
sino de capacidad, como que se trata de una fun- 
ción pública. Pero como yo creo en la capacidad 
de la mujer, entiendo que puede tomar parte en 
la función legislativa. Ahora bien; hay que distin- 
guir entre la capacidad substancial o potencial, y 
la capacidad histórica presente. En España creo 
que la mujer no tiene, en general, capacidad polí- 
tica actual, y que necesita una iniciación educa- 
tiva en las funciones de la ciudadanía. Otorgar el 
voto a la mujer, sin restricciones y sin prepara- 
ción, sería tai:\|o como dar votos múltiples a los 
hombres y a las corporaciones, que, verosímil- 
mente, seguramente manejarían el sufragio fe- 
menino, el cual no sería más que apariencia, una 
ficción electoral más. Por algo, con certero ins- 
tinto político, es partidaiio el Sr. Vázquez de Me- 
lla del sufragio de la mujer en España. Entre 
nosotros, el primer paso de la emancipación debe 
darse en el Código civil, reformando el régimen de 
bienes en el matrimonio y suprimiendo la potes- 
tad marital, que hace de la mujer casada una me- 
nor, una mujer capitis diminuida de peor condi- 
ción que la soltera y que la viuda Tocante al su- 

93 



LA MUJER MODERNA 

Cuarto. No sé si la mujer aportaría al gobier- 
no del Estado elementos de moralidad y de senti- 
do práctico y constructivo superiores a los que 
aporta el hombre. Creo que serían, más bien que 
superiores, complementarios. Me fundo en las ex- 
periencias de las colonias inglesas oceánicas y de 
los Estados americanos, donde está ya en vigor 
la ciudadanía activa femenina. En España tene- 
mos otro género de experiencia: la de la mujer en 
la enseñanza, y no es superior al hombre, ni ape- 
nas distinta su acción; maestros y maestras se 
parecen extraordinariamente. Desde liiego hay 
que considerar que estas experiencias s«n todavía 
muy recientes y no tienen nada de decisivas. 

Quinto. El triunfo del feminismo en gran par- 
te de Europa y su generalización en los Estados 
Unidos de América y en las nuevas Repúblicas 
coloniales inglesas me parece seguro, como a us- 
ted, y creo que, por imitación, se extenderá a paí- 
ses menos preparados que los de raza sajona y es- 
candinava. A España también, donde tenemos la 
peligrosa costumbre de copiar sin discernimiento 
y sin pasar de la cascara de las cosas. El camino 
que debe seguirse, ya lo he indicado antes inci- 
dentalmente: emancipación en el derecho civil; 
iniciación prudente y progresiva en el sufragio y 
demás funciones de la ciudadanía, y, sobre todo, 
difusión de cultura moderna, sin la cual la mujer 
podrá hacer figura aparente de ciudadano, pera 
no será más que una ficha de combinaciones 
ajenas.» 

95 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

Difusión de cultura, ya lo oyen ustedes: saber 
para querer, querer para poder. Y siempre veni- 
mos a parar a lo mismo: estudiar, aprender, edu- 
cai^e. Claro es que a esta acusación de ignoran- 
cia que les hacemos a ustedes los hombres pueden 
ustedes replicar, preguntando: «¿Es que, por ven- 
tura, son pozos de ciencia los varones españoles 
que nos gobiernan y administran?» No, señoras 
mías; por desgracia, no lo son. La verdadera tra- 
gedia de España es la incultura, la ignorancia 
crasa de la mayor parte de los españoles; pero, 
por eso mismo, cuando ustedes vengan a formar 
parte de la soberanía nacional, es preciso que lle- 
guen, como Minerva, armadas de punta en blan- 
co, sabias y fuertes. Porque, para aumentar el 
número de los diputados incapaces de distinguir 
moralmente entre un si y un no, o el de los conce- 
jales rendidos al imperio de Su Majestad el Taber- 
nero, no valdría la pena de romper lanzas en fa- 
vor de la causa femenina. 



IX 



LA INMORALIDAD DE LA INFLOENaA OCULTA 



PNDRÁ la intervención directa de la mujer an 
elemento de moralidad en el funcionamiento 
político 7 administrativo? 

El ilustre autor dramático Sr. Linares Rivas, 
tan aplaudido por todas ustedes, dice resuelta- 
mente que no, señoras mías. Y se funda para afir- 
marlo en que «la inmensa mayoría de las inmora- 
lidades administrativas se cometen precisamente 
por las mujeres». 

El cargo es duro; pero, desdichadamente, es 
merecido. Y entre los que van respondiendo a 
nuestro cuestionario no es el autor de Fantasmas 
el único que alude al efecto desmoralizante de la 
oculta influencia femenina. De un modo o de otro, 
esta afirmación irá apareciendo en estas páginas, 
sobre todo cuando dan su opinión hombres que 
desempeñan papel activo en la política o en la Ad- 
ministración. La influencia oculta es desmorali- 

97 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

zante, perniciosa, inmoral. Y no puede ser de 
otro modo, señoras mías. La mujer, alejada siste- 
máticamente de la vida pública, no tiene ni la 
más ligera idea de moral colectiva. Para ella el 
patriotismo es un vago concepto, que se encierra 
en la emoción sensual que despierta el paso de los 
regimientos al son de marciales músicas excitan- 
tes. Ni siquiera sospecha, en general, que la Pa- 
tria es una construcción que hay que cimentar 
sólidamente, un huerto que hay que cultivar, un 
ser vivo a quien hay que atender, criar, educar, 
fortalecer, lanzar al mundo para que en el mun- 
do cumpla una misión providencial. Nadie le ha 
hablado de esto, y, por lo tanto, las virtudes 
cívicas no están en sü código, ni siquiera tienen 
lugar en su conciencia. Si oye hablar de mujeres 
patriotas, es posible que piense en Agustina de 
Aragón disparando contra los franceses; pero 
nunca se le ocurrirá figurarse como espejo de pa- 
triotismo a una buena mujer, sana y fuerte, madre 
de ocho hijos, que ha criado y educado a los ocho, 
o a una maestra de escuela, o a una mujer traba- 
jadora e inteligente que instale un colmenar, o 
plante un jardín, o se ocupe en la cría de gusanos 
de seda, o establezca un taller de encajes, o ad- 
ministre una cantina escolar, o guíe una colonia 
de vacaciones. La mujer española considera que 
la moralidad es asunto meramente individual, fa- 
miliar cuando más, y que las relaciones públicas, 
los grandes intereses colectivos no están sujetos 
a la sanción divina. Echará de su casa, con horror, 

98 



LA MUJER MODERNA 

a una sirvienta que le haya robado cinco duros; 
pero le parecerá naturalisimo, si su marido es 
concejal, pedirle una plaza de barrendero fingido 
para favorecer a un pariente irremisiblemente 
vago. Si acaso el marido es gobernador — recuér- 
dese el amirable Pedro Sunches de Pereda — no se 
alarmará su conciencia por la tributación clandes- 
tina de casas de juego, prostíbulos y comisiones 
turbias. Si es ministro, le importunará con reco- 
mendaciones para que decida en los más graves 
asuntos en contra de su fe política, de su convic- 
ción, de la conveniencia del país entero. Y todo 
esto con mimos, caricias, lágrimas, enojos, toda 
la escala de armas bajas y viles, con tenacidad de 
niña mimada, con impertinencias de favorita. 

Todo eso es cierto, desgraciadamente. Ciertí- 
simo que los hombres ceden rabiando, pero al 
cabo ceden, a la influencia inmoral de la hembra; 
pero la inmoralidad de esta influencia oculta tiene, 
a mi parecer, como único remedio el que la influen- 
cia femenil deje de ser oculta e indirecta y se 
convierta, de consejo ignorante, en acción cons- 
ciente. Cuando las mujeres tengan que intervenir 
en los asuntos públicos, no tendrán más remedio 
que darse cuenta de lo que significa la vida públi- 
ca y aprenderán las leyes morales que deben re- 
girla. Y es seguro, al menos a mi me lo parece, que 
su sentido moral traspasará los límites del hogar, 
en que, por desconocimiento de campo más am- 
plio, está hoy encerrado, y se extenderá a activi- 
dades más amplias. Además, cuando es preciso 

99 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

dar la cara, la vergüenza de la nuda ocasión es 
todopoderosa. A cara descubierta pocas mujeres 
se atreverán a delinquir. 

Para salvaguardia de su honradez pública 
habrá dos garantías: primera, el temor feme- 
nino al qiíé dirán; segunda, el sentido práctico, 
femenino también. Las mujeres, mucho mem)S 
idealistas que los hombres, no se dejarán des- 
lumhrar como ellos por espejismos apasionan- 
tes, y, por lo tanto, ocasionados a lamentables 
caídas. Muy pronto se darán cuenta cabal de que la 
vida— hasta la vida de los políticos— es mucho más 
fácil y más abundante en un país próspero que en 
un país caído y atrasado, y un país próspero es, 
sencillamente, un país con buena administración. 
Esta verdad, ^^e los políticos hombres, especial- 
mente en España, no han alcanzado a comprender 
aún, la descubrirán ellas a los dos días de estar 
con las manos en la masa, y hasta aquellas— tal 
vez no faltarán, porque de humanos es delinquir — 
que hubieran de sentirse inclinadas a la irregular 
ridad administraiiva^ comprenderán que en país 
de miseria es muy difícil irregulariear amplia- 
mente. Y se darán prisa a crear, fomentar y ad- 
ministrar con honradez fuentes de 'riqueza nacio- 
nal, que con el mero provecho lícito les den más 
de si que los abismos de pobreza y hambre mal 
administrados. 

Dice el Sr. Linares Rivas: 

«Primero. Creo que, en la realidad, apenas 

100 



LA MUJER M O D E.JR N A 



* - 



si existe nn 10 por 100 de oposición ▼er4a4eFa;'- 
las otras noventa partes son ratinaríás,«^débid&S; ' 
sobre todo, a que el examen de la cuestión no se 
quiere hacer seriamente. Voto, pues, por igualdad 
en el disfrute de los derechos civiles y políticos. 

Segundo. No creo que la mujer se halle sujeta 
a las leyes del mismo modo que el hombre; pero 
si creo que le afectan directa o indirectamente 
tanto como a nosotros, y por ello que deben inter- 
venir en la función legisladora. 

Tercero. No creo que la tarea municipal sea 
esencialmente femenina, y si abogamos por la 
igualdad, parece incongruencia el abogar por la 
excepción o por el exclusivismo de ninguno de los 
dos sexos en esta materia. 

Cuarto. No creo que la intervención de la 
mujer en los negocios del Estado aporte elemento 
de moralidad, ya que la inmensa mayoria de las 
inmoralidades administrativas se cometen preci- 
samente por las mujeres...; en mi opinión, habrá 
la misma moralidad o la misma inmoralidad que 
hoy... Pero si estoy conforme en que las mujeres 
traerán sentido práctico a la gobernación del Es- 
tado en mayor suma que los hombres; y^ 

Quinto. El mejor medio preparativo es indu- 
dablemente el estudio, lo que podríamos Ua- 
mar la carrera política y social; pero a condición 
de especializarla; es decir^ de prepararlas para un 
ramo determinado de la Administración, dejando 
el estudio general para cuando el tiempo, relati- 
vamente corto, crease un par de generaciones 

101 



\ « 



G. »M.AR:TINEZ SIERRA 



»>_ > i p 



M » 



. • «ptas-para esa iunción que hoy, por ley de heren- 
cia:, I^si-^strü^r, extraña y anormal.» 

No lo olviden ustedes, señoras mías; hay que 
influir en los destinos del mundo; pero hay que in- 
fluir a cara descubierta, porque de la obscuridad 
no puede salir más que inmoralidad; por algo se 
le llama al diablo el rey, de las tinieblas. 



LO ÚNICO QUE PEDIMOS 

DE MARÍA DE MAEZTU 



SOY íeminista; me avergonzaría de no serlo, por- 
que creo que toda mujer que piensa debe sen- 
tir el deseo de colaborar, como persona, en la 
obra total de la cultura humana. Y esto es lo que 
para mi significa, en primer término, el feminis- 
mo: es, por un lado, el derecho que la mujer tie- 
ne a la demanda de trabajo cultural, y, por otro, 
el deber en que la sociedad se halla de otorgár- 
selo. En efecto: cultura es, en realidad, trabajo, 
operación; es pensar nuevas soluciones científi- 
cas, cumplir nuevos actos morales, crear nuevos 
sentimientos estéticos; es dinamismo y no un 
conjunto de cosas estáticas. Si, pues, cultura 
es trabajo, la mujer tiene deredio a partici- 
par en d trabajo, esto es, en la cultura. Ne- 
garlo sería inmoral, sería tratarla como a cosa, 

103 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

■■ II ■■ ■ 1—^— I 1»»^.— — ^— ■— —1^»^ 

como a ser extrahumano, indigno ñe trabajar. 
Se dirá que a la mujer no se le ha negado nun - 
ca el derecho al trabajo, que más bien que dere- 
cho es tm deber. Cierto; las mujeres realizan ta- 
reas penosas en los muelles, en las minas, en las 
fábricas. Entonces, por ironía del destino, nadie 
discute su inferioridad física. Se le confia el go- 
bierno del hogar y la suprema jerarquía del Es- 
tado; está sometida, como el hombre, al Código 
penal, pero si pretende intervenir en la forma- 
ción de la ley, se le contesta con un gesto frivolo 
o se añade un comentario satírico a sus preten- 
siones. ¿Cuáles son éstas? No pueden ser más le- 
gítimas. La mujer quiere participar en la cultu- 
ra. Como ser humano, y por el derecho inexcusa- 
ble que le asiste como tal, pide una colaboración 
en toda clase de trabajo. Cuando los azares de 
la vida, las condiciones económicas o los vicios 
actuales de la sociedad le privan de la suprema 
función que le asigna la Naturaleza, la de criar y 
educar a sus hijos, la mujer no se resigna a labo- 
rar tan sólo en los bajos men esteres del taller o 
de la fábrica o en las faenas del campo, sino que 
quiere cooperar taníbién en los grados superiores 
de la cultjora humana: arte, ciencia, moral, polí- 
tica. Quiere toínar parte activa en el proceso de 
la civilización, en la marcha de la humanidad. 
Quiere contribuir a lá reforma de I9S leyes, a la 
constitución de los pueblos. Siente, tal vez más 
hondamente que el hombre, el drama dd sufri- 
miento humano en los niños pobres, en las muje- 

104 



LA MUJER MODERNA 

: ... r , p 

res abandonadas...; y como no se resigna a con- 
templarlo impávida desde el rincón florido de su 
corazón, quiere orientar la opinión pública j con- 
tribuir con el hombre a la mejora de la vida hu- 
mana desde la Cátedra universitaria, desde el 
Foro, desde el Pariamento. 

EstOy y no más, representa ese movimiento 
feminista, cuyo triunfo, se quiera o no se quie- 
ra, es inevit2di>le. Las mujeres que en él participan 
no pueden significar un empeño vano e incons- 
ciente, porque les guia un sentimiento moral, un 
anhelo de reforma, un ansia infinita de liberación 
humana. 

No se han detenido a pensar si el cerebro de la 
mujer pesa más o menos que el del hombre, sino 
que 'aceptan sus fuerzas, pocas o muchas, para 
ponerlas en la obra comiln de la defensa humana, 
y luchan por ella con la pasión ardiente de muje- 
res enamoradas. 

Planteado así el problema, no creo que pueda 
haber oposición entre feminidad y feminismo. 
¿Por qué? El hecho de que la mujer colabore en 
la formación de las leyes, que piense y razone, 
que sea más moral, más humana, en suma, ¿por 
qué va )Ei restar encantos a su atractivo femenino 
Suponerlo sería hacer gran deshonor a los hom- 
bres. Es verdad que todavía hace unos años ha- 
bía en España el ptejuicio de que la ignorancia 
era, como la belleza o la fortuna, una probabili- 
dad más para el matrimonio. Recuerdo que cuan- 
do yo empecé a trabajar, muchos padres, celosos 

105 



<J. MARTÍNEZ SIERRA 



de SUS deberes, se negaban a que sus hijas siguie- 
ran una carrera cien tinca o literaria » por temor 
a perjudicarlas. Hoy ya no se registra ni un solo 
caso. Los hombres que piensan prefieren una mu- 
jer consciente que se entregue por libre elección 
de su voluntad propia. Y los otros, los que no 
piensan, aunque sean legión, no tienen por qué 
preocupamos: su opinión no pesa en los destinos 
del mundo. 

Justo es proclamar muy alto io que ya repetidas 
veces se ha dicho: los mayores enemigos del fe- 
minismo no son los hombres, sino las mujeres: 
unas por temor, otras por egoísmo. Las prime- 
ras, al oir hablar de emancipación, de indepen- 
dencia económica, no ven tras de esos tópicos su- 
gestivos mas que la pei'spectiva triste de ganarse 
la vida trabajando a jornal en las industrias, vic. 
timas de una explotación miserable. Esta inde. 
pendencia es para ellas, con razón, la peor 
de las esclavitudes. Puestas a elegir entre la 
sumisión al patrono o al marido, todas las 
mujeres prefieren la última. Contra lo que afir- 
maba Stuart Mili, la sumisión de la mujer 
al hombre por medio del matrimonio es, en 
esas circui;istancias , la única liberación po- 
sible. 

Las segundas no quieren oir hablar de emanci- 
pación económica, porque lo único que desean es 
enco;itrar un marido en ventajosas condiciones, 
cosa que se hace más difícil si las mujeres deman- 
dan un puesto en la economía social. Para unas y 

106 



LA MUJER MODERNA 

otras el feminismo no es mía idea liberadora, sino 
una promesa de esclavitud. 

Por eso la primera tarea a realizar es la de 
preparar a nuestras mujeres, y claro está que yo 
confío, como único y exclusivo medio, en la edu- 
cación, que al salvar las substancias ideales que 
lleva dentro, ignoradas por ella misma, le dará 
fuerza para descubrir nuevos mundos, no sospe- 
chados hasta ahora. 

No me atrevo a contestar afirmativamente a su 
pregunta de si la intervención de la mujer en los 
negocios del Estado pondría en su funcionamien- 
to un elemento de moralidad y un sentido prácti- 
co y constructivo de que en la actualidad carece. 
No lo sé; D. Armando Palacio Valdés ha dicho 
que la política debe ser negocio exclusivamente 
femenino; y cuando él lo dice... Sin embargo, yo 
no lo sé; hasta ahora hemos hecho tan poco, tan 
poco, que no podemos aventurar nada. Pero es 
ley de justicia que se nos deje ensayar. 

Es lo único que pedimos. 



XI 



OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES 



HABLA hoj, señoras mias, el elocaente diputado 
Sr. Alcalá: Zamora, hombre de brillante ca- 
rrera política, y su opinión es muy digna de te- 
nerse en cuenta. 

Pero no estriba precisamente en esto el valor 
de los párrafos con que el Sr. Alcalá Zamora res- 
ponde a nuestro cuestionario, ni tampoco en las 
curiosas y aun graciosas revdaciones que en ellos 
pueden atisbarse, leyendo entre lineas, sobre el 
funcionamiento de la máquina parlamentaria, por 
ejemplo, la «libertad relativa en que por excep- 
ción» se encuentran alguna vez los diputados para 
emitir su voto. 

El valor esencial para nuestra causa de las de- 
claraciones d€fl Sr. Alcalá 2^mora está en que no 
son exposición de tm criterio platónico, sino reía* 
to de un hecho concreto. No dice: «yo soy parti- 
dario de que las mujeres intervengan en la admi- 

109 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

nistración municipal», sino: «yo he dado mi voto 
en el Congreso para sostener mi opinión práctica- 
miente». Y, señoras mías, obras son amores. 

Dice el Sr. Alcalá Zamora: 

«Sin entender yo que la administración muni- 
cipal sea tarea esencialmente femenina, he creído 
de siempre que la capacidad electoral de la mujer 
no contradice ningún principio fundamental y le- 
gítimo del derecho público, y que es ya llegado el 
momento de iniciar el ejercicio de tal facultad en 
las Corporaciones municipales españolas. 

En tal sentido, cuando en 1908 se planteó esta 
cuestión doctrinal, a la vez práctica, en el Parla- 
mento español, aproveché la libertad relativa en 
que, por excepción, se nos dejó a los diputados, y 
di mi voto favorable al de la mujer en elecciones 
municipales y con determinadas garantías de in- 
dependencia y cultura en las que hubiesen de 
ejercer tal derecho. 

Aun cuando supongo que conoce usted comple- 
tamente ese episodio parlamentario , llamo su 
atención sobre lo que yo recuerdo de memoria, 
pues no lo tengo a la vista. Creyendo no equivo- 
carme, le diré que fuimos 35 los diputados que vo- 
tamos en pro del derecho electoral de la mujer, y 
en los 35, si no me engaño, figuraban, entre los 
que ya faltan, los Sres. Mojret y Canalejas, y en- 
tre los que viven, los Sres. Villanueva, Alba, Al- 
varez, Vázquez de Mella, Azcárate, Piniés, Na- 
no 



LA MUJER MODERNA 

varro Reverter (Vicente), Gasset, Pedregal y al- 
gunos otros que siento no recordar. Mi voto se 
emancipó de la mayor influencia política a que es- 
taba sometido en intima relación, pues lo di inme- 
diatamente después que el señor conde de Roma- 
nones, quien casi interrumpió la votación con un 
no rotundo y enérgico, acompañado de expresivos 
comentarios, que regocijaron mucho a la Cámara, 
y al cabo de lo cual el si mío renovó la algazara. 

Quizá digan los demás radicales feministas que 
exigir a la mujer condiciones de independencia y 
cultura que no concurren en la mayoría de los 
electores masculinos, constituye injusticia; pero 
me permito observar que aun en los hombres n^ás 
incultos hay cierta preparación experimental e 
instintiva, menos frecuente en la mujer; que no 
cabe aplicar igual solución a las restricciones que 
a las ampliaciones de la legalidad que existen en 
materia de sufragio; que toda innovación justa y 
profunda exige, para su eñcacia, ser gradual; y 
que, dada la realidad de la vida española» el voto 
femenino sin garantías pudiera ofrecer peligros 
para la tendencia liberal que fuera precisamente 
el argumento explotado en la votación de 1908. 

En el orden civil, le diré, en resumen, para no 
alargar demasiado esta respuesta, que, a mi en- 
tender, cuando se haga la revisión del Código, 
debe ser el feminismo, en lo que tiene de razona- 
ble y justo, una de las tendencias doctrinales y 
hechos en la vida social que han de tenerse en 
cuenta. Desde luego, en cuanto el problema no se 

111 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

I " ■■ I I 1 1 ■■ I I ■ ■ I 1 1 . I 

complica con las relaciones conyugales, las pocas 
incapacidades de la mujer o desigualdades que en 
su contra existen, deben desaparecer. 

Nada justifica, por ejemplo, que se la incapacite 
para ser testigo en los testamentos, cuando la rea- 
lidad de la vida impone, hoy mismo, la excepción 
dentro de la ley, y para los casos en que precisa- 
mente el abuso puede ser mayor. Del propio modo 
admitido, ya que, en determinadas circuns^ncias, 
la mujer puede ser tutora, incluso de su marido 
incapacitado (no cuento las que lo son de hecho, 
salvando al marido incapaz), no tiene sentido que 
subsista la exclusión general para una misión en 
que cabe presten los ciudadanos femeninos servi. 
cios y utilidades de honradez insuperable en la 
educación de personas y administración de bienes. 
Dentro de la organización familiar, donde el pro- 
blema se complica extraordinariamente, la ten- 
dencia expresada deberá influir también, incluso 
venciendo el derecho extemo del Estado las difi- 
cultades que sean necesarias salvar para que re- 
flejen la realidad del derecho íntimo del hogar 
que establece la patria potestad conjunta, de la 
cual hay algunos precedentes en nuestra misma 
tradición legislativa. » 

Leídas las palabras del Sr. Alcalá Zamora, in- 
irito a ustedes a fijar la atención sobre un punto 
concreto: la intervención de la mujer en elfun» 
€Íonamiento de las Corporaciones municipales. 
Las Corporaciones municipales, seftoras mías, son 

112 



LA M U J E R MODERNA 

lo que ustedes están acostumbradas a llamar los 
A3runtamientos, y es preciso que tengan ustedes 
ep cuenta que, en todos los países, la intervención 
de la mujer en la vida públi^ ha empezado pre- 
cisamente por ahí. Y es natural, puesto que, entre 
las funciones que las Corporaciones municipales 
desempeñan, hay muchas que pueden llamarse de 
arreglo casero. Un pueblo, un Municipio, es una 
gran familia; para su vida próspera hay que aten- 
der a problemas de limpieza, de abastecimiento, 
de traída de aguas, de beneficencia, de cuidado 
de enfermos pobres, ancianos, niños desampara- 
dos, de educación, de expendición de bebidas al- 
cohólicas, de creación de parques y jardines, de 
suministro de leche en buenas condiciones, de 
protección a industrias locales— que muchas ve- 
ces son industrias exclusivamente femeninas—, 
etc., etc. Todo esto es trabajo tan propio de mu- 
jeres, que, como ustedes ven, sin esperar a que 
ustedes deseen intervenir en ello, hay represen- 
tantes en Cortes que votan reclamando que se les 
imponga a ustedes esa tarea. Y como ha de lle- 
gar el momento en que no puedan ustedes subs- 
traerse a ella, es preciso que se preparen ustedes 
desde ahora a poderla desempeñar. Empiecen us" 
tedes por formar Ligas de amas de casa, Asocia- 
ciones de consumidoras; preocúpense ustedes de 
producir algo ' las que viven ustedes en el campo 
tienen ustedes en sus manos el poder de aumentar 
considerablemente la riqueza de España—, consa- 
grándose a trabajos de agricultura especializada 

113 

8 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



—producción de frutas, verduras y legumbres — y 
a la cría de animales domésticos. Una vez que 
sean productoras conscientes, comprenderán us- 
tedes la necesidad de que el productor y el consu- 
midor estén en contacto directo, sin someterse a 
intermediarios explotadores, y formarán ustedes 
cooperativas de producción y de consumo; lleva- 
das por la sana corriente del trabajo, una vez que 
le hayan ustedes emprendido, querrán ustedes 
perfeccionarlo, y estudiarán ustedes inevitable- 
mente en los libros y en la realidad; querrán us- 
tedes conocer y aplicar los procedimientos que 
han empleado las mujeres de otros países, apren- 
derán ustedes las leyes que les favorecen y que 
les perjudican, tomarán ustedes un grandísimo y 
noble amor a la tierra, al pueblo, al Municipio en 
que viven, no como parásitos, sino como fuerzas 
vivas y elementos de progreso, y sin apenas dar- 
se cuenta de ello habrán ustedes adquirido cono- 
cimiento y voluntad que les capaciten para go- 
bernar, organizar, remediar... El tema es largo 
y hoy se acaba el papel. Otro día hablaremos más 
por extenso. ¡Oh, mujeres de España, si ustedes 
supieran lo rica en potencia y en posibilidades 
que es la tierra de nuestra Patria, y lo que uste- 
des podrían hacer de ella si, decidiéndose a rom- 
per la pereza de siglos, la tomasen ustedes en sus 
manos! 



XII 

FEMINIDAD Y FEMINISMO 

DE RAMIRO DE MAEZIL 



HACE más de dos meses que D. Gregorio Martí- 
nez Sierra tuvo la bondad de consultar mi 
opinión acerca de la intervención de la mujer espa- 
ñola en los negocios del Estado, sin que me haya 
sido posible en nueve semanas evacuar la consul- 
ta, y no por falta de tiempo, sino por falta de 
energía. Como los periódicos se llevan toda la que 
tengo, las cartas que recibo se quedan sin res- 
puesta, ymis amigos y corresponsales, desairados, 
se sentirán con justicia agraviados, a menos que 
pn espíritu de santa caridad les haga comprender 
que, si he de seguir escribiendo en los periódicos, 
no me es posible sostener correspondencia priva « 
da ni con mis relaciones ni con mis lectores. 

Y ello me duele, porque muchas veces esas car- 
tas que dejo sin respuesta me sugieren interesan- 
lis 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

— I - I I I - ' - iiiiwi j I— ^r TiTi«m TT-MTr^T-rTrr— m^M' 

tes temas. Así, en esta consulta del Sr. Martínez 
Sierra se toca un punto que realmente me fasci- 
na. «¿Cree usted que, en realidad, existe oposi- 
ción esencial entre feminidad y Jeminismo?» 
Del otro tema, el relativo a los derechos electo^ 
rales que puedan ser otorgados, en prudencia, a 
las mujeres españolas, poco puede decir un ausen- 
te, porque todo depende de la situación de he- 
cho de las mujeres españolas del día. 

Se me figura— y la idea no es nuev^ — - que las 
leyes positivas deben limitarse a constatar, a ase- 
gurar hechos sociales existentes ya. ¿Es que in- 
tervienen ya las mujeres españolas en la vida del 
Municipio o en la del Estado? Pues debe conce- 
dérseles el voto municipal o el voto nacional. Y nó 
se me conteste preguntándome si es posible que las 
nrojeres intervengan en la vida poUticá sin tener 
el voto, porque esto sería no querer entendemie. 
Yo he estado interviniendo toda mi vida en la po- 
lítica y no he ejercitado nunca d voto, ni creo 
haber figurado nunca en ningún censo electoral. 

Aun sin tener el voto, pueden las mujeres in- 
tervenir en la vida del Municipio, en la regional 
y en la del Estado. ¿Que ya son muchas las que 
intervienen en la cosa pública? Pues regularícese 
su posición por medio del voto, por lo cual pre- 
fiero entender la obligación de votar y no el de- 
recho facultativo de votar o no votar. Y si no in- 
tervienen, no hay problema. En punto a conve- 
niencia o inconveniencia de las leyes positivas, lo 
decisivo es el hecho social. 

116 



LA MUJER MODERNA 



¿Existe oposición esencial entre Jetninidad y 
feministnoP He aquí el problema. Se trata de 
una oposición innegable, esencial, universal, eter- 
na; pero también ha habido siempre en este mun* 
do feminidad y feminismo. 

Feminidad es la mujer como misterio. Misterio 
de la carne, o misterio del espíritu, o misterio de 
la síntesis de espíi"itu y de carne, según los casos. 
Dante escribe en las primeras páginas de la Vita 
Nuova la primera impresi<)n que le produjo Bea- 
triz: 

«Se me apareció vestida del color más esplén- 
dido, modesta y decente, ceñida de púrpura y 
adornada como convenía a su edad tierna. En 
aquel instante, lo digo con verdad^ el espíritu de 
mi vida, que mora en la cámara más secreta de 
mi corazón, se puso a temblar tan violetamente 
que se manifestó terrible hasta en las últimas 
arterias, y pronunció, tembloroso, estas pala- 
bras: Eece Deus fortior me veniens dominabu 
tur tnihi,» 

Sí, esto es la mujer como feminidad: una fuer- 
za más fuerte que nosotros. Lo primero que se le 
ocurre a Romeo al encontrar a Julieta es desear 
no seguir siendo el que era antes. Y ello no de- 
pende, sino accidentalmente, del odio que separa 
a la$ dos familias de Capuletos y Monteácos, sino 
que es esencial al amor este enajenamiento, que 
no es, como dice la palabra, sino el impetuoso e 
imposible anhelo de salir de uno mismo para en- 
trar y fundirse en la substancia de otro ser. 

117 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

Pero el enajenamiento del amor mo necesita ser 
suscitado en nosotros por la feminidad. La femi- 
nidad concreta, el sentirse enamorado de una 
mujer determinada o el deseo de enamorarse de 
una mujer determinada, no es sino la localización^ 
la individualización del amor. Lo que constituye el 
amor es el salirse de sí mismo, y ello es ley univer- 
sal de la Naturaleza. Todos los individuos, anima- 
dos o inanimados, se hallan condenados a fundirse 
los unos en los otros, y los que son en los que no 
son o no son totalmente . Los individuos animados 
tienen además el don de sentir este salirse de s£ 
mismos. Los seres )iumanos gozan también de la 
facultad de poder elegir el objeto de su amor. 

Eligen, esto es, aciertan o se engañan. Esta li- 
bertad de elección es su gloria y su cruz. Pueden 
poner su amor en la mesa ,del comedor o en la 
caja de caudales. Pueden amar el mando o el re- 
nombre. Pueden amar al prójimo o a la mujer. El 
primero y grande mandamiento les ordena amar 
a Dios sobre todas las cosas, pero les es dable 
desobedecerlo. 

En este sentido, la feminidad es un pecado gra- 
ve. Lo mismo la feminidad del hombre que pone 
en la mujer aquel amor supremo que debe reser- 
varse a Dios o a la substancia divina, el bien, la 
verdad o la belleza, que la feminidad de la mujer 
cuando desea suscitar en el hombre un amor que 
llegue a la locura. 

El «eterno femenino», lejos de ser, como Goe- 
the decía, el camino de las alturas, es siempre, 

118 



LA MUJER MODERNA 

siempre, una caída: es uno de los modos de la 
Caída de Adán. Hay caídas más bajas , convenido. 
Vale más enamorarse de una mi\jer que no del 
vino. Hay caídas más altas. El filántropo que pon e 
en el prójimo el amor que debe a Dios, cae más 
alto que el enamorado. Pero la feminidad es siem- 
pre una caída, una malversación. 

De aquí la superioridad del feminismo. El fe- 
minismo es la consideración de la mujer como 
compañera y no como misterio. «Dios creé a 
Eva, dice el Génesis, para que Adán encontrase 
en ella una «ayuda idónea». Y Milton ha dicho, 
en las líneas más hermosas que han salido jamás 
de mente humana, que cuando Adán y Eva fue- 
ron expulsados del Paraíso, 

«The world was all before them. Where to choose 
Their place oí rest, aad Providence to guide. 
They, hand in hand, with wondering step and slow 
Through Edén took their solitary way.» 

(El mundo entero se tendía ante ellos. Dónde elegir — 
Su lugar de descanso y la Providencia como guía. — Ellos, 
dándose la mano, con paso yacilante y despacio, — Por el 
Edén emprendieron su ruta solitaria.) 

Ante el misterio del mundo, Adán y Eva ca- 
minan con las manos enlazadas, y cuando se mi- 
ran en los ojos no veií en ellos más misterio que 
el reflejo del misterio del mundo. Náufragos so- 
bre ima misma tabla, Adán se siente ser como 
Eva, y Eva se siente ser como Adán. Esto es 
substancialmente el feminismo: la conciencia de 

119 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

la identidad del destino de Adán y Eva, en con- ' 
traste con la feminidad, que surge cuando, olvida* 
do el destino común, Eva se erige en destina 
para Adán, y Adán mira a Eva como a su desti- 
no, o viceversa. 

Y entonces es cuando Eva, en muchas ocasio- 
nes, se vuelve una carga para Adán, en vez de 
ser un alivio; \m estorbo, en vez de ser un bácu- 
lo. Entonces es cuando el uno y el otro se apar- 
tan de su destino, y en vez de coadyuvar al de la 
Humanidad, lo impiden y lo retrasan. 

Con ello queda dicho que feminidad y feminis- 
mo son incompatibles. La mujer puede ser nues- 
tra compañera o nuestro misterio; pero no puede 
ser al mismo tiempo nuestra compañera y nues- 
tro misterio. O la vemos como un camarada de 
penas y alegrías, o como un destino misterioso al 
que nos queremos someter o al que deseamos do- 
minar. 

Me figuro que esta conclusión no satisfará al se- 
ñor Martínez Sierra, porque serán muy contados 
los hombres modernos que je contentarán con 
ella. El hombre moderno desea enamorarse como 
un loco, y cuando llega a enamorarse como un 
loco, quisiera convertir al ser amaáo en compa- 
ñero suyo. El hombre moderno es como un niño 
que quiere la luna. Quiere el feminismo y la fe- 
minidad al mismo tiempo. Quiere la mujer que 
le ayude y comprenda, y la que le enloquezca y 
torture, o la que sea por él enloquecida y tortu- 
rada. Y eso es un absurdo, un imposible. Es como 

120 



LA MUJER MODERNA 

si pretendiese en una mujer, al mismo tiempo, la 
locura y la sensatez. 

Pero hay que elegir... ¿Llegaiá a comprender 
el hombre moderno la dolorosa necesidad de te- 
ner que elegir? 



XIII 



EL FEMINISMO ES LA UBERTAD DEL HOMBRE 



DE LUIS ARAQUIS2AIN 



HA tenido usted, mi querido amigo, la bondad 
de pedir mí opinión sobre unas cuantas cues- 
tiones genéricas de feminismo, que define usted 
como «la igualdad de la mujer y el hombre en de- 
rechos y deberes civiles y políticos, y, por lo tanto , 
la facultad de intervenir efectiva y directamente 
en la vida de la nación». Creo que el liberalismo no 
puede tener base duradera sino en la democracia, 
aunque algunas veces se dé sin ella por accidente 
histórico y aunque otras parezca decaer dentro de 
ella, y en consecuencia soy partidario de que to- 
dos sean iguales ante la ley y de que la ley sea 
igual para todos. Y eB la palabra todos, claro 
está, va incluida la mujer, que debe, por esta ra- 
zón, intervenir en todos los negocios del Estado y 
del Municipio. 

123 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

La cuestión de su superioridad o inferioridad 
sobre el hombre no afecta a este principio demo- 
crático, como no le afecta el hecho de que los 
hombres sean física, nioral e intelectualmente 
distintos entre sí. En realidad, la mujer no es su- 
perior ni inferior al hombre, sino fimdamental- 
mente distinta, y, por lo tanto, inconmensurable 
con él. Más bien se complementan en lo espiritual 
no menos que en lo fisiológico, y esta razón hace 
suponer que su ingerencia en los negocios públi- 
eos imprimiría a la política una plenitud y una 
delicadeza de que hoy carece. Hay problemas, 
como el matrimonio, la enseñanza y la guerra, 
entre otros, en que la voz de la mujer tendría 
tanta o más autoridad que la del hombre, y su in- 
fluencia sería en extremo provechosa, sobre todo 
en el último, en la guerra. En último término, las 
mujeres no lo harían peor que los hombres. 

En cuanto a su feminidad, el feminismo, la par- 
ticipación de la mujer en la cosa pública, la acre- 
centaría. Porque lo que hoy llamamos feminidad 
no es, generalmente, sino un complejo ardficio, 
una densa red psicológica, creada por seculares 
circunstancias sociales para apresar matrimonial- 
mepte al hombre. El Don Juan no es más que un 
mito forjado como reacción contra esa falsa y 
omnipotente feminidad; sólo existe Doña Juana . 
El feminismo, en cambio, dará a la mujer mayor 
independencia económica y social y la redimirá 
de esa suprema preocupación del matrimonio, que 
de ese modo pasará a ser una de tantas cosas en 

124 



LA MUJER MODERNA 

rf I lili II. .111 1 1 II 1 1 1 1 II I I III 

la vida, en vez de ser, como hoy, la fundamental 
7 casi la única. Entonces aparecerá la mujer en 
toda su simplicidad, en su verdadera naturaleza, 
y será, ciertamente, más femenina en lo último, 
aunque externamente se despoje de ese complica- 
do aparato de conquistar hombres que ha ido 
construyendo, durante los mejores años de su 
vida, en complicidad con una de las mayores pla- 
gas sociales: el modisto. La estúpida manía de la 
moda casi diaria, tan hábilmente aprovechada por 
irnos cuantos explotadores de la vanidad social^ y 
la preocupación del matrimonio, ahogan hoy en 
la mujer lo mejor y más femenino de ella. 

Y por lo que se refiere al instinto de materni- 
dad, no haya cuidado de que el feminismo lo ami- 
nore. El ejemplo de algunas estériles o desnatu- 
ralizadas, que figuran en la agitación feminista 
extranjera, hace creer que femínismp equivale a 
marimachismo. Pero esto es un error de genera- 
lización. También hay marimachos allí donde no 
existe el feminismo. La mujer es madre sobre 
todo y siempre, y la actividad política, al dotarla 
de upa mayor independencia económica, ha de 
robustecer ese instinto en lugar de debilitarlo. 
La maternidad tendrá entonces un sentido más 
amplio; en un régimen feminista, la mujer se 
sentirá dos veces madre: madre de hijos y de du- 
dadanos. 

Todo lo que antecede se refiere a la mujer, ge- 
néricamente. Pero si particularizamos la cuestión 
al caso de la mujer espaflola, el feminismo tiene 

125 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

para nosotros, los habitantes de esta ibérica por- 
ción del mundo, un valor especial y extraordina- 
rio. La mujer española vive actualmente dentro 
de un horizonte demasiado estrecho: el hogar y 
la iglesia. Y a su modo, hace constantemente po- 
lítica. En mi entender, una de las causas funda- 
mentales de la pobreza espiritual que caracteriza 
a nuestra vida pública, una de las razones de que 
el español ande en política con las alas cortadas » 
como pobre ave de corral incapacitada para todo 
alto vuelo, es la concepción puramente doméstica 
que tiene de la existencia de la mujer. La mujer 
española es la negación de la civilidad, de la exal- 
tación política, del romanticismo vital. Según su 
criterio, todo anhelo del hombre que no busque la 
consolidación y mejoramiento del hogar, es re- 
probable locura. Ante todo, hay que hacer «ca- 
rrera». De ese modo, las actividades más puras 
del espíritu y, por lo tanto, las menos remunera- 
tivas hallan en la mujer española, cuando se trata 
del esposo, del hermano o del hijo, una tenaz re- 
sistencia. El feminismo, al extender el espíritu 
social de la mujer sin despojarle por eso de su ca- 
rácter doméstico, contribuiría, en cambio, a fo- 
mentar en el hombre sus impulsos más nobles, sus 
inclinaciones más desinteresadas, y de esta suerte 
tendríamos mejores ciudadanos. Hoy apenas exis- 
ten más que padres e hijos de familia. Lo prueban 
esas dos plagas de nuestra vida pública que pade- 
cemos: el favoritismo y el nepotismo. 
Fuera del hogar, el foro político de la mujer es- 

126 



LA MUJER MODERNA 

pafiola es la iglesia. Privada de participar direc- 
tamente en la vida pública, busca en la religión 
positiva heredada la expresión de su personalidad 
social. Y la halla. No se confunda religiosidad con 
política eclesiástica. Todas las Iglesias son, en el 
fondo, política, actividad de gobierno. Hoy por 
hoy, el instrumento más fiel y eficaz de la Iglesia 
es la mujer, que lleva su política al hogar y, de 
rebote, por presión sobre el hombre, a la vida pú- 
blica. El feminismo, sin reducir por eso la religio- 
sidad de la mujer, ensancharía su radio político y 
la eximiría de la necesidad social de reíugiarse Qn 
la iglesia. Entonces sus relaciones con el eclesias- 
ticismo serían espontáneas y libérrimas, no, como 
ahora, impuestas fatalmente por un estado social 
que excluye a la mujer de la vida pública. Con 
ello saldrían ganando la mujer, la Iglesia misma 
y el hombre. 

Estas serían las influencias capitales del femi- 
nismo sobre la vida española, aparte las comunes 
a todos los pueblos. No se trata, pues, solamente 
de un derecho fundamental, sino también de un 
poderoso estímulo para nuestra vida civil. La 
mujer española, al extender su existencia más 
allá del hogar y de la iglesia, estaría en mejor si- 
tuación de engendrar y formar hijos— ciudadanos 
e hijos — santos. El gran problema de España no 
estriba tanto en fomentar la tierra como en mol- 
dear hombres de elevado espíritu. Y esta tarea 
depende en gran parte de la liberación de la mu- 
jer, carcelera de sus carceleros. El estado servil 

127 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

de la mujer española es demasiado tiránico para 
«1 hombre. Loado sea el feminismo si ha de aca- 
bar con él. En soma: el hombre será el más liber- 
tado por el feminismo. 



XIV 
UN político militante es partidario de 

QUE LA MUrjER INTERVENGA DIRECTAMENTE 
EN LA GOBERNAaÓN DEL ESTADO 



SEÑORAS mías: Decididamente, la causa femi- 
nista está de enhorabuena en España, y a 
medida que voy recibiendo respuestas me alegro 
más de haberme lanzado a pedir opiniones. La que 
hoy van ustedes a leer es del ilustre escritor, y 
no menos ilustre político, D. José Francos Rodrí- 
guez. Tiene por esto importancia doblada. No se 
trata ya de un soñador, de un espíritu a quien pue- 
da tacharse de estar, por el continuo y exclusivo 
trato con las musas, un tanto alejado de las reali- 
dades de la vida corriente. Cierto que el Sr. Fran- 
cos Rodríguez es un pensador y un idealista; cierto 
que ha venido al campo de la política desde el más 
noble campo del pensamiento; pero el trajín del 
trabajo diario le ha dado la experiencia necesaria 
para contrastar sus idealismos con la realidad, tro- 

129 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

candólos en posibilidades. Además, en cuestiones fe- 
ministas es el suyo voto de excepción, porque pre- 
cisamente en el cargo público que desempeña tie- 
ne a diario ocasión de apreciar el valor y la efi- 
ciencia del trabajo de la mujer española. Y no 
hay mejor manera de valorar la capacidad de un 
ser humano— sea hombre o mujer — que ver cómo 
se porta en el desempeño de una labor seria, de 
utilidad pública, que exige exactitud, paciencia y 
probidad. 

Dice el Sr. Francos Rodríguez: 

«L No hay oposición esencial entre lá feminidad 
y el feminismo. La que existe la crearon los pre- 
juicios sociales. Una mujer con todos los atributos 
correspondientes a su sexo, con todas las delica- 
dezas psicológicas, con todos los refinamientos 
sentimentales que la caracterizan, puede y debe 
intervenir en la vida de la nación. Son tantos y 
tan variados los esfuerzos exigidos por la vida iso- 
cial moderna, que no basta para realizarlos una 
mitad del género humano. Si por razón de sexo 
se deja ocioso al elemento femenino, la tarea de 
mejorar el mundo, que es la impuesta a la huma- 
nidad, o se entorpece, o sólo a medias se cumple. 
Cuando'^e habla del hombre, se habla de todo$ 
los hombres y de todas las mujeres del mundo. 
Ahora, que la parte masculina, adjudicándose el 
papel de soberana, atribuye papeles, reservándose 
el principal por motivo de fuerza, y ésta cuestión 

130 



LA MUJER MODERNA 



no se dirime con el poderío del músculo, sino con 
los dictados eternos de la justicia. 

Ella reclama que la mujer sea tratada como co- 
rresponde al interés social. En las relaciones so- 
ciales, los hombres guardan y suelen guardar 
atenciones de señorío, que deben sustituirse por 
las de carácter fraternal. Las preferencias galan- 
tes son taimadas expresiones de dominio. 

Creo, pues, que los dos sexos, el masculino y el 
femenino^ deben colaborar en la acción de la vida 
con medios análogos, y tener análoga participa- 
ción en los derechos; pero opino que el reconoci- 
miento de tal analogía debe condicionarse. 

Note usted que hablo de analogía, no de igual- 
dad. El problema no ha de consistir en que cada 
persona dé un voto, sino en saber la condición del 
voto que ha de dar. Debe otorgarse una suprema 
igualdad a cada elemento social; pero teniendo en 
cuenta que ha de ejercer su derecho en medios 
diferentes. C^da uno tiene su papel, y el que todos 
los representen todos sería tan perturbador como 
el que unos pocos se apropien en absoluto la re- 
presentación y dejen a los demás como especta- 
dores. 

Hay que especializar la vida, y, reconociendo 
el derecho de todos, atenerse a las aptitudes-, al 
saber y al carácter de cada cual. 

II. Claro está que siendo las leyes expresión 
del derecho y defensa contra los que quieren vul- 
nerarle, la mujer, como el hombre, debe contri- 
buir a formarlas. En realidad, si no directa, indi- 

131 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

rectamente, toda la sociedad crea leyes, porque 
impone sus costumbres, manifiesta sus necesida- 
des, y con ello sugiere al legislador las prescrip- 
ciones que sirven para el gobierno de las colecti- 
vidades. 

No hay que echarse por e\ lado del ridículo, ha- 
blando en son de mofa de senadoras y diputadas. 
Este problema no se resuelve con ingeniosidades 
y donaires. Precisamente lo que urge es contra- 
riar al misoneismOj siempre dispuesto a defender 
las normas viejas y a no cambiar la postura 
adoptada. 

En efecto: muchas de las leyes carecen de la 
perspicacia y de la ternura que predominan en el 
espíritu femenino. Tengo, pues, por indudable 
que la mujer contribuirá en lo futuro y como es 
debido a la formación de las reglas por las cuales 
se rigen los pueblos. 

III. En la vida municipal está todavía más pa- 
tente la necesidad de que intervenga la mujer. 
Hace nueve años, discutiendo en el Congreso el 
proyecto de ley llamado de Administración local, 
aduje varias razones en favor de que las mujeres 
formaran parte de los Concejos. Para ir vencien- 
do los escrúpulos y moderando la extrafleza de 
cuantos rechazan la intervención femenina en la 
vida política, bueno fuera que se pensase como pró- 
logo de la obra el acceso de la mujer a los A3run- 
tamientos. Muchas de las cuestiones municipales 
requieren indispensablemente el concurso femeni- 
no. ¿Cómo considerar a las mujeres ajenas a pro- 

132 



LA MUJER MODERNA 

blemas que se llaman educación, vivienda, ali- 
mentación, abastos y otros parecidos? 

Búrlense cuanto quieran quienes suplan con in- 
genio la razón; pero es lo cierto que en los Muni- 
cipios se nota la falta del espíritu femenino. Al 
cabo y al fin, es todo Concejo como un hogar co- 
mún, donde a cada paso hay que tratar de hábitos 
de la vida, de tradiciones locales, de cosas, en fin, 
acerca de las cuales pueden definir cuantos en la 
comarca viven, y muy singularmente las mujeres* 

IV. Creo que debe intervenir la mujer en los 
negocios del Estado. No sólo debe intervenir, sino 
que interviene, y ejerciendo la más alta magistra- 
tura con acierto, con aplomo, con grandeza en 
muchos casos, y de ello hay en nuestro país un 
ejemplqf que nos enorgullece. 

Creo además que la intervención de la mujer 
en los negocios públicos debe ser franca, directa, 
lo cual destruiría la intervención indirecta, sola- 
pada y perniciosa de que hay varios casos, ningu- 
no loable. 

A veces, los hombres que se escandalizan de 
que la mujer llegue a influir directamente en la 
vida pública, se someten a las exigencias, capri- 
chos o voluntariedades de la esposa, cuando no 
de la hembra. Y ese influjo, que suele dar por re- 
sultado malas obras, sí que debe condenarse y 
proscribirse. 

V. Pero con el fin de que se consiga en España 
el triunfo de ideas que considero razonadas, pro- 
gresivas y beneficiosas, es preciso modificar las 

133 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

- .. ■ .^,,„„„^,^^,.^.^ , 

condiciones de la sociedad por medio de la educa- 
ción. Hay que educar a los hombres para que no 
se alarmen por cosas que no producen ningún 
asombro en los pueblos cultos, y educar a las mu- 
jeres para que se pongan en condiciones de ocu- 
par el puesto que les pertenece. 

El problema del feminismo requiere previa- 
mente una acción vigorosa y perseverante de cul- 
tura general. Requiere además propagandas in- 
tensas y continuas, como la que usted realiza, y 
por la cual merece sinceros plácemes. 

Para el bien de la Patria hay que poner en 
acción todos los espíritus, y esa tarea es de escue- 
la y de maestros. La escuela para la infancia, y 
los maestros para las demás edades. En la escuela 
y en los educadores está el cimiento indipensísble 
para la fábrica que se quiere alzar. 

No se busque el apoyo de la fisiología para di- 
vidir en dos partes a la humanidad, dejando a una 
sometida a la otra. La mayor diferencia no con- 
siste en dos sexos, sino en dos estados de alma . 
El estado de ignorancia, de atraso, que lleva a 
los mayores males, y el estado que proporciona 
la instrucción, útil para quien la posee y para sus 
semejantes.» 

Como ven ustedes, la opinión del Sr. Francos 
Rodríguez es resueltamente favorable, y está 
dada con una franqueza que no tiene parecido 
ninguno con las ambigüedades prudentes en que 
suelen envolver las suyas los políticos meramente 

134 



LA MUJER MODERNA 

profesionales. Y no hay que olvidar que el que 
hoy opina así ha sido ya ministro. Sin embargo, 
no le asusta que puedan existir en España muje- 
res diputadas y senadoras. Esto es un buen sínto- 
ma y una buena lección para los temerosos... y 
para las perezosas. Señoras mías, no van ustedes 
a tener más remedio que ponerse a estudiar a 
toda prisa, para no dejar en mal lugar a los hom- 
bres ilustres que con tanta lealtad y generosidad 
defienden la causa femenina. 



XV 

HAY QUE DESBARBARIZAR ALFOMBRE 

DE ALBERTO IN:^ÚA 



HE aquí lo que puedo responder al cuestionario 
sobre el problema del feminismo: 
A la primera pre^nta: No creo que exista opo- 
sición esencial entre feminidad y feminismo y que 
ca mujer deba ser excluida de los asuntos públi- 
cos: municipales, nacionales e internacionales. 
Pero tampoco creo que puede equipararse en 
absoluto al hombre y la mujer, porque la oposi- 
ión que existe entre los términos feminidad y 
virilidad es de orden biológico, físico y moraL 
La oposición que existía en la antigüedad entre 
hombres libres y esclavos, así como todas las ca- 
tegorías de las sociedades en que dominaba — o 
domina— la idea de casta, estaba formada por pre- 
juicios, convenciones, errores, abusos, lo que us 
ted quiera, porque no reposan sobre ninguna rea- 

137 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

lidad biológica, sino sobre una modalidad política 
que, como tal modalidad, evoluciona y puede lle- 
gar a desaparecer. Los pensadores griegos creían 
que era natural que hubiese esclavos. A los filóso- 
fos y moralistas de la Enciclopedia — Voltaire y 
Diderot, inclusive — les parecía una quimera el 
ideal republicano y lo esperaban todo del despo- 
tismo ilustrado. A los individualistas les pone 
fuera de sí el socialismo. Y, sin embargo, ya no 
hay esclavos: la república se ha establecido en dos 
terceras partes del mundo civilizado y el socialis- 
mo atrae a toda la política Contemporánea... 

Pero la mujer y el hombre no están separados 
por sofismas filosóficos o tradiciones políticas, sino 
por la carne y por el sentimiento. No hay modo de 
llenar el abismo que la Naturaleza interpuso entre 
los dos sexos: abismo que es abrazo cuando llega 
la hora de la m^,temidad. Veo que de una verdad 
clarísima me ha salido una paradoja. Usted sabe 
lo que quiero decir. Creo— y toda la vida mil ve- 
ces secular me da razón— que no se puede— ni se 
debe— virilizar a la mujer. No juguemos con el 
absurdo. 

¿Entonces? Pues que manteniendo las dos cate- 
gorías naturales de la masculinidad y la femini- 
dad debemos ser feministas, pero no desenfrena- 
damente, sino equitativamente feministas. Y lla- 
mo feminismo equitativo al que consistirá en dar 
a la mujer todo lo que merezca y en no quitar al 
hombre en la nación — como en la casa— su pre- 
ponderancia. El hombre cumple exclusivamente la 

138 



LA MUJER MODERNA 

más transcendental y dolorosa de las funciones 
sociales: la de la guerra, Y que no se diga que si 
el hombre es soldado, la mujer es madre: la pa- 
ternidad sobrepuja con mucho en responsabilidad 
y en esfuerzo a la maternidad. Me parece, en con- 
clusión, que la mujer y el hombre no pueden te- 
ner en absoluto los mismos derechos y deberes 
civiles y políticos, porque puede haber capitanas 
como Juana de Arco, pero no soldadas. Las mu- 
jeres se baten bien durante unas horas. Por eso 
son grandes revolucionarias y van a buscar a 
Luis XVI a Versalles y ayudan a tomar la Basti- 
lla y a echar por tierra a los Romanoff... Pero no 
son militares de oficio. Son nerviosas, espanta- 
dizas y volubles por naturaleza, y está bien que 
sean asi. 

Acentuando las diferencias, es decir, estudian- 
do las diferencias entre la mujer y el hombre, po- 
drá llegarse a establecer un cuadro bastante justo 
de las funciones que son privativas de Adán y las 
que lo son de Eva, así como de todas aquellas a 
que pueden concurrir los dos. Estas son, que 
conste, las más numerosas. De hecho el feminis- 
mo se ha ido instaurando en las sociedades mo- 
dernas desde que las mujeres comenzaron a ejer- 
cer las profesiones liberales. Si hay médicas^ y 
abogadas, y químicas, y profesoras de todas las 
ciencias, claro está que deben existir juesas, ma- 
gistradas^ concejalas^ diputadas, etc., etc. Pero 
no se puede llegar a todo esto de golpe. Hay que 
ensayar ^\ feminismo. Antes del sufragio universal 

139 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



a las mujeres debe establecerse un sufragio res- 
tringido. Y hasta me parece lo mejor fundar un 
tercer Cuerpo colegislador que sea exclusivamen- 
te femenino y que necesite del apoyo de uno de los 
dos Querpos masculinos para aprobar o desechar 
una ley. Asi se iría preparando a las señoras al 
régimen parlamentario. Pero esto es una simple 
cuestión de procedimiento. 

Queda contestada con lo anterior la segunda 
pregunta de su cuestionario. Si, la mujer debe 
contribuir a la formación de la ley. ¿Cómo? El 
modo cambiará según el pais y según el grado de 
emancipación y de cultura de la mujer. Lo que no 
podrá admitirse nunca es que en un parlamento 
estén en mayoría las mujeres, ni que formen par- 
te del poder ejecutivo. Bueno, ya se encargará el 
hombre de no dejarse arrebatar los pantalones. 

Tercera pregunta: ¿Por qué— pregunto yo — 
ha de ser la administración municipal tarea esen- 
cialmente femenina? Esencialmente, no; princi- 
palmente, acaso. La mujer administra en peque- 
ño mejor que el hombre. Su paciencia, su minu- 
ciosidad y su probidad son mayores que las del 
varón. El Municipio es la casa de la ciudad (Casa 
de la Villa, Hotel de Vi lie J, y la casa no va a de- 
rechas sino bajo la administración femenina. (Léa- 
se El ama de la casa..,) Todo lo que sea contar, 
distribuir y poner orden en las cosas lo hace la 
mujer con más detenimiento y certeza que el 
hombre. Estas últimas lineas responden a la pre- 
gunta cuarta; pero la mujer será tanto más moral 

140 



LA MUJER MODERNA 

y ordenada cuanto menos sufra la influencia del 
hombre. Para mí no puede haber feminismo sin 
divorcio^ ¿eh? Esto es lo mas impprtante de la 
cuestión. 

Quinta pregunta: Los mejores medios de ca- 
pacitar y preparar a la mujer española para las 
tareas sociales que la aguardan, son, entre otras: 

A. Capacitar al hombre español para el femi- 
nismo. Hacerle comprender que la mujer ha na- 
cido para algo más que la cocina y el gineceo y 
que vale tanto como él. Arrancarle al hombre es- 
pañol la idea, mitad mora y mitad monástica, de la 
inferioridad femenina. Desbarbarizar al hombre 
español, en una palabra, para que no sea bestial- 
mente celoso y bestialmente lúbrico. Mientras las 
mujeres no puedan salir solas, viajar solas, vivir 
solas, etc. , no podrá hablarse en España de femi- 
nismo. No es a ellas^ sino a ellos, a los que hay 
que preparar para la nueva vida social. 

B. Hay que establecer la enseñanza primaria 
obligatoria para los dos sexos y convertir nues- 
tras Escuelas Normales de Maestras en centros 
equivalentes a los liceos y gimnasios para señori- 
tas del resto del mundo. La filie de la concierge 
sabe más en Francia que la hija de la marquesa 
en España. 

C. Hay que establecer el divorcio. No es se- 
rio, ni digno, ni limpio que sólo España, entre los 
grandes pueblos occidentales, siga con lo de la in- 
disolubilidad del vínculo, que huele a sofisma de 
confesonario. La víctima de la indisolubilidad es la 

141 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

mujer, a la que la voz pública llama lo que usted 
sabe si se atreve a imitar al hombre, que tiene 
derecho a todo. Una mujer separada ha de ser 
casta como una monja (de las que lo son) para no 
acarrearse el desprecio público. Sin divorcio no 
hay independencia ni dignidad femenina, y sin 
estas dos cosas no puede haber feminismo. 

Z>. Y claro está que en cuanto haya divorcio 
habrá en España separación de la Iglesia y el Es- 
tado y verdadera libertad de conciencia. Porque, 
de lo contrario, nuestra mujer votará por el can- 
didato de su confesor. Y esto, no, no, no... Para 
terminar: tenemos que proteger a nuestra mujer 
(tan intuitiva, tan lista, tan valiente) contra el 
señorito soez, contra el chulismo ambiente» con- 
tra el marido déspota y barba-azulesco y contra 
el confesonario. 



XVI 

LA MUJER-PERSONA 

DE CONCEPCIÓN SÁIZ 



SI por feminidad entendemos todo lo que fisio- 
lógica y psíquicamente es propio de la mujer^ 
nada de lo que con tal concepto se relaciona pue- 
de ofrecerse en oposición; oposición que no existe 
en el término Jeminismo, aun entendiendo por él, 
ya que no la igualdad, la equivalencia entre los 
derechos y los deberes civiles y políticos de la 
mujer y del hombre. 

Fundóme para hablar de equivalencia en que 
siendo el derecho función correlativa del deber e 
imponiéndose las diferencias fisiológicas entre 
hembra y varón como raíz de sus privativos de- 
beres naturales, no puede existir entre los civiles 
y políticos, de aquéllos derivados, esa conformi- 
dad exacta desuna cosa con otra en natura- 
leza, calidad y cantidad, que expresa, tomado 

143 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



en SU estricta acepción, el vocablo igualdad. 

Admito yo el Jetninismo como derecho de la 
mujer a intervenir directamente, con responsabi- 
lidad personal, en la vida total de la nación, con- 
tribuyendo a formar las leyes por que ha de regir 
se. ¿Supone esto la reclamación del derecho elec- 
toral para la mujer española? No. Creo que el 
parlamentarismo está agotando sus postreras 
energías, y no deseo que mis compatriotas agos- 
ten en flor las suyas para obtener un derecho 
que la escogida minoría masculina desdeña ejer- 
citar y la ignara mayoría ejercita a título lu- 
crativo. 

La vida social ha de transformarse necesaria- 
mente tras la honda crisis que la humanidad (y el 
humanitarismo) está sufriendo, buscando piara 
ello otras orientaciones y otros medios de organi" 
zación distintos de los que nos han traído a la do' 
lorosa situación actual. En los nuevos derroteros 
que seguirán los pueblos, la mujer no será ya 
peso muerto; su actividad ilustrada ha de contri- 
buir a crear sociedades más humanas. ¿Cómo? 
El tiempo lo dirá. 

Es innegable que la mujer posee en mayor gra- 
do que el hombre las dotes de previsión, orden y 
moralidad indispensables a un buen administra- 
dor; dotes que, agregadas a la ausencia de com- 
promisos políticos (imperantes en las decisiones 
masculinas), cuando se apliquen a nuestra desdi- 
chada gestión municipal producirán obras útiles 
en beneficencia, enseñanza, ornato público, etc. 

144 



LA MUJER MODERNA 

■ 1 ■ ■ ■ ■ 

Pasemos ahora a la cuarta pregunta de su in- 
teresante cuestionario. 

La igualdad de derechos políticos, tan mal di- 
gerida por las masas, ha despertado el ansia de 
goces, desterrando de la vida moderna el molesto 
elemento moral. En la segimda mitad del si- 
glo XIX, la apertura del istmo de Suez constituyó 
el noble triunfo de la Ciencia y del Trabajo; medio 
siglo después, las obras del canal de Panamá mos- 
traron al desnudo la corrupción moral de los su- 
cesores de Lesseps. 

La educación cívica moderna no ha bastado, 
ni creo baste nunca, a llenar el vacío de la supri- 
mida educación religiosa. El concepto de la mo- 
ral pura, del bien por el bien, sólo es accesible a 
los altos espíritus; el vulgo, movido por impulsos 
pasionales, no se detiene ante consideraciones 
éticas, y como el vulgo... va en coche, lleva a los 
más altos asuntos del Estado el espíritu... amoral 
que nos corroe. La mujer, de costumbres más pu- 
ras que el hombre y de mayor religiosidad, pon- 
drá en los negocios del Estado ^ si llega a interve- 
nir en ellos, más alta moralidad. 

Heme ante el arduo problema de indicar me- 
dios para «capacitar y preparar a la mujer espa- 
ñola para la nueva tarea que le ha de incumbir 
por ley del progreso». Contestaré con muy pocas 
palabras: Hacerla mujer y persona. 

Hasta ahora, la mujer que se preció de'seiio 
consideraba ajeno a su condición cuaníto excedía 
del orden -doméstico, y en el extremo opuesto, la 

145 

10 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

que aspiraba a sumarse al esfuerzo social, miró 
desdeñosante lo que tendía a convertirla en cen- 
tro del familiar bienestar. Cuandoel pensamiento 
femenino rebasaba el umbral del hogar, propios y 
extraños atribuían el caso a excepción, loable o 
censurable, pero en fin de cuentas excepción, lo 
que no deja de ser halagador. Ese concepto des- 
aparecerá en la presente centuria. La mujer-per- 
sona tendrá, como el hombre, su vida íntima, in- 
dividual y familiar; cumplirá su misión de perpe- 
tuadora, ^conservadora y educadora de la especie, 
y a la vez llenará sus deberes de miembro inte- 
grador de la nación, interviniendo en la vida cívi- 
ca en cuanto ésta reclame su participación, favo- 
rable siempre a la moralización social. 

La mujer española, para la vida del hogar, no 
necesita aprendizaje: raza y tradición la han doc- 
torado en virtudes domésticas; para ejercitar la 
ciudadanía ha de aprenderlo todo. ¿Cómo? ¿Dón- 
de? Esto, amigo mío, se relaciona tan íntima- 
mente con la organización de la enseñanza nacio- 
nal, que su exposición exigiría un libro. 



XVII 



EDUCARLA, EDUCARLA, EDUCARLA. . . 



DE RAFAEL ALTAMIRA 



CON mucho gusto contesto a las preguntas con 
que me honra en su amable carta, respecto 
a la cuestión femíni$ta. Muy brevemente, a fin de 
evitar a usted y a los lectores una disertación más 
o menos erudita, de la que sólo ]as conclusiones 
pueden interesar. 

No creo que exista oposición esencial entre Je- 
minidad y feminismo, en el sentido que usted da 
a estas expresiones; nada justifica esta mal enten- 
dida oposición, que acaso se explique por la nove- 
dad que supone, dado el concepto tradicional que 
sobre nosotros pesa respecto a la misión de la 
mujer en la sociedad. 

La administración municipal es, a mi entender, 
tan femenina como masculina, pero en modo al- 

147 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

gano privativa y especial de mngimo de los dos 
sexos. 

¿Medios de preparar a la mujer española para 
el triunfo del feminismo? Sencillamente, educarla, 
educarla, educarla, e incorporarla a todas las 
obras sociales, pero con mucha instrucción por 
base. 



XVIII 



A MAYOR LIBERTAD, MAYOR VIRTUD 



NO creo que haya oposición ninguna^dice, res- 
pondiendo a nuestro cuestionario, d seftor 
don Torcuato Luca de Tena, ilustre directíH* de 
ABC^di quien ustedes, señoras mías, j yo debe- 
mos tan profunda gratitud, por habernos presta- 
do generosamente las columnas de sus dos perió- 
dicos, A B C y Blanco y Negro , durante ya más 
de dos aftos, como tribuba desde la cual defender 
la causa feminista—, no creo que haya oposición 
ninguna entre feminidad y Jeminismo. Es más: 
creo que cuanto más feminista sea una mujer, es 
decir, cuanto más exacta y más elevada tenga la 
comprensión de su propio valer, más sutil será su 
encanto femenino. Yo no he visto jamás, en el 
noble anhelo de la emancipación de la mujer, ese 
fantasma del «marimacho» que nos quieren pre- 
sentar los detractores del feminismo. Al contra- 
rio: cuanto más libre, cuanto más emancipada, 

149 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

más mujer me parece. Hasta ahora no sé que se 
le haya ocurrido a ^adie que un esclavo sea más 
riríl que un hombre libre. La emancipación, afor- 
tunadamente, no modifica las cualidades caracte- 
rísticas del sexo; si acaso, las mejora. Pues si no 
hay peligro de que la emancipación produzca en 
el hombre la feminidad, ¿por qué temer que cause 
la masculinidad en la mujer? 

Además, en la realidad de la vida estamos vien- 
do todos los días el ejemplo práctico. Entre la in- 
consciencia zafia de una moza del campo o la 
abierta comprensión de ima mujer de ciudad, 
¿quién puede negar que es mucho más femenina 
la segunda? 

Opino también, con usted, que la mujer que su- 
fre todas las trabazones, todas las ataduras de la 
ley, debe contribuir a formarla. No creo que con 
ello saliera perdiendo nadie, como no sea los que 
conservan todavía como un estigma atávico el 
criterio moro de que la mujer es poco más que 
mía cosa creada exclusivamente para el placer y 
la explotación. 

Si las mujeres mandasen.,,^ reza una copla 
zarzuelesca que se ha hecho popular; si las mu- 
jeres mandasen, muchas iniquidades que al ampa- 
ro de la ley se cometen, no se cometerían. ^Pue- 
de haber nada más absurdo que una mujer solte- 
ra, que a los veintitrés años dispone libremente de 
su fortuna, a los cuarenta, con más experiencia de 
la vida, no pueda, por el hecho de ser casada, tener 
derecho a defender el patrimonio de sus hijos? 

150 



LA MUJER MODERNA 

La intervención de la mujer en la elabora- 
ción directa de las leyes les prestaría una canti- 
dad de bondad, de ternura, de caridad, de coqa- 
pasión, que difícilmente les otorgarán nunca los 
hombres. 

Creo que con esto contesto en lo esencial a las 
preguntas del cuestionario. Los demás puntos son 
derivaciones lógicas del tema principal, que por 
sí solas se han de ir resolviendo con un poco de 
interés y otro poco de buena voluntad.» 

Hay en la respuesta, neta y resueltamente fa- 
vorable a la emancipación de la mujer, del señor 
Luca de Tena unas cuantas palabras en las cua- 
les quiero que pongan ustedes, señoras, especial 
atención, porque en ellas está encerrado un as- 
pecto moral del problema feminista de notable 
importancia. 

Dice: «Cuanto más exacta y más elevada ten- 
ga (la mujer) la comprensión de su propio valer. . . » 
Conciencia exacta y elevada... comprensión... Me- 
diten ustedes sobre esto, porque de muy poco val- 
dría que consigan ustedes derechos si no se dan 
ustedes cuenta perfecta, no ya de lo que esos de- 
rechos significan, sino de lo que ustedes son esen- 
cialmente, de lo que valen en realidad, de sus ca- 
pacidades exactas, de sus limitaciones inevita- 
bles, de sus facultades y de sus ignorancias, de 
sus noblezas y de sus flaquezas. Un derecho ad- 
quirido no es más que una semilla enterrada; el 
fruto depende, tanto como de ella, de la calidad 

151 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

del terreno en que haya caído. Todas ustedes, 
católicas lectoras mías, recuerdan la parábola 
evangélica, y saben qué fué menester para que el 
grano diera ciento por uno. Así, en la víspera de 
esa emancipación, que el esfuerzo de las mujeres 
de otras tierras está logrando para ustedes, es 
preciso que examinen ustedes serena — lo cual 
vale tanto como decir severamente—la calidad 
del terreno que puedan ustedes ofrecer a la semi- 
lla que está a pimto de caerles en el huerto. 

Pregúntense ustedes, y respóndanse con toda 
sinceridad: ¿Soy yo digna de levantar la vo2 en 
el negocio de la vida española? ¿Tengo un con- 
cepto claro de lo que es la Patria y una ele- 
vada idea de pai deber como patriota? ¿Tengo un 
ideal deñnido de bondad, de justicia^ de progreso? 
¿He trazado a mi actividad posible un camino es- 
pecial, mío, esencialmente mío, aunque sea pe- 
queño, aunque sea la más humilde de las «vere- 
das» campesinas, pero que yo conozca y que lleve 
a un lugar determinado? Si la antorcha de la li- 
bertad pasa junto a mí, ¿qué candelita, por mo- 
desta que sea, podré yo, encender en su lumbre? 
¿O qué grano de arena podría llevar al edificio^ 
eternamente en construcción, de la vida pública 
y el bien general? ¿Soy maestra en algo? Y si no 
lo soy, ¿no pudiera, con trabajo y buena voluntad, 
llegar a serlo? ¿Qué es lo que me interesa? ¿Qué 
es lo que comprendo? ¿Qué es lo que amo y qué 
es lo que aborrezco? ¿Y por qué lo aborrezco o lo 
adoro? ¿Cuál es la ley de mi vida interior, y de 

152 



LA MUJER MODERNA 

dónde me viene, y por qué la acato? ¿Qué quisie- 
ra yo que fueran mis hijos para el mundo? Y al 
mismo tiempo, ¿cómo desearía yo que fuera, et 
mundo en que ha de producirse y desenvolverse 
la vida de mis hijos? ¿Cuáles son mis más íntimas 
rebeldías pontra la ley y la costumlpre en todos 
sus aspectos: familiar, social, religioso, jurídico, 
y en qué están fundadas? ¿Tengo voluntad, o soy 
meramente voluntariosa>Mi aquiescencia al esta- 
do presente de las cosas, ¿es resignación, es in- 
consciencia, o es sencillamente pereza? 

Y así sucesivamente. «Cuanto más exacta y 
elevada tenga la comprensión de su propio va- 
ler...» La comprensión exacta de lo que ustedes 
valen no puede dársela sino un tenaz, escrupulo- 
so, perseverante examen de conciencia... En 
cuanto a lo de que esta comprensión sea eleva- 
da..., eso ya no depende del examen, sino de la 
voluntad. Para elevar el concepto que ustedes 
a sí mismas se merezcan es preciso que levanten 
ustedes el ideal, que olvidándose vn poco, no ya 
de sí mismas — que la abnegación o negación del 
propio interés es frecuente virtud y aun corrien- 
te flaqueza de mujeres — , sino de lo que inmediata 
y cordialmente les atañe, levanten ustedes el pen- 
samiento, guía primera del corazón, a más altas 
empresas, que le saquen ustedes del recinto en- 
cantado y jardín deleitoso de los afectos familia- 
res y le lleven al campo libre del amor a la huma- 
nidad. 

El aire libre es sano, y el encierro, dafiino. No 

153 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

■ ^ 

teoian ustedes que por extender el radío de sus 
amores y hacerlos caridad, vayan a perder fuer- 
za ni eficacia los lazos familiares y los debe- 
res que dentro del hogar estén ustedes obligadas 
a cumplir. Mucho más madres de los propios hijos 
sabrán ser ustedes si han contrastado ustedes y 
fortalecido su virtud maternal en los ejercicios de 
«maternidad humana», a que les haya obligado, 
fuera del hogar, su condición de mujeres libres, 
responsables y patriotas. Mejor educación recibi- 
rán los hijos de la madre que sabe de la vida y 
trabaja por mejorarla, que de la encerrada y en- 
claustrada sombra que consoló con un amor apa- 
sionado, enfermizo y despótico sus amarguras de 
inútil y sus tedios de irresponsable. 

Además, la maternidad «familiar» no es más 
que una fase de la vida de la mujer, una prepara- 
<:ión para su maternidad «social», que ha de venir 
más tarde como corona y complemento de aquélla. 
Y precisamente muchos de los males, tristezas y 
tormentos de la vida individual de madres e hijos 
vienen de la corrupción de este instinto maternal, 
que debiendo emplearse «humanamente», se em* 
pefian las mujeres en prolongar familiarmente más 
allá de los límites precisos. Hay un momento en 
que fuera de la dulce adhesión sentimental, que 
debe durar tanto como la vida, ya el hijo no nece 
sita de la madre. La madre, sin embargo, sigue 
necesitando hijos, y la persistencia de esa «necesi; 
dad» es prueba de que existe una función en que 
pueda satisfacerse. Esta es, sencillamente, la fun- 

154 



LA MUJER 



MODERNA 



ción política 7 social. Para terminar, únicamente 
quiero repetir a ustedes: «A mayor libertad, 
mayor virtud. A más amplios derechos, más 
estricta conciencia» . 



v 



XIX 

V 

UNA MUJER ANTI-PEMINISTA 

DE CARMEN ROJO 



CiNCtTBNTA aflos consagrada a la educación de 
la mujer me han hecho conocer su psicolo- 
gía, 7 le anticipo que la confusión de los sexos en 
las profesiones, en los cargos públicos y especial- 
mente en la política, sería, en principio, un aten- 
tado contra la familia, la paz del hogar y el por- 
venir de la raza. « 

Los seres se han de desenvolver en relación 
con su naturaleza y con su destino, y, por lo tanto, 
forzar la naturaleza de la mujer, exigiéndola 
energías y virtudes de que carece y desviarla del 
fin esencial de su vida, es un crimen de lesa huma- 
nidad. 

El problema del feminismo se planteó en Espa- 
ña hacia el año 70, y desde entonces ha progresa- 
do mansamente, sin mido, pero de modo tan eficaz, 

167 



G. MARTÍNEZ SIERRA' 

que ha logrado cambiar radicalmente la fisonomía 
moral y física de la mujer, sin que pueda decirse 
que haya ganado en el cambio. En la actualidad 
tiene mayor cultura, pero está peor educada; ha 
ganado energías y ha perdido ideales y delicade- 
zas; si por su trabajo se ha hecho independiente! 
ha relajado los lazos de la familia, y tal vez haya 
fomentado la vagancia de hombres desaprensivos; 
al emanciparse perdió para siempre la felicidad 
que proporcionan los puros afectos de la familia, 
y pasa una vida tan triste como la pintó el señor 
Ángel Guerra en un precioso artículo. 

Pero como la evolución es un hecho que, guste 
o no, hay que aceptar, las circunstancias obligan 
a pensar en los medios de encauzar estas corrien- 
tes para evitar graves peligros. 

El feminismo, tal como hoy se entiende y se 
practica, es el mayor enemigo de todo lo femeni- 
no. Las feministas parece que tratan de borrar los 
rasgos y el carácter propios de la mujer, y con 
sus exageraciones ridiculas, su afán de exhibición 
y hasta por su porte externo, han hecho odioso el 
feminismo. 

Mirado el asunto desde otro punto de vista, la 
mujer que emplea su vida en el desempeño de un 
oficio o profesión, tiene abandonada la familia. La 
que pasa el día en la fábrica o en el taller, deja su 
casa sucia, fría, sin los primorosos cuidados de 
una mano cariñosa que se consagre a proporcio- 
nar a los suyos el posible bienestar. 

Las comidas se hacen en la taberna; los hijos» 

158 



LA MUJER MODERNA 

abandonados durante muchas horas en el arroyo* 
¿Ganará la clase obrera con este sistema? 

La que pasa la vida en la redacción de los pe- 
riódicos, la que politiquea y frecuenta ciertas re- 
uniones, no sirve para el hogar, en el alto sentido 
q[ue damos a esta santa palabra. Afortunadamen- 
te, estas mujeres constituyen una exigua minoría. 

Si el feminismo se concretara a educar a la mu- 
jer para que conociera y practicara sus derechos 
civiles, haría un gran bien a la sociedad; pero 
pretender que la mujer tome parte activa en la 
política, será envenenar lo que aún está*sano, y 
como dice María Carbonell: «Si la política ha de- 
gradado media humanidad, para qué degradar la 
otra media»; y no es que a la mujer le ialte inte- 
ligencia; su intuición es asombrosa, su compren- 
sión rápida concibe las ideas con claridad, a pesar 
de faltarle instrucción; pero la vanidad y el amor 
propio desenfrenado la incapacitan. Al verse ob- 
jeto de las miradas del público, sólo desea, pueril- 
mente, lucir, brillar sin reparar en las consecuen- 
cias. Para conseguir, no el triunfo de la idea que 
sustenta, sino su propio triunfo, lucha con ener- 
gía, supliendo con la astucia lo que le falta de 
fuerza. 

Esto no es decir que deba prescindirse de la co- 
laboración de la mujer en la obra social. Creo que 
puede y debe intervenir eficazmente de modo in- 
directo educando a sus hijos, inspirándoles altos 
ideales, creando en ellos virtudes personales y cí- 
vicas, y compartiendo la vida intelectual con el 

159 



C MARTINEZ SIERRA 

mando, en quien influye, evidentemente, toda mu- 
jer de espíritu superior. 

Como las lejes antes de discutirse y de votarse 
en las Cámaras son ideales y aspiraciones del 
pueblo, la mujer que tiene conciencia de sus debe^ 
res trabaja para formar la opinión pública, condu- 
ciéndole a todo aquello que puede contribuir al 
enaltecimiento de la patria. 

Sin comprometer a la mujer en las luchas polí- 
ticas, puede intervenir directamente en muchas 
funciones del Estado. La Beneficencia en todos 
sus aspectos, la EnsefLanza en todos sus grados, 
no sólo para niñas, sino para los varones hasta la 
edad de diez a doce años, son funciones que, por 
su carácter maternal, están en perfecta armonía 
con los sentínaientos femeninos. 

La administración municipal puede estar tam- 
bién con ventaja encomendada a la mujer, en 
quien dominan los hábitos de orden y economía. 

Y si teniendo en" cuenta la situación actual, en 
la que hay millones de mujeres solteras que tie- 
tien derecho a vivir y, por lo tanto, a crearse una 
posición independiante que afirme su personali* 
dad, queremos ampliar su esfera de acción, debe- 
mos capacitarlas para todo aquello que esté en 
armonía con su naturaleza < 

Las pequeñas industrias que pueden desarro- 
llarse dentro del hogar, el Arte, el Comercio, al- 
gunas profesiones como la Medicina y la Far- 
4aiacia, son ocupaciones bastantes para emplear 
41 todas las mujeres que necesiten gomarse el pan 

160 



LA MUJER MODERNA 



O sostener a un padre anciano o a un huerfanito; 
pero entiéndase bien, que hablo de la mujer solte- 
ra o viuda sin hijos, o con hijos emancipados. A 
la mujer casada se le debe prohibir toda ocupa- 
ción que la separe del hogar y que sea inctwnpa- 
tible con los sagrados deberes de la maternidad. 
Para que estos intentos de sano feminismo no 
fracasen, es menester educar a la mujer en un 
ambiente de religiosidad, de sencillez y modestia, 
de honor y dignidad, que borre todo asomo de 
vanidad y de egoísmo y despertar en ella las 
ideas del deber, de patria y de humanidad, y que 
ño espere más recompensa que la propia satisfac- 
ción de haber contribuido al bien general con su 
trabajo y con sus ejemjdares virtudes. 



11 



XX 

ES IMPOSIBLE NEGAR LA IGUALDAD 

DE L UIS DE ZUL VETA 



ME parece imposible negar la igualdad de la 
mujer y el hombre en derechos y deberes 
civiles y políticos, sin negar, al mismo tiempo, la 
esencia misma de la vida pública moderna. Por- 
que, en ésta, aquellos derechos y deberes no na- 
cen ni de las condiciones individuales ni de la fun- 
ción social ejercida. En lo fundamental, son inhe- 
rentes a la personalidad humana. 

Negar el voto a la mujer en un régimen 
democrático, equivale a negarle la personali- 
dad misma. Vota, en principio, todo español 
adulto sólo por serlo. Pero por una contradic- 
ción absurda, no vota la maestra o la doctora 
cuando vota el analfabeto; no vota la viuda que 
gobierna una familia y una hacienda; la direc- 
tora de una Escuela Normal no puede llevar su 

163 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

/ 

papeleta a la urna como el último de los orde- 
nanzas. 

De un modo más general, tampoco creo que 
deba cerrarse artificialmente, con prohibiciones 
legales, ningún camino, ningún estudio o carrera 
a la mujer. En aquellos para los que no sirva, 
no entrará o no adelantará. Dejemos que, libre- 
mente, la naisma experiencia, la realidad com- 
pleja, fluctuante, flexible, vaya colocando en su 
lugar cosas y personas. Aparte de que siempre 
puede haber mujeres excepcionales. ¿A qué cerrar 
por anticipado ninguna puerta? 

No está ahí el problema, a mi juicio. No es de 
orden legal, que en eso el feminismo sólo tropieza 
con la tradición, o mejor dicho, con Ta rutina. Es 
de naturaleza moral y social. Suponiéndola ya 
igual ante la ley, libre de trabas extemas, ¿qué 
orientación le conviene seguir a la mujer? ¿Cómo 
^ha de educarse ella y ser educada? ¿Qué fines idea- 
les se debe proponer en la vida para desenvolver- 
se según su peculiar naturaleza y derramar sobre 
el mundo toda la plenitud de su corazto y de su 
alma? 

No se enriquecerá gran cosa el espíritu huma- 
no por el hecho de que algunas mujeres hagan 
mejor o peor lo que hoy vienen ^ciendo los hom- 
bres. Lo interesante sería pensar en, . una modali- 
dad nueva, femenina, en el arte, la ética o el de- 
recho. 

¿No se. alude a esto al preguntar si la interven- 
ción de la líiujer en los negocios del Estado pon- 

164 



LA MUJER MODERNA 

dría en su funcionamiento un elemento de mora- 
lidad y un sentido práctico y constructivo, de que 
en la actualidad carece? Hoy nuestra cultura es 
casi exclusivamente masculina. No porque las 
mujeres no la tengan, sino porque apenas contri- 
buyen a crearla. La participación directa, origi- 
nal, de la mujer, esa nota o tonalidad femenina, 
daría a la cultura ün valor más totalmente huma- 
no, que hoy no alcanzamos a conjeturar. 

¿Será esto posible? Hay quien lo duda; se habla 
de limitaciones naturales. La casa, los hijos... 
Poco a poco; no confundamos ciertas serviles, 
pequeñas obligaciones doínésticas que cabría mo- 
dificar fácilmente, con la misión de la materni- 
dad, que es intangible, eterna, santa. Pero ¡quién 
sabe lo que, precisamente en ese sentido, habrá 
de realizar en el porvenir la cultura de la mujer. 

Hoy se empieza a pensar, por ejemplo, que la 
parte importante, eficaz, de la educación corres- 
ponde a los seis primeros años de la vida. Recien- 
tes trabajos de psicología y de pedagogía vaij en 
esta dirección. A esa edad, y aun después, la 
educación está muy ligada a la maternidad. Y la 
educación no es labor fácil ni que pueda realizar- 
se medianamente sin mucho espíritu, y mucha 
'ciencia, y constante estudio, y una gran elevación 
moral, y toda la delicadeza artística imaginable! 



XXI 



ACCIÓN, NO PALABRA 



DE BLANCA DE LOS 
RÍOS DE LAMPEREZ 



SINGULARMENTE honrada por una demanda de 
mi opinión humilde acerca de lo que se llama 
«el problema del feminisno>, correspondo a soli- 
citación tan enaltecedora haciendo para con usted 
una excepción única, pues jamás quise intervenir 
en polémica alguna, y menos que en ninguna en las 
promovidas sobre tan debatido asunto; porque yo 
entiendo que en Espafia, donde discusión se llama 
apasionamiento, se sirve mejor la causa de nues- 
tro sexo con la acción que con la palabra; la pa- 
labra enardece y encona la lucha, y la acción se 
impone incontrastable, no combate, actúa, evi- 
dencia con el hecho, lo cual es más que vencer, 
haber vencido sin luchar; así como mil años de 
discusión acerca del poder y belleza de la luz, no 

167 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

dirían lo que dice un rayo de sol rompiendo de sú- 
bito entre las nubes y penetrándonos hasta la me- 
dula del alma. Así entiendo yo que se demuestra 
y que ha de imponerse el feminismo, sin lucha, 
sin revolución: por evolución, por fuerza incon- 
trastable de las corrientes de la Historia. 

Intentaré expresar mi sentir contestando, di- 
recta o implícitamente, a sus interrogaciones. 

Me pregunta usted si creo que existe oposición 
entre feminidad y feminismo; y resueltamente 
contesto que no hay tal oposición, entendiendo 
por Jeminidad la perfecta armonía del dualismo 
psicofísico que integra -nuestro sexo, y por Jetni- 
nistnOf la afirmación de la igualdad espiritual de 
la mujer y del hombre ante toda ley y todo de- 
recho. 

A mi parecer, el problema del feminismo, en 
realidad, no debiera existir, entendido como con- 
traposición entre feminismo y antifeminismo, por- 
que, como acaba de decir mi insigne amiga la 
condesa de Pardo Bazán, «no hay mujeres ni 
hombres ante la ley — ante ninguna ley «— , sino 
Humanidad tan solo». Humanidad dividida o re- 
partida en dos sexos, hechos para completarse y 
armonizarse, no para hostilizarse en modo al- 
guno. 

El concepto de la inferioridad intelectual de 
nuestro sexo, único fundamento o fórmula táci- 
tamente convenida por los hombres y pasiva o 
indiferentemente aceptada por las mujeres, para 
mantenemos por largos siglos en minoridad mo- 

168 



L A -M U.J ER MODERNA 

■■l.WI,! lililí IIIJI ^11 «—L . ' - ' ' 

ral y como al margen de la vida, no fué nimca 
cierto, ni es ya, en modo alguno, sostenible. Toda 
la Historia atestigua de la no inferioridad men- 
tal de la mujer respecto al hombre. Toda la His- 
toria demuestra que la mujer, dotada de un alma 
hecha tan a semejanza de Dios comp la del hom- 
bre, fué, por lo tanto, siempre igual al hombre 
espirítualmente; tUTO idénticas facultades menta- 
les y afectivas, idénticas potencias del espíritu; y 
para mostrarse igual al hombre en el actuar hu- 
mano de ese espíritu, para traducir en altas accio- 
nes o en obras del entendimiento su espirituali- 
dad, sólo necesitó siempre una cosa: ocasión en 
qtie manifestarse. 

Cuando la ocasión llegaba traída por el acaso, o 
mejor por la Providencia, la mujer, en posesión 
de su albedrío, desplegaba enteras las alas del 
espíritu — del espíritu humano, que Dios encen- 
dió con su soplo, sin achicarlo ni agrandarlo al 
infundirlo en el uno o en el otro sexo — , y como 
si aprpvechase ávidamente la rara oportunidad 
de afirmar su moral soberanía, la mujer se mos- 
tró siempre a la altura y aun por encima de la 
misión que se le confiaba. ¿Ejemplos? Pedirlos 
significa ignorar la Historia; pero ahí está el pa- 
sado de la realeza. Nadie ignora que en la serie 
de los soberanos fueron muchos más en número 
los varones que las hembras, y nadie ignora tam- 
poco que, proporcional y aun absolutamente, el 
número de las grandes reinas es muy superior al 
de los grandes reyes; más aún, que toda ingente 

169 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

nacionalidad, en su período de florecimiento, se 
personifica en una mujer, desde Semiramis hasta 
nuestros días. Y cuéntese que las grandes reinas 
no lo fueron ni por predestinación milagrosa, ni por 
derecho divino, ni seleccionándolas entre las de 
su generación, ni llegaron a su grandeza por lar- 
ga y sabia preparación cultural; muchas de ellas, 
como Isabel la Católica, por glorioso ejemplo, su- 
bieron al trono fortuitamente — en general, para 
suplir la falta de un varón, que hubiese sido infe- 
rior a ellas—; la suerte las llevó a reinar, y la 
suerte — ¡casualidad elocuentísima! — las halló 
siempre aptas para tan alto ministerio: la ocasión 
feliz las reveló, pero ellas eran, 

Y lo que ocurrió a lo largo de la Historia con 
las grandes reinas ocurre obscura y concluyen- 
temente a diario con mil mujeres anónimas que 
todos conocemos: viven obscuras, caseras, ha- 
cendosas o frivolas y ociosas, olvidadas, igno- 
rantes de sí mismas, en el retiro de su hogar 
aristocrático, pobre o burgués, o bullendo en 
sociedad, y un cambio de fortuna, la ruina o 
la viudez, las revela; el espíritu baja a ellas en 
lenguas de fuego, el amor maternal o filial las 
inspira, las hace autodidactas; conviértense en 
mecanógrafas, institutrices, profesoras, catedrá- 
ticas; y con milagrosa multiplicidad de aptitu- 
des — y yo podría citar casos gloriosos — saben 
ser, a un tiempo, educadoras, enfermeras, mo- 
distas habilísimas de sus niños, y profesoras, 
catedráticos admirables en grandes centros do- 

170 



LA MUJER MODERNA 



centes. La ocasión las reveló, pero ellas eran. 

Mas los ejemplos son multitud. ¿Se quiere un 
magno ejemplo colectivo? Solemne y aplastante 
nos lo ofrece la guerra mundial que presencia- 
mos. En Francia, en Alemania, en Inglaterra, en 
todas las naciones beligerantes se ha dado el caso 
colectivo con simultaneidad y unanimidad por- 
tentosas. Sin preparación, sin aprendizaje, las 
mujeres han acudido a llenar los vacíos que de- 
jaban los hombres en todas las manifestaciones 
del trabajo y de la actividad humana. Fué la 
ocasión reveladora — la mayor que vieron los si- 
glos — de las aptitudes del sexo. Ante tal ejem- 
plo, los que aún hablaban de inferioridad femeni- 
na han enmudecido. Por dura ley de las circuns- 
tancias, el feminismo adviene como debe adve- 
nir, no por revolución^ por evolución; ^\ auxilio, 
la magna intervención femenina en la vida so- 
cial, ocasionada por la guerra, no se realiza en 
pugna con el hombre, sino en mancomunidad con 
él, y así ha de ser siempre esta armonía humana. 

Cuando cese esta guerra espantosa, las muje- 
res, necesariamente, seguirán cubriendo las ba- 
jas de los hombres, ocupando infinitos vacíos que 
dejó la muerte, sustituyendo a los innumerables 
inválidos de la hecatombe, ayudando a los su- 
pervivientes en la enorme obra de la reconstitu- 
ción de sus patrias, hechas pavesas y escombros. 
Nuestro sexo, a pesar de su atrofia secular, in- 
evitablemente hereditaria, seguirá sustituyendo 
al otro sexo en todas las manifestaciones de la ac- 

171 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

tívidad humana, y sustituyéndole — según refe- 
rencias — no con desventaja, sino con aptitudes, 
para improvisadas, asombrosas. 

Así, no sólo no es ya lícito — no lo fué nunca — , 
sino que no es racionalmente posible, hablar de 
la inferioridad de la mujer. Y descartada su ca- 
lumniosa inferioridad espiritual, es un crimen de. 
lesa justicia proceder, social o legalm^te, como 
si tal inferioridad existiera. 

Siglos hace que en la patria de Isabel la Ca- 
tólica y de Teresa de Jesús no era licito afirmar 
tal interioridad, y ya dije en otra ocasión que 
«con Santa Teresa se incorporó triunfalmente la 
mujer a la vida intelectual del mundo», y demos- 
tré con palabras de la excelsa doctora que la San- 
ta puso plena conciencia en esta asociación del 
sexo a la vida espiritual colectiva (1). 

Reconocida por indubitable la no inferioridad 
de la mujer repecto al hombre, creo asimismo de 
justicia reconocer la no identidad de facultades 
morales y sensitivas, es decir, el predominio 
afectivo en toda la vida espiritual femenina res- 
pecto al otro sexo. 

Así — cifiéndome a nuestras mujeres — entien- 
do yo que todas^las egregias españolas que llega- 
ron a las cumbres de la inmortalidad, no llegaron 
a ellas a pesar de ser mujeres, sino precisamente 



(1) Influjo de la Mística, de Santa Teresa singular- 
mente, sobre nuestro grande arte nacional, página 24, 
texto y nota. 

172 



LA MUJER MODERNA 

^^^^— ^M^ ■ I » ■■Illa I II — ^— — ^— — ^^M^M»^^^»^»-^— 11 I I I ■ I I l| I ^■^■^—11 ■■■■!-■- -■ MI n i I ■» I ■ I ■ ^^»^— I M ^^^»<^M ■ mM 

por serlo — y aquí entra la identidad entre femi- 
nidad y feminismo — ; porque en la mujer la vida 
intelectual es mucho más una que en el hombre 
con la vida afectiva; asi todas las ideas tienen en 
ella raíces de amor y floración de belleza, y el ra- 
zonar femenino tiene siempre hervores e ímpetus 
de afecto y lumbres de fantasía, lo cual no es 
defecto ni flaqueza, sino virtud y poder doblados; 
porque pensar que arraiga en el sentir, nace ani- 
mado de calor de humanidad, de sentido de justi- 
cia, de poder de acción y de vida. Y con las alas 
de fuego del amor (del amor a Dios, del amor de 
patria, del amor de caridad, del amor a la belle- 
za), lá mujer, condicionada para toda alta em- 
presa mental, aunque no preparada ni educada 
para ella — antes apartada tercamente de todo 
estímulo y actividad del entendimiento — , se alzó 
tríunfalmente a las más excelsas cumbres y pro- 
bó con el hecho lo que la ley (no el derecho) y 
la fuerza le negaban. Así Concepción Arenal fué 
tan alta doctora en4^enalismo, por lo que Santa 
Teresa (aparte la santidad) fue tan gran maes- 
tra en Mística, porque la raíz de la ciencia en la 
Arenal era caridad, amor, y la raíz de la alta 
ciencia y de la soberana poesía de Santa Teresa 
era el amor a Dios y al prójimo, y no hay cien- 
cia como la cienqia de amor aprendida por alma 
de mujer. Y como somos semejanza de Dios, pue- 
de decirse, en pequeño, de toda empresa que el 
amor inspira, lo que Teresa de Jesús dijo de las 
palabras de Dios: *que tienen Juerea de obra*. 

173 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

He aquí el secreto de que toda idea y propósito 
de mujer tenga fuerza de obra, que arraiga 
siempre en amor, y el amor es el padre de la 
acción y de la vida. 

Esta diversificación de facultades, que origina 
una diversificación de aptitudes, determina ya 
por sí las distintas actividades y actuaciones a 
que han de aplicarse con preferencia, respectiva- 
mente, hombres y mujeres. (Nótese que digo con 
preferencia y no con exclusivismo.) A esa natu- 
ral diferenciación — cualitativa, no cuantitativa, 
que no supone superioridad ni inferioridad, sino 
diferencia armonizable — , a ese predominio de la 
afectividad, que predestina a la mujer a su alta 
misión de esposa y de madre, que el Cristianis- 
mo ha levantado a la más excelsa cumbre moral, 
han de someterse y adaptarse preferentemente 
los destinos y actividades de la mujer. Claro es 
que la mujer ante todo ha de ser madre; pero ni 
los deberes de la maternidad absorben entera la 
vida de la mujer, ni excluyen, antes exigen, el 
mayor cultivo del espíritu, ni todas las mujeres 
son madres. Hay una verdadera multitud de mu- 
jeres solteras, un gran número de viudas, obli- 
gadas todas a luchar por la vida, por su vida 
y por la de los suyos, y a tales mujeres, noble- 
mente trabajadoras, a veces luchadoras heroi- 
cas, mártires de abnegación^ es iniquidad ce- 
rrarles los caminos, depreciarles la labor, con- 
tradecirles los méritos, regatearles la tabla en 
el naufragio o el laurel en la noble lid iptelec- 

174 



LA MUJER MODERNA 

tual por el grave delito de haber nacido mujeres. 

No sólo por utilitarismo — que no existimos 
únicamente para lo que el mundo llama útil — , 
no sólo por misericordia, sino, como ha dicho la 
gloriosa condesa de Pardo Bazán, ^poríjue es 
justo» , deben abrirse a la mujer los nobles cami- 
nos de la acción social, intelectual y estética. 

¿Legisladoras? ¿Administradoras de intereses 
públicos? ¿Por qué no? Ya nuestras fundadoras 
excelsas, desde Santa Teresa a Ernestina Manuel 
de Villena, probaron sus dotes sociales, legislati- 
vas y económicas. */Magna legífera!* — ¡Magna 
legisladora! — llamó León XIII a Teresa de Je- 
sús, entusiasmado ante la sabiduría que dictó las 
Constituciones y consejos a sus monjas. Y en 
cada familia — y de familias se componen las na- 
ciones — , ¿no es la mujer administradora y hacen- 
dista admirable? 

En el gran concierto humano, la complicada 
vida moderna necesita de todos los brazos y de 
todos los cerebros; la distribución del trabajo se 
impondrá por fuerza de las circunstancias y en 
razón de las aptitudes y de los méritos individua- 
les. Lo que por el momento importa es deponer 
absurdos prejuicios y reconocer de hecho a la 
mujer prerrogativas sociales, que de derecho le 
corresponden por su jerarquía espiritual, en nada 
inferior a la de la otra media humanidad. 



XXII 

EL TRIUNFO DEL FEMINISMO ES INEVITABLE 
DR FRANCISCO LARGO CABALLERO 



PARA un socialista, el feminismo ha de ser una 
de tantas reivindicaciones a que aspira su 
parado, el cual tiene en su programa la igualdad 
de derechos políticos y civiles para todos los ciu- 
dadanos de ambos sexos. 

Yo, por mi parte, en un principio acepté este 
aspecto del problema social por puro sentimenta- 
lismo, sin estar en absoluto libre de los prejuicios 
corrientes entre los que aceptan sin examen las 
teorías de Mocbius, pero hoy es en mí una con- 
vicción profunda la justicia de la aspiración de la 
mujer a intervenir efectiva y directamente en la 
Tida de la nación, y en la cual ella desempeña 
una función acaso superior a la del hombre, y que, 
a pesar de todas las oposiciones, va siendo una 
realidad. 

177 

12 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

Es, a más de injusto, absurdo el que las leyes 
penales y civiles obliguen a la mujer a su cum- 
plimiento so pena de ser juzgada sin ningún ate- 
nuante, y, en cambio, no se la permita cooperar a 
su confección. 

Es inhumano negar a la mujer el derecho a in- 
tervenir en la obra legislativa de carácter social 
cuando por el inevitable desarrollo y perfecciona- 
miento de los instrumentos de trabajo y por la es- 
tructura económica del régimen capitalista, cada 
día es mayor el número de las que se incorporan a 
los que trabajan en la industria, en el comercio, en 
la agricultura y hasta en las profesiones liberales. 

Es una enormidad impedir a la mujer su inter- 
vención en la obra de fijación y distribución de los 
impuestos y arbitrios y obligarla a que contribuya 
a sostener las cargas económicas del Estado. 

Es hasta criminal obligar a la madre a entregar 
a sus hijos para la prestación del servicio militar 
y no facilitarla el modo de que influya directa- 
mente para que este sacrificio sea realizado por 
todos dentro de la mayor equidad y justicia. 

Considero pueril querer sostener, hoy, que las 
condiciones morales y de capacidad mental para 
la dirección política y administrativa, y especial- 
mente esta última, de la nación son inherentes a 
uno solo de los sexos, pues la historia nos ha en- 
señado que no siempre ha sido el hombre el guía 
y arbitro de los destinos del Estado y de la fami- 
lia, como lo demuestra la preexistencia del dere- 
cho materno y del matriarcado. 

178 



LA MUJER MODERNA 

La teoría de la inferioridad mental de la mujer, 
de Moebius, y su afirmación de que aquélla sólo 
debe ocuparse de parir y cuidar de sus hijos, está 
siendo muy desvirtuada por los hechos, y éstos 
nos están demostrando que la diferencia de con- 
diciones morales e intelectuales de la mujer con 
relación a las del hombre no es absoluta, sino tan 
relativa como la que existe entre los hombres mis- 
mos, y que en su mayor parte es, más que natural, 
producto de un sistema social que tiene por base 
la desigualdad de los medios para el fácil desarro- 
llo de las condiciones naturales del individuo. 

El triunfo del feminismo es inevitable, y será 
más inmediato cuanto mayor sea el progreso in- 
dustrial y económico de las naciones, siendo com- 
pleto al verificarse la ineludible transformación 
del régimen individualista actual en otro socialis- 
ta; pero considero indispensable para preparar y 
capacitar mejor a lá mujer, a fin de que la transi- 
ción no sea tan violenta, el que reciba upa educa- 
ción integral, tanto intelectual como física y has- 
ta práctica, dándole acceso a todos los centros de 
enseñanza y cultura, incluso a las Escuelas de Ar- 
tes y Oficios. 



XXIII 

RUISEÑOR EN JAULA 

DE F. GÁRCÍASANCHÍZ 



LEO con mucho interés, querido y admirado^ 
Gregorio, sus artículos de ^ ^ C^ en que se 
trata de conceder a las n. jjeres todos ios dere- 
chos sociales que el hombre monopoliza, que ha 
usurpado tal vez. Es admirable su campaña, pero 
yo la encuentro un poco inactual. ¿Me permite 
usted una observación? Condensaré mi razona- 
miento en breves palabras. Antes de otorgar a las 
mujeres la igualdad con el hombre, procuremos 
elevar a las españolas a la dignidad de la fémina 
europea. Es decir, que sean mujeres la nuestras. 
Porque, y debido a la torpeza y la brutalidad va- 
ronil, puede afirmarse que la mujer española vive 
en la mayoría de los hogares como bestezuela do- 
méstica, y no siempre en calidad de bichito de lujo, 
como un ruiseñor en una jaula. Y lo peor es que 

181 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

nacen ya las españolas con una heredada resigna- 
ción, decididas a la esclavitud, sin tan siquiera al- 
bergar propósitos de rebeldía en el fondo del alma, 
ese alma que casi no existe por falta de cultivo. 

El español suele ser ignorante, despótico, vani- 
doso y hasta cerril. Los escritores facilitaron la 
excusa gallarda y pintoresca de tanta plebeyez 
con el abolengo árabe, de que se enorgullecen los 
hidalgos, y con las caballerescas metafísicas cal- 
deronianas. Este salvaje presumido, que abunda 
en la Península, necesita ejercer su cacicazgo en 
su casa para vengarse de los caciques que sopor- 
ta en la oficina, la calle y el círculo. En las pro- 
vincias del Sur puede analizarse el fenómeno con 
toda prolijidad. Gobierna allí como un virrey un 
personaje de campanillas, que no se destaca por 
su talento ni por sus virtudes. El triunfo de la 
majeza vestida de levitt y condecorada con va- 
rias cruces^ Luego hay el rebaño obediente, su- 
miso, cobarde. Cada uno de esos borregos, que 
obedecen al pie y la pedrada del falso pastor, se 
convierte en leoncíto así que entra bajo el techo 
familiar. Y sus esposas, que son buenas, dulces, 
limpias de pecado, soportan al tirano^ ridículo y sin 
dignidad personal. Yo quiero creer que se humi- 
llan por grandeza de alma, que aceptan el marti- 
rio en nombre de Dios y de los hijitos, o, si no, 
que se hallan amedrentadas, o que son de una 
ignorancia absoluta. ¿Cómo no rechazar la idea 
de que la mujer, reflejo del cielo en la tierra, se 
acomode a la complicidad con el marido que no se 

182 



LA MUJER MODERNA 

rebela de que le marquen con un hierro en la es- 
palda, de que lo utilice un pirata legal para sus 
correrías afrentosas, criminales? 

Cada vez que se habla de expansión española 
por el mundo, se recuerda a quien aconseja la 
conquista que antes deberíamos colonizar los de- 
siertos de la patria. ¿No cree usted, mi ilustre 
amigo Gregorio, que ocurre lo mismo en esto del 
problema de la mujer? Debemos conseguir prime- 
ramente que las españolas se percaten de su con- 
dición de criaturas humanas, y luego vendrá como 
feliz consecuencia la rebeldía femenil en contra 
de los tiranuelos absurdos. Una vez me pregun- 
taba una muchacha inteligente y discreta que por 
qué la mayoría de los hombres se apartan de las 
mujeres cultas. «Amiga mía—la respondí—, por 
temor al fracaso; porque ya no podrían sostener 
su arbitraria superioridad, porque son tontos y no 
son puros de corazón.» Es preciso que la mujer 
española sea algo más que una máquina incuba- 
dora o un ama de llaves, que adquiera los privile- 
gios debidos a su sensibilidad, sin que se achaque 
a histerismo la ternura, el talento, las vagueda- 
des del espíritu. Y es preciso también que deje de 
vivir encerrada en su calabozo, y que acabe en 
nosotros la constante afrenta mental de suponer 
a nuestra compañera siempre al borde de todas 
las flaquezas y claudicaciones... 

Señor apóstol Martínez Sierra, perdone usted 
mi intervención; pero me parece que usted tra- 
taba de dar el voto a quien aún no tiene voz. 



/ 



XXIV 

PUESTO QUE LA MUJER DEBE CUMPLIR LA LEY, 
DEBE CONTRIBUIR A FORMARLA 

DB PEDRO DE RÉPIDE 



ES indudable que la tradicional educación de la 
mujer española, y la situación que entre nos- 
otros se la depara por un atávico prejuicio musul- 
mán, pueden dañar en su principio el reconoci- 
miento y la práctica de los derechos femeninos a 
que usted se refiere en su cuestionario. 

Pero ello no debe ser obstáculo para que se rea- 
lice la incorporación de las mujeres a la vida 
pública, ya que, como usted afirma muy bien, la 
mujer se halla sujeta a la ley tan estrictamente 
como el hombre. Y debe, por lo tanto, contribuir a 
la formación de la ley, pues que se halla obligada 
a cumplirla. 

La administración municipal es tarea esencial- 
mente femenina. Hombres que se considerarían 

186 



G. MARTÍNEZ SIERRA 



ofendidos si en su propia casa se les quisiera en- 
cargar de tales menesteres como la limpieza, el 
avituallamiento y todo el cuidado del buen orden 
doméstico, afánanse, en cambio, por dedicarse a 
estas mismas labores ampliadas al servicio de sus 
convecinos. 

La intervención de la mujer en los asuntos de 
Estado yo no sé si traería, como usted pregunta, 
un elemento de moralidad y de sentido práctico, 
porque en estas cualidades allá se van hombres y 
mujeres como formados que son del mismo fragi. 
lísimo barro. Hasta ahora no se conoce el sistema 
más que viendo en la historia reinas al frente de 
los pueblos, y unas veces ha resultado bien y otras 
mal, lo mismo que cuando ha gobernado un rey en 
vez de «una reina hembra», como se dijo una vez 
en las Cortes. 

Eli cuanto al medio que usted demanda para la 
capacitación y preparación de la mujer ante su 
nueva tarea de intervención en la vida pública, 
me parece necesaria una educación racional y 
libre de prejuicios. Lo mismo en las mujeres que 
han de colaborar en la obra gubernamental y ad- 
ministrativa, que en los hombres que han de tener- 
las al lado y en los que han de ser gobernados y 
administradas por ellas. 



XXV 



COMPAÑERA DSL HOMBRE 



DE MA TILDE G, DEL REAL 



EL feminismo, cuyo triunfo — en los países la- 
tinos particularmente— parecía tan lejano 
hace algunos aflos, ha hecho un avance tan for- 
midable desde el comienzo de la guerra, que has* 
ta los espíritus más apocados y pusilánimes lo ad- 
miten ya, si no como cosa deseable, por lo menos 
como posibilidad. 

Las feministas extranjeras dicen que es triste 
el que su causa se haya ganado a costa de tan- 
tos sufrimientos y tantas lágri.aas. Sin duda han 
olvidado que es ley de la Humanidad^ el que sus 
grandes ideales, lo mismo que sus individuos, ten- 
gan que venir a la vida entre lágrimas y dolores. 
Pero, como decía nuestra insigne feminista Con- 
cepción Arenal, «el dolor santifica y ennoblece 
todo lo que toca» . 

187 



G. MARTÍNEZ SIER.RA 

¿Existe —me pregunta usted— oposición esen- 
cial entre Jeminidad y Jeminismo? Eso depende 
del sentido que se dé a las palabras. 

Si llamamos feminidad a la coquetería, a la frí- 
Tolídad, a la inconsciencia de los deberes y resr 
ponsabilidades que la Naturaleza y la vida impo- 
nen a la mujer... ^nionces Jeminidad y femi- 
nismo son términos incompatibles. 

Pero si entendemos por feminidad el amplio y 
armónico florecimiento de todas las energías y 
cualidades espirituales y físicas con que el Crea- 
dor ha dotado a la mujer —sin excluir la más 
excelsa de todas, el instinto de conservación y 
defensa de la especie, sublimizado en el amor 
maternal—, en este caso el sentido de ambas 
palabras es casi idéntico. 

Si la mujer no puede intervenir en la elabora- 
ción o modificación de las leyes de protección a 
la infancia, ¿cómo podrá defender la salud y la 
vida de sus hijos pequeños y del niño en general? 

Si cuando mayores no tiene medios para im- 
pedir que la ambición de un tirano o la exalta- 
ción de un fanático los lleve a perecer en gue- 
rras inicuas o inútiles; si no le es dado evitar que 
un padre pródigo o poco acertado en los asuntos 
los arruine; si ni siquiera puede ostentar la pa- 
tria potestad más que a costa de la muerte de su 
marido..., en todos estos casos, ¡cuántas veces 
se sublevará su espíritu contra esas leyes injus- 
tas, sin comprender que no serán justas para ella 
y sus hijps hasta que ella misma no coopere con 

188 



LA MUJER MODBRNA 

el hombre a su elaboración y modificaciónl Ade- 
más, que, como usted dice con mucho acierto j 
espíritu de justicia, el que no contribuye a elabo- 
rar una ley no debe estar sometido a ella. 

Pienso» como usted, que la administración y or- 
ganización de muchos de los servicios municipa- 
les es cosa muy femenina^ para usar el lenguaje 
corriente. Por eso el voto municipal y el cargo de 
concejal podrían desde luego ser otorgados a al- 
gunas mujeres, destinándolas luego a aquellas 
Comisiones y servicios más análogos a sus actua- 
les ocupaciones; los mercados, la beneficencia, 
etcétera, nada perderían con ser dirigidos y admi- 
nistrados por mujeres. 

En cambio, no creo que por ahora la interven- 
ción de la mujer pudiese influir grandemente en 
moralización de los servicios del Estado. Estoy 
convencida de que la mitad de las veces, por lo 
menos, que un hombre prevarica es por culpa de 
una mujer. Sin embargo, yo no me opondría, si 
de mí dependiera, a que fuese una mujer la que 
desempeñara, por ejemplo, el ministerio de Ha- 
cienda o el de Abastecimientos si se cree que tan 
inútil organismo debe subsistir. 

—¿Qué medios— dice usted — podríamos emplear 
para capacitar a la mujer española para las nue- 
vas tareas que bien pronto habrá de tener que 
desempeñar por ley ineludible del progresor 

En primer lugar, creo que es la misma mujer la 
que debe capacitarse por medio del estudio y el 
trabajo; y demostrando prácticamente, como han 

189 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

hecho sus hermanas de otros países, que sabe ha- 
cer bien las cosas que se le encomiendan. Des- 
pués, que todos los que, como usted, son entusias- 
tas de esta noble causa continúen prestándole su 
apoyo en el libro, en el periódico, por medio de 
cursos y conferencias en que se traten seriamente 
los asuntos relacionados con el mejoramiento so- 
cial de la mujer. 

Esto, unido al ejemplo de las naciones en que el 
triunfo del feminismo es ya un hecho, nos hace 
esperar para el porvenir días de paz y de ventu- 
ra, en que la mujer, investida por fin de sus dere- 
chos civiles y políticos, pero siempre amante com- 
pañera del hombre, pueda colaborar con él en 
todas las obras de resurgimiento y cultura de 
nuestra querida patria. 



XXVI 



PARA TERMINAR.- UN POCO DE HISTORIA 



YA qtie han podido ustedes leer y meditar la 
opinión de unos cuantos ilustres compatrio- 
tas sobre la tan debatida cuestión del sufragio 
femenino, quiero, bajando del monte de la medi- 
tación al llano de la realidad, hacer para ustedes 
un poco de historia y responder a la pregunta 
que acaso muchas de ustedes formulan antes de 
cerrar este libro: ¿Qué se ha conseguido ya en el 
mundo en este sentido? ¿Cuándo y cómo se han 
dado, se han ganado y se han perdido las batallas 
en favor de nuestro derecho? Aquí van unas cuan- 
tas fechas y unos cuantos nombres, que pueden 
servir a ustedes, a modo de programa, para un 
estudio más completo de la cuestión. 

La palabra «mujer» resume una larga historia 
de dependencia y de subordinación injusta, de las 
cuales Ja mujer de hoy se va emancipando gra- 
dualmente, al menos en la civilización occidental. 

191 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

El movimiento llamado «feminista» no es, en 
realidad, más que una lucha para lograr que se le 
reconozca igualdad de «responsabilidad» y de 
«derechos» con el hombre. Esta «igualdad» no 
excluye la aceptación «voluntaria» de ciertas re- 
laciones y condiciones particulares, no de subor- 
dinación^ sino de especiali sacian, bajo la forma 
de asociación en el matrimonio. 

El concepto total de la posición de la mujer en 
la vida social y su capacidad para tomar parte en 
el trabajo del mundo^ han cambiado radicalmente 
en el siglo xix. ¿Por qué? En primer lugar, a me- 
diados del siglo aumenta en grandísima propor- 
ción el número de mujeres. En segundo, la in- 
vención de las máquinas, y en especial la de la 
máquina de coser —que empieza a usarse de un 
modo general hacia 1840 — sacan del hogar casi 
todo el trabajo que la mujer realizaba en él ex- 
clusivamente. Hay, pues, muchísimas más muje- 
res que nunca — en proporción al número de hom- 
bres— y tienen muchísimo menos que hacer. La 
mujer tiene tiempo para pensar, para reflexionar 
sobre la vida y sobre sí misma: todo el que medita 
ensancha su conciencia, y la conciencia, al per- 
feccionarse, ineludiblemente exige más obligación: 
esto es lo que se llama hambre y sed de justicia. 

Este impulso, tan inevitable como una ley na- 
tural, ha hecho salir a las mujeres que se habían 
quedado «sin obligaciones domésticas» fuera del 
círculo de sus hogares en busca de «justicia 
social». Pero al querer empezar la lucha y el tra- 

192 



LA MUJER MODERNA 

ba]o, se han encontrado sin armas y sin medios. 
Les faltaba saber y les faltaba poder. Por eso la 
reivindicación femenina tiene dos clamores: pide 
la educación^ el arma moral, j pide el derecho al 
voto, el arma material. 

Los dos países verdaderamente libertadores de 
la mujer han sido Inglaterra y Norteamérica. 

Entre las fechas de importancia para el triunfo 
femenino en su lucha por el saber deben ustedes 
recordar las siguientes: 

1848. Se funda el Queen^s College (Institución 
especial para enseñanza de mujeres) en Ingla- 
terra. Fundador, Frederick Denison Mauríce« 

1849, Elizabeth Blackwell se gradúa de mé- 
dico en el Colegio Médico de Geneva (Estados 
Unidos de América), después de reñidísima lucha. 
(Véase su viáa escrita por ella misma.) 

1859. Esta misma valerosa mujer es admitida 
en el Registro Médico de la Gran Bretaña. 

1865. Miss Garret Anderson obtiene el título 
y el diploma de la Sociedad de Farmacéuticos de 
la Gran Bretaña. 

1876. Se aprueba la ley concediendo a los 
Cuerpos Examinadores británicos el derecho a 
conferir todos sus grades y títulos sin distinción 
de sexos. 

1908. El Real Colegio de Médicos y Cirujanos 
de la Gran Bretaña decide admitir en su seno a las 
mujeres, en perfecta igualdad con los hombres. 

De aquí en adelante, en el campo del saber y el 
trabajo profesional ya no hay discusiones. 

193 

it 



G. MARTÍNEZ SIBRRA 

Lo extraño es ya, no que las mujeres ocupen 
una esfera cualquiera de actividad, sino que exis- 
ta alguna de la cual estén excluidas. ' 

Lucha por el poder ^ es decir, por el voto, que 
es la única forma de ejercerle, dentro del actual 
sistema de Gobiernos parlamentarios. 

Empieza el movimiento a mediados del si- 
glo XIX, aunque ya en Inglaterra se habían publi- 
cado dos libros, c^ue se pueden llamar precurso- 
res: uno en 1697, Serious proposqls to ladies^ 
por Mary Astell, y otro en 1790, Vindication oj 
the rights of warnen, por Mary Wollstonecraft. 

1857! Se forma la primera Asociación política: 
Shejfield Jemale Politicol Association, 

En Julio del mismo año, Mrs. }onh Stuart Mili 
pública un artículo «feminista» en la Westminster 
Revue, 

1858. Se. funda el periódico La Mujer In- 
glesa. 

Esta es la que puede llamarse era de prepara- 
ción. 

1865, John Stuart Mili (autor de La esclavi- 
tud Jemenina^ libro que todas las mujeres deben 
leer y meditar), es elegido diputado por West- 
minster y coloca el sufragio femenino en el pro- 
grama de su candidatura. 

1867. John Stuart Mili presenta la primera 
petición en favor del sufragio femenino ante la 
Cámara. 

1870. Se funda el periódico feminista ÍFom^n's 

Sujfrage Journal, 

194 



LA MUJER MODERNA 



Hasta 1906 se hace un trabajo político, al pare- 
cer ineficaz. Las proposiciones en favor del sufra- 
gio femenino que se presentan en todas las legis- 
laturas a la consideración de la Cámara británica 
son rechazadas invariablemente. 

De 1906 a 1910 la lucha adquiere nuevos des- 
arrollos. Las mujeres continúan la propaganda 
constitucional; procurando influir sobre los repre- 
sentantes del país; pero apelan además a otros 
medios: organizan meetings, interpelan a los mi- 
nistros liberales, organizan metódicamente una 
serie de disturbios y alteraciones de orden público 
que han hecho famoso en el mundo entero el títu- 
lo de «sufragista». Miss Christabel Pankhurst y 
miss Annie Kennev son multadas en Mancbester 
en 1906 por sus trabajos de propaganda, y enton- 
ces las mujeres deciden hacer oposición sistemá- 
tica e incesante al Gobierno, sea cual sea, hasta 
que cualquier partido acepte oficialmente la reso- 
lución de conceder el. voto a las mujeres. Se deci- 
den dos formas de oposición: 1.^ Campañas con- 
tra los candidatos del Gobierno, sean quienes fue- 
ren, y 2.* Comisión incesante de pequeños delitos 
que atraigan la mayor atención posible sobre la 
causa de la emancipación femenina. Esta lucha^ 
al parecer extraña y desconcertante, dura en la 
Gran Bretaña hasta la declaración de la guerra 
en 1914. 

En América el feminismo ha adoptado otros 
métodos, porque desde el momento mismo de la 
colonización, la mujer ha sido compañera del hom- 

195 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

bre en el trabajo y ha ganado por esto una gran 
consideración en el concepto de su «asociado». El 
alborear de la «conciencia política» de la mujer 
americana se encuentra en los manifiestos de Abi- 
gail Addams (mujer del presidente John Addams), 
de Mercy Otis Warren y de Hannah Lee Corin, 
que piden que la mujer —ya que paga impuestos 
lo mismo que el hombre— tenga representación 
directa en el Parlamento. 

1869. Se funda en New- York la National 
Women's Suffrage Associatiofiy y en Cleveland 
la American Woman^s SuJJrage Association, 

Estas dos Asociaciones se unen en 1890 y cons- 
tituyen la National American Woman^s SuJ- 
Jrage Association^ de la cual, desde 1900, es pre- 
sidenta Miss Chapmann Catt. 

En 1902 se funda el organismo que más eficaz- 
mente ha trabajado en favor del sufragio feme- 
nino: La Alianza Internacional para el Sufra- 
gio Femenino (International Woman^s SuJJrage 
Alliance). 

1907. Se funda ea Bruselas el periódico Jus 
SuJJragiiy órgano de la Alianza. 

El primer país que otorga a las mujeres el de- 
recho al voto es Nueva Zelanda, en 1893. Siguen 
los Estados de Australia, de los cuales el primer 
Estado (Sur Australia) le concede en 1894 y el 
último (Victoria) en 1908. 

Estados Unidos de América. —El primer Esta- 
do que concede el voto a la mujer es el de Wyo- 
ming, en 1869. 

196 



LA MUJER MODBRNA 

f 

En Finlandia se concede en 1906 el sufragio 
universal para todos los ciudadanos mayores de 
veinticuatro años, y hay 19 mujeres miembros de 
la Dieta. 

En Noruega, desde 1907 votan las mujeres que 
pagan un cierto impuesto sobre la renta. Después 
de la guerra, que ha demostrado indudablemente 
la capacidad de la mujer para la vida pública y 
el trabajo social, se han conseguido los resultados 
siguientes: 

Dinamarca e Islandia conceden el voto a la 
mujer en 1915. 

La Revolución rusa incluyó la extensión del 
voto a la mujer en su Asamblea Constituyente, y 
la segunda Revolución la iguala en absoluto en 
derechos políticos con el hombre. 

El Reino Unido de la Gran Bretafia e Irlanda 
concede el derecho al sufragio a la mujer en 1918. 
La primera mujer elegida miembro del Parla- 
mento es lady Astor. 

Este mismo año de 1918 da el voto a las muje- 
res del Canadá, y por efecto de la Revolución se 
e concede también a las mujeres de Alemania, 
Austria, Hungría, Polonia y Checoeslovaquia. 

En 1919 le otorgan Succia y los Países Bajos. 

En los Estados Unidos de América, 35 Estados 
(en ellos votan ya las mujeres) se han adherido a 
la reforma; la Constitución exige que sean 36 los 
que hayan tomado esta resolución para que la 
adopte la Federación toda. Poco falta, pues, para 
el triunfo completo. 

197 



G. MARTÍNEZ SIERRA 

Hasta ahora ningún país latino ha adoptado la 
reforma. Las dos Cámaras del Parlamento italia- 
no han aprobado ya la ley; pero el Parlamento se 
disolvió antes de que el rey hubiese puesto su 
firma. De todos modos, es de esperar que pronto 
sea un hecho. 

En España, como ustedes saben, empieza a agi- 
tarse la opinión en este sentido. La AlianBa In- 
ternacional para el Sufragio de la Mujer estará 
celebrando en Ginebra su octavo Congreso en el 
momento en que se imprima este libro. Por pri- 
mera vez estará nuestra patria representada por 
unas cuantas mujeres en una reunión de esta ín- 
dole. Esperemos que este paso adelante sea pre- 
cursor de nuevas, eficaces y fecundas actividades 
femeninas en esta patria nuestra, en que hasta los 
hombres están un poco dormidos ante los proble- 
mas y las orientaciones de la vida nueva, que im- 
periosamente se imponen en el mundo. 



FIN 



Índice 



¿ÍCL 

Pi6logo 7 

I. — BI feminismo y la Bspafia que piensa, ... 11 

n. — La política, que, én resnmidas cuentas, es 
el buen gobierno de una casa grande, 
debe ser negocio ezclnsiyamente feme« 
niño. — Opinión de Armando Palacio 
Valdés 17 

m. — El gobierno de las mujeres. -^Fragmentos 

de Armando PálAcio Valdés 23 

IV.— -Acerca del feminismo. — Opinión de Julio 

Cejador 53 

V. -*Como mujer la enidaron y para que como 

mujer hablase « '..... 71 

VI.— Opinión de un gran novelista (Ricardo 
León), que es al propio tiempo fer- 
viente católico 77 

Vn.—- Hágase lo justo porque es justo. Si es o 
no es conveniente, se verá después»*— 
Opinión de la Bzcma. Sra. Condesa de 
Pardo Basan 88 

201 



í N D I C ] 

Págs. 

Vni. — El peligro de la incultura y de la volun- 
tad ineducada. — Opinión de Gómez Sa- 
quero 91 

IX.— La inmoralidad de la influencia oculta.— 

Opinión de M. Linares Rivas 97 

X. — Lo único que pedimos. —Opinión de Ma- 
ría de Maeztu 103 

XI. — Obras son amores y no buenas razones.— 

Opinión del Sr. Alcalá Zamora 109 

XII.— Feminidad y feminismo. — Opinión de Ra- 
miro de Maeztu ....• 115 

Xm.— El feminismo es la libertad del hombre. — 

Opinión de Luis Araqulstain 123 

XIV. — Un político militante es partidario deque 
la mujer interrenga directamente en la 
gobernación del Estado. — Opinión de 

D. José Francos Rodríguez 129 

XV.— Hay que desbarbarízar al hombre,— Opi- 
nión de Alberto Insúa 137 

XVI. — La mujer-persona. —Opinión de Concep- 
ción Sáiz 143 

XVII. — Educarla, educarla, educarla...— Opinión 

de Rafael Altamira 147 

^Vni. — A mayor libertad, mayor virtud. — Opi- 
nión de Luca de Tena. . . . « 149 

XIX. Una mujer anti-feminista.— Opinión de 

* 

Carmen Rojo 157 

202 



í N 



Págs. 



XX. — Es imposible negar la igualdad. — Opinión 

de Luis de Zulueta 163 

XXI. — Acción^ no palabra.— Opinión de Blanca 

de los Ríos de Lampérez 167 

XXII. — El triunfo del feminismo es inevitable. — 

Opinión de Francisco Largo Caballero . 177 
XXin. — Ruiseñor en jaula. — Opinión de F. García 

Sanchíz 181 

XXIV. — Puesto que la mujer debe cumplir la ley, 
debe contribuir a formarla -—Opinión 

de Pedro de Répide 185 

XXV. — Compañera del hombre. — Opinión de Ma- 
tilde G. del Real 187 

XXVI, — Para terminar. — Un poco de historia. . . . 191 



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GOZOS DEL DOLOR DE AMOR , por Ricardo 
León, de la real academia española. 

BREVIARIO DE UN AÑO, por Eduardo Marquina. 

VIAJE SENTIMENTAL, por G. Martínez Sierra. 

EL REY BALTASAR, por Leopoldo Alas (clarín). 

LA VENTA DE LOS GATOS, por Gustavo Adolfo 

BéCQUER. 

CREO EN DIOS, novela por Antonio de Trubba. 

NAVES EN EL MAR. novela por Concba Espina. 

LA PRINCESA SIN CORAZÓN, por Jacinto Bena- 
ventb, de la real academia española. 

A LA LUZ DE LA LUNA, por S. y J. Alvarez 
Quintero, de la real academia española. 

MADRID, guía sentimental por Azorín. 

LUCERO DE NUESTRA SALVACIÓN, auto reli- 
gioso POR Inocencio de Salceda, y otras poesías a 

LA PASIÓN Y muerte DE CRISTO. ILUSTRACIONES DS AL- 
BERTO DURERO. 

LA RECOMPENSA, novela por Jacinto Octavio 
Picón, de la real academia española. 

PORQUE SÍ, POR Manuel Linares Rivas, de la 

REAL academia ESPAÑOLA. 

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A. DE Alascón, de la real academia española. 

LAS GUITARRAS MÁGICAS, selección de can- 
tos POPULARES ESPAÑOLES RECOGIDOS T ORDENADOS POR 

Francisco Rodieíguez Marín, de la real academia 

ESPAÑOLA, director DE LA BIBLIOTECA NACIONAL. 

MEDITACIONES, por Antonio de Hoyos y Vinent. 
HUMORADAS, por Ramón de Campoamor. 

EL HERMANO, por Alfonso Daudet. traducción 
DE G. Martínez sierra. 

DESENGAÑO, novela por Doña María de Zayas. 
LEVE DISCUSIÓN CON UNA MOMIA, por Ed- 

GARD POE. traducción DE MANUEL ABRIL. 

EL NIÑO PRODIGIO, novela por Santiago Ru- 

SIÑOL. 

LA REINA DE LAS NIEVteS. novela por Ander- 

SBN. TRADUCCIÓN DE C. RTVAS CHBRIF. 

LOS CIEGOS, POR Mauricio Maeterlink. traduc- 
ción DE G. MARTÍNEZ SIERRA. 

CUENTO DE VACACIONES, novela por Carlos 

DiCKENS. TRADUCCIÓN DE C. RIVAS CHERIF. 

MÁXIMAS Y REFLEXIONES, por Rafael Alta- 
mira. 

LO QUE VIO LA LUNA, por Andersen. traduc- 
ción DE C. RIVAS CHBRIF. 

NUESTRA SEÑORA DE LOS OJOS VERDES, por 
E. Gómez Carrillo. 

LAS HOGUERAS DE CASTILLA, por Antonio de 
Hoyos y Vinent . 

ZOOLOGÍA PINTORESCA, por Alfonso Hernán- 
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JARDÍN DE PRINCESA, por Pedro de Répide. 
LOS RUBAYATA, por Omar Khayam. traducción 

DE G. MARTÍNEZ SIERRA. 



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SIERRA. ILUSTRACIONES DB FONTANALS. 

SUEÑOS DE LAS ESTACIONES, de G. D'Annun- 

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FONTANALS. 

FANTASIO. EJL CANDELERO, de Musset. traduc- 

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NO HAY BURLAS CON AMOR. LA NOCHE VE- 
NECIANA, DE MVSSBT. TRADUCCIÓN DB G. MARTÍNSZ 
SIBRSA. ILUSTRACIONES DE FONTANALS. 

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DUCCIÓN DB G. MARTÍNEZ SIERRA. ILUSTRACIONES DE 
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MACBETH, DE Shakespeare, traducción de m. mo- 
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B. BjosNSON. LA PESCADORA, traducción db ensi- 

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J. K. HuYSMANs. VIDA DE SANTA LIDUVINA. 

TSADUCCIÓN DE LUIS CÁNOVAS. 

Frangís Jammes. EL SEÑOR CURA DE OZERÓN. 

TRADUCCIÓN DE ANDRÉS GUILMAIN . 

Jorge Rodrnbach. MUSEO DE BEGUINAS. traduc- 
ción DE ANDRÉS GUILMAIN. ILUSTRACIONES DE BARRADAS. 

Eduardo Rod. EL SENTIDO DE LA VIDA, tra- 
ducción DE JOSÉ GARCÍA MERCAD AL. 

Paul Adam. LOS CORAZONES NUEVOS, traduc- 
ción DE R. CANSINOS. 

Karin Michaelis. la EDAD PELIGROSA, traduc- 
ción DE JOSÉ GARCÍA MERCADAL. 



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Bjornson, Goethe, Dumas (hijo), León Tin- 

SEAU, SCHILLER, PlERRE LoTI, LAMARTINE, BrIS- 

se, Dickens, Turqubnef, Jorge Rodenbach, 
Gerard d'Houville, Charles Toley, J. Psicha- 
Ri, Mapcel Prevost, Henri de Requier, De- 
rennes, Marib-Claire, Condesa Mathieu de 
NoAiLLEs, E. Jeloux, J. H. Rosuy, Miriam Ha- 
RRY, GoRKi, Abel Hermant, André Tenrictk, 
Paul Hervieu, Eduardo Rod, Jules Renard, 
Jeanne Bertheroy, Gyp, Henry de Reqnier, 

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OPERAR AL RENACIMIENTO DEL ARTE DEL LIBRO, 
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TIDAD DE BELLEZA EN EL TEXTO — DE SUPREMA 
CALIDAD SIEMPRE—; EN LA TIPOORAFIA, DEPU- 
RADA; EN LA ENCUADERNACIÓN, DE ESMERADO 
BUEN GUSTO, Y EN LAS ILUSTRACIONES, ESCOGI- 
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OBRAS DE 

G. MARTÍNEZ SIERRA 

EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS 
FANTÁSTICOS. FLOIÜES DE ESCARCHA. 
Segunda edición 3,50 

TEATRO DE ENSUEÑO. Cuarta edición.. 3,50 

SOL DE' LA TARDE, nótelas. Tercera edi- 
ción 3,50 

LA CASA DE LA PRIMAVERA, poesías. 
Segunda edición 3,50 

LA VIDA INQUIETA, glosario espiritual. 
Segunda edición 3,50 

LA HUMILDE VERDAD, novela. Tercera 
edición 3,00 

Teatro 

LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE 
LA CASA. HECHIZO DE AMOR. Segunda 
edición 3,50 

MADAME PEPITA 3,50 

LOS PASTORES. JUVENTUD. DIVINO 
TESORO. SÓLO PARA MUJERES. Segun- 
da edición 3,50 

LA PASIÓN. LOS ROMÁNTICOS 3,50 

NAVIDAD. Ilustraciones de Alberto Durero. 3,50 

PARA HACERSE AMAR LOCAMENTE.. 3,00 

EL PALACIO TRISTE 1,00 

DOMANDO LA TAItASCA, de Shakespeare. 
Traducción 3,50 



OBRAS 
COMPLETAS 

Canción de cuna. — Primavera ecí oto- 
ño. -Lirio entre espinas 4,00 

Amanecer. — Las golondrinas. — El 

IDEAL 4,50 

Mama . — Madrigal . — El pobrbcito 

Juan 4,50 

Cartas a las mujeres de España 4,50 

Tú ERES la paz 4,50 

Abril melancólico 4,50 

El diablo se rIe. Novelas 4,50 

Granada. Gafa emocional 4,50 

Motivos 4,50 

La feria de Neuillt. liust. de Barradas 4,50 

Feminismo . — Feminidad . — Españo- 
lismo 4,50 

La mujer moderna 4,50 

La selva muda. Novelas 4,50 

El peregrino ilusionado. Ilustraciones 

de Laura Albéniz 4,50 

Aldea ilusoria. Ilustraciones de Laura 

Albéniz 4,50 

Esperanza nuestra. — Sueños de una 

noche de Agosto.— RosiNA es frAgil.. 4,5© 



/ 



OBRAS DE M. MAETERLINCK 

TRADUCIDAS POR O. MARTÍNEZ SIERRA 

LA PRINCESA MALENA. LA INTRUSA. LOS 
CIEGOS 3,50 

PELEAS Y MELISANDA. ALADINA Y PALO- 
MIDES. INTERIOR. LA MUERTE DE TINTA- 
GULES 3,50 

AGLAVENA Y SELISETA. ARIANA Y BAR- 
BA-AZUL. SOR BEATRIZ 3,50 

LA SABIDURÍA Y EL DESTINO 3.50 

EL TEMPLO SEPULTADO 3,50 



COLECCIÓN 
ESMERALDA 



OBRAS DE' ENTRETENIMIENTO Y EDUCACIÓN, AÑA- 
DEN A SU MÉRITO INTRÍNSECO SUS CONDICIpNES 
DE MORALIDAD Y ENSEÑANZA, CONSTITUYENDO 
POR ELLO UN REGALO ESPIRITUAL TAN PROPIO 
PARA EL ADULTO COMO PARA EL NIÑO QUE CO- 
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ESPLÉNDIDA PRESENTACIÓN, CON ORNAMENTACIO- 
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LOS MEJORES DIBUJANTES 

Precio de cada tomo, 5 pesetas. 

CUANDO LA TIERRA ERA NIÑA, de Hawthor- 
NE. Traducción de G. Martínez Sierra. Ilustraciones 
en color de Fontanals. 

LOS TIEMPOS DIFÍCILES, de Dickens. Traduc- 
ción de José Camino Nessi. Dustraciones de Ba- 
rradas. 



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TiCELLi, Caroto, Crivelli, Donatello, Dure- 
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Luga de la Robbia, Luini, Mantegna, Mem- 
LiNOy Miguel Ángel, Mino de Fiésole, Mora- 
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